La suerte del dólar está echada. El 100% de experimentos de ese tipo con dinero fíat -de papel, irredimible en oro-, terminan igual. Su sentencia de muerte quedó sellada el 15 de agosto de 1971, cuando el presidente estadounidense Richard Nixon, cerró de manera ‘temporal’ la ventanilla de cambio de dólares por oro a un tipo de cambio fijo.

A partir de entonces comenzó una era inflacionaria (de expansión crediticia) que parece haber llegado ya a su fin. Desde luego, eso no significa que el dólar no pueda inflarse en burbuja antes del colapso, pues, de hecho, esto es bastante probable.

El siguiente gráfico cortesía de la Asociación Cívica Mexicana Pro Plata, es muy ilustrativo.

Por primera vez desde el fin de Breton Woods, las reservas internacionales en poder de los bancos centrales han colapsado de manera consistente e impresionante.

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Con cifras de Bloomberg, el empresario Hugo Salinas Price ha calculado en su artículo publicado la semana pasada en plata.com.mx, que desde el pico alcanzado el 2 de agosto de 2014, dichas reservas cayeron de 12.032 millones de millones de dólares a 10.814 millones de millones de dólares al 13 de enero de 2017.

Esta caída de más de 10% es muy significativa, porque comenzó mucho antes del inicio formal e incipiente del ciclo alcista de tasas de interés de la Reserva Federal (Fed) en diciembre de 2015, y claro, antes también de cualquier ‘efecto Trump’. Estos dos últimos factores, también, abonan a la fortaleza del dólar.

Pero, ¿por qué decimos entonces que está condenado?

Porque ya ha cruzado el punto de no retorno. Cualquier dirección que tome (nueva expansión crediticia o mayor contracción) lo llevará a un mismo destino: una inevitable crisis de divisas que lo enterrará como moneda de reserva global.

No podemos saber el momento exacto de dicha crisis, pero la llegada de una nueva administración a la Casa Blanca -con Trump a la cabeza-, se antoja como un período en el que las probabilidades serán elevadas.

Y es se enfrentará a un problema: quiere impulsar la inversión, la creación de empleos y acabar con el déficit comercial estadounidense, pero con las políticas intervencionistas y de estímulo fiscal que pretende aplicar, terminará fortaleciendo al dólar y acelerando la contracción del crédito que vemos en el gráfico. Estados Unidos se convertirá en una ‘aspiradora’ de dólares que abaratará y hará más atractivos los productos provenientes de países como México y China, a los que Trump ve como ‘enemigos’.

Dicho de otro modo, Trump podría inflar sin quererlo una mortal burbuja del dólar, que estallará tarde o temprano con graves consecuencias, sobre todo para su país, que perderá el liderazgo mundial.

Por lo anterior, en este espacio hemos vaticinado que habrá un juego de vencidas entre Trump y la Fed, pues el primero presionará a Janet Yellen y compañía para que ese banco central le dé a él también tasas de interés artificialmente bajas y liquidez por un período prolongado. Si no ceden, en un lapso de dos años Trump podría tener control de facto de la Fed al postular a cuatro incondicionales (incluido el presidente) que, de un total de siete, harían mayoría en la Junta de Gobernadores.

Trump pues quiere todo, y no se puede.

Ahora que si por cualquier razón en la administración Trump la Fed volviera a lanzar un ‘tsunami’ de dólares al mundo como lo hizo tras la crisis de 2008-2009, el ciclo inflacionario entraría en una nueva etapa de rebote.

El punto repito, es que en cualquier caso el destino del dólar será el mismo.

Llegaremos al punto en que los inversores pondrán un ‘hasta aquí’, y con la pérdida de confianza en el dólar -corrompido por la deuda exponencial y la creación de dinero ‘de la nada’-, huirán en estampida hacia el dinero real: el oro.

Que nadie lo dude: de las cenizas del sistema monetario basado en la divisa estadunidense, surgirá uno nuevo en el que el metal precioso retomará un rol central.

 

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