La ex estrella de pop Evan Lowenstein, tiene por objetivo crear el YouTube de la música en vivo. Aunque primero tendrá que recaudar el dinero.

 

Lowenstein, de 38 años de edad, observa al cantante y compositor Jason Manns rasgar una guitarra acústica a solas en su departamento. Sin embargo, afuera, en el éter, miles de personas lo sintonizan y al mismo tiempo dejan sus comentarios que caen en la parte derecha de la pantalla, así como las donaciones, las cuales producen un ruido estrepitoso en el bote virtual de propinas. Para entonces Manns ya ha ganado 1,800 dólares. “Lo genial es que sólo es un chico como cualquier otro; pero cuenta con un grupo de seguidores”, afirma Evan.

Lowenstein no ha cambiado mucho desde que su hit número uno (“Crazy for This Girl”, realizada con su hermano gemelo, Jaron) alcanzó casi la cima de la lista de los éxitos más sonados. Hoy en día, en su lucha por despegar, todavía está tratando de levantar el vuelo después de intentarlo por cinco años y gastar medio millón de dólares de su fortuna y de la de su familia. La causa, Stageit.com, un sitio de streaming de conciertos que recompensa con generosidad a los músicos, aunque no es lucrativo. Lowenstein a través de su encanto y tenacidad –y también a su suerte–, ha cautivado a un público que va en aumento a la vez que a un impresionante, aunque crédulo, grupo de inversionistas.

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Entre ellos cuentan Sean Parker y Jimmy Buffett, quienes han hecho aportaciones a los 3,5 millones de dólares (mdd) del total de fondos de la empresa. “Como modelo de negocios es donde se puede ver que las cosas en realidad funcionan”, afirma Buffett, quien hace poco usó a Stageit para recaudar 20,000 dólares destinados a la caridad mediante un performance de 20 minutos.

Con Stageit los artistas establecen los precios de los boletos (empezando desde 50 centavos de dólar), que se basan a menudo en el modelo de pague lo que pueda. Se quedan con el 60% de eso, dos veces más que lo que obtendrían con la mayoría de sus presentaciones en una arena de mainstream; el resto cubre los costos de instalación de Stageit y los derechos de licencia, dejando un beneficio bruto de 25% a 30%.

La lista de músicos se ha engrosado con estrellas de antaño (Bonnie Raitt, Rick Springfield, Jackson Browne) y caras más frescas como Jason Mraz y Pomplamoose. En promedio los aficionados gastan hoy en día 12 dólares por espectáculo, lo doble que hace un año, y cada espectáculo genera 375 dólares en ventas de boletos, un incremento del triple. Más de la mitad de las ganancias proviene del bote de las propinas. Las ventas de Stageit alcanzaron 340,000 dólares en el tercer trimestre, muy por arriba de los 60,000 dólares del año anterior. La compañía con probabilidad perderá 700,000 dólares en ingresos de los 1.3 millones de dólares de este año.

La vida como empresario en la industria del Internet ha sido todo un reto. “En la tecnología desconocía las reglas del juego. No contaba con un buen detector”, afirma Lowenstein. Y eso le resultó caro.

El primer programador al que se le acercó, pidió 1,200 dólares para crear el sitio web de Stageit. El hombre tomó el adelanto de 600 dólares y siete páginas de diagramas, y luego dejó de regresar las llamadas. Cuando Lowenstein tuvo la oportunidad de hablar con él, dijo que había tirado el proyecto y se atrevió a demandarlo (no tenía ni un centavo).

El programador número dos daba la apariencia de ser una persona más de fiar, con una etiqueta de precio a juego: 57,500 dólares. Aunque, después de algunos meses, Lowenstein todavía no había visto ningún progreso. El prototipo del sitio del que se apoderó se caía cada vez que más de 20 personas entraban.

La tercera vez tampoco fue un gran placer. Una firma que había hecho proyectos para Boeing afirmó que podía salvar el sitio existente y tenerlo funcionando en dos meses por 88,000 dólares. Pero pronto se enfrentó a “problemas imprevisibles” y Lowenstein estaba en el hoyo una vez más.

Para 2010, se había quemado sus ahorros. Sus días de 18 horas no le dejaban tiempo para estar con su esposa e hijos. Lo habían hospitalizado dos veces por dolencias estomacales misteriosas.

En enero, encontró a cuatro programadores que crearon el sitio por 240,000 dólares del dinero que había reunido de los primeros inversionistas. Para marzo, contaba con algo usable y nació Stageit. “Aún éramos un avión volando a 150 metros de altura”, dice. “Un sólo rebote provocado por la turbulencia y caeríamos”.

En efecto, cuando Crosby Stills & Nash llevaron a cabo el evento de caridad de Stageit ese verano, el sitio se vino abajo. Lowenstein ofreció reembolsar el dinero a sus clientes y muchos no aceptaron, pero aun así, estuvo cerca de no poder pagar a sus empleados. Convenció a su hermano de escribir un cheque de 175,000 dólares, lo que le permitió comprar nuevos servidores, un programa de cibercharla alojado en nube y el tan necesitado cuarto de respiración.

Buffett ayudó a contratar espectáculos musicales. Con las cifras de Stageit en ascenso, Lowenstein consiguió a su inversionista mejor conocido, Sean Parker, gracias al manager de Justin Bieber, Scooter Braun (a quien conocía de Atlanta). Para finales de 2011, Lowenstein había reunido 2.5 millones y decidió tomar vacaciones. Pero esto no duró mucho tiempo.

Pero gracias a rivales mejor establecidos y más grandes como Livestream y Ustream que transmiten todo: desde conciertos hasta televisión local, cobrando a sus usuarios Premium, mensualmente y por adelantado, una tarifa que va desde 49 dólares hasta 999 dólares (eso es por el valor de un terabyte de almacenamiento de video). Ambos sitios les permiten a sus usuarios almacenar videos. Lowenstein piensa que eso abarata el producto y otros están de acuerdo. “La industria musical se perjudica a sí misma al mercantilizar sus productos”, afirma Mark Lieberman, fundador de Artists Den.

Con una valuación sobre el papel fijada la última vez en 16 millones de dólares –la mitad de esta suma es de él– Lowenstein no piensa retirarse a Margaritatown. Como empresario, afirma: “Eres un idiota que no sabe cuándo renunciar –hasta que logres un avance decisivo–. Entonces, todo el mundo te llama genio. No soy un genio y el futuro de nuestro negocio todavía está por verse. Pero sigo aguantando”.

 

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