Son las 7:45 de la mañana y ya están prácticamente todos los medios nacionales esperando que inicie el reporte del Semáforo Delictivo para dar cuenta de cómo vamos al tercer trimestre del año. Las noticias no son buenas.

En lo que va del año se han cometido 21,283 homicidios, un incremento de 18% respecto al año anterior, por lo que el 2018 será el peor año de la historia con más de 28 mil homicidios y 33 mil víctimas; 90 muertes por día.

Guanajuato, Jalisco, Quintana Roo, Puebla y hasta la CDMX se van sumando a la larga lista de estados con altas tasas de homicidio. Este año, Guanajuato es el estado con mayor número de ejecutados. El 80% de estos homicidios son ejecuciones por el control territorial del mercado de drogas. Las mafias se envían mensajes con muertos. Ese es el WhatsApp del narco y es el tema toral de la inseguridad en México, eso es lo que nos hace comparar mal contra el resto del mundo y contra nosotros mismos.

La única manera de resolver esta tragedia es quitarles el negocio a las mafias con la regulación de drogas. Lo hemos dicho desde hace años en cada reporte y en cada entrevista. Nos hemos enfrentado a autoridades, a medios de comunicación, a otras ONGs, a empresarios, a religiosos y a una gran mayoría de ciudadanos prejuiciosos que se oponen sin saber.

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Hace tres meses también lo dijo Olga Sánchez Cordero y la semana pasada Andrés Manuel López Obrador insistió que su gobierno no pretende continuar la guerra, pero no vemos a los legisladores de Morena trabajando en ello. No hay proyectos de ley para regular la marihuana, el cultivo de la amapola y cualquier otra droga. No vemos a los legisladores asesorándose por expertos nacionales y extranjeros. No hay trabajo legislativo profesional que acompase la buena intención. Corremos dos riesgos: no regular y regular mal, con ocurrencias.

Otros delitos tienen causas diversas y complejas. La violencia familiar, por ejemplo, está relacionada al consumo de alcohol, a la falta de comunicación, al desempleo, al deterioro de los barrios, a la falta de oportunidades y al tratamiento oportuno de la violencia.  Todo eso tiene que atenderse para bajar la violencia familiar.  Conozco y he trabajado directamente en casos muy exitosos.

Los delitos de crimen organizado como el secuestro, la extorsión y el robo de auto, se combaten con inteligencia preventiva e investigadora, con cuerpos especiales en la policía y en la fiscalía de cada estado. Es un proceso de desarticulación de mafias. He observado reducciones importantes en algunos estados.

El homicidio tradicional, el que se da por rencillas personales, por celos, por desequilibrios sociales o psicológicos también debe atenderse desde la perspectiva multifactorial. Pero ese no es el problema de México. Si le quitamos las ejecuciones de crimen organizado, nos quedamos con una tasa de homicidios de alrededor de 5 homicidios por cada 100 mil habitantes, muy comparable al promedio mundial. El problema en México son las ejecuciones, ese es el dolor de cabeza, lo que no hemos resuelto, lo que incrementa y se extiende año con año, lo que provoca que se emitan boletines de alerta para no viajar a México.

Ninguna estrategia de seguridad va a funcionar si no empezamos por tomar el control de las drogas. No podemos pretender el fortalecimiento de la paz, si por otra parte insistimos en mantener un negocio informal que le hace la guerra al Estado de derecho. Pero no queremos entenderlo, seguimos apostando a la muerte y a la pobreza en lugar de apostarle a la vida y la riqueza, como lo acaba de hacer Canadá.

Ninguna policía, de ningún país, puede enfrentar una guerra.  No están, ni estarán preparadas para ello, no es su función. Su tarea es la prevención y atención de delitos del orden común. Lo hemos dicho muchas veces: los mercados se combaten con principios económicos, no con balas. ¿Cuántos muertos más necesitamos para entenderlo? No lo sé. Pero estoy cansado de insistir en lo mismo sin que la sociedad mexicana reaccione y presione a sus políticos en la dirección correcta.

Al terminar la conferencia de prensa salgo a caminar por el Paseo de la Reforma y veo una bella exposición de calaveras gigantes, decoradas por diversos artistas mexicanos, celebrando el Día de Muertos. Las familias y los turistas se toman fotos y me pega de lleno la ironía del evento.

Somos un pueblo que sabe hacer arte hasta con la muerte, pero incapaz de frenar una matanza por el prejuicio y el temor. Un país de calaveras sonrientes que nos distraen de la tragedia de las otras calaveras, las de verdad, las que tienen madre, esposa, hijos y amigos; las que acaban en fosas comunes o en camiones itinerantes, y todo por no querer tomar el control de las drogas, primero muertos que mariguanos, primero muertos que inteligentes. Un país ocurrente hasta la muerte.

 

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