Si en estos momentos preguntáramos a todos los economistas del planeta si ven tensiones inflacionistas globales a corto plazo, la gran mayoría negaría su existencia no sólo a corto sino incluso en el medio y largo plazo. La primera explicación en la que basarían dicha afirmación es que la demanda mundial está muy deprimida como consecuencia de todas las restricciones que ha traído consigo la pandemia. El consumo global se ha retraído drásticamente aunque lo ha hecho de forma muy desigual y es que hay sectores muy concretos como es el del turismo que han visto como su demanda sencillamente se ha desplomado.

La segunda explicación que apoyaría la falta de previsiones inflacionarias en el medio plazo tiene que ver con la sobrecapacidad productiva que existe en estos momentos. Son muchos los sectores productivos mundiales que están dimensionados para atender una demanda muy superior a la que existía con anterioridad al inicio de la crisis. El alcanzar esos niveles de demanda se antoja complejo en los próximos años. Son los casos, por poner tres ejemplos, del sector del aluminio, el del acero o la industria automovilística.

Ambos factores constituyen dos fortísimos frenos a la subida de precios en el futuro inmediato. Sin embargo, existen otra serie de factores que pueden compensarlos y propiciar un giro en las previsiones de crecimiento de los precios a medio y largo plazo. A continuación enumeraré algunos de ellos:

El dinero como método de intercambio está perdiendo valor. Desde hace varios años los principales bancos centrales están creado liquidez de forma muy superior a lo que está creciendo la economía mundial. Esta expansión de la liquidez ha aumentado de forma casi vertical en estos últimos meses y es que el objetivo principal de los bancos centrales ha sido el inundar de liquidez a un mercado muy deprimido como consecuencia de la pandemia. Esta creación de liquidez tan elevada es la que ha posibilitado que los tipos de interés mundiales estén en unos niveles tremendamente bajos o incluso negativos en casi todas las economías y además que las enormes emisiones de deuda pública se estén pudiendo colocar sin ningún problema. Del mismo modo, ha propiciado la subida de precio de activos como el oro o las acciones de las grandes compañías tecnológicas en unas tasas superiores a las que cabría esperar en un mercado financiero clásico.

Con anterioridad a la pandemia estos incrementos de liquidez no se estaban reflejando en aumentos en los precios como debería suceder según estipula la teoría económica convencional. Los motivos que explicarían esta situación aparentemente ilógica se podrían esquematizar en tres ideas:

  • La mejora tecnológica y de las comunicaciones que han reducido los costes de producción notablemente.
  • Las cadenas de producción internacional se han vuelto muy eficientes. Que los componentes de un televisor, por ejemplo, se fabriquen en multitud de países siguiendo la lógica de producir allí donde sea más eficiente y que se ensamble en un tercero ha dotado a las cadenas de producción de una eficiencia nunca antes lograda. La caída del precio del transporte ha facilitado el funcionamiento de estas cadenas de valor.
  • Existe una sobrecapacidad productiva global notable.

Sin embargo, podríamos preguntarnos ¿Dónde fue a parar toda esa liquidez?  El tema es complejo de explicar y más aún en el poco espacio del que dispongo pero es evidente que sirvió para aumentar los precios de ciertos activos. Un ejemplo claro es el de la vivienda. Si se observan los incrementos de los precios de la vivienda a nivel mundial y se comparan con los del crecimiento del PIB en ese mismo periodo observaremos que estos han aumentado muchísimo más.

Junto a la pérdida de valor del dinero también hay que señalar como factor dinamizador del incremento futuro de los precios a la reducción de la inversión en muchas empresas. Ante el descenso de las ventas y de los beneficios a consecuencia de las restricciones a la movilidad propiciadas por la pandemia, son muchas las compañías que han decidido congelar las inversiones que tenían planificadas. Esto sucede, por ejemplo, en el sector petrolero. La disminución abrupta de la inversión supondrá que cuando la demanda se reactive la sobreproducción que ahora mismo existe se reducirá.  A esta caída en las inversiones hay que sumar el previsible cierre de muchas empresas, las más débiles, como consecuencia de la propia crisis.

Por otro lado existe una demanda acumulada a la espera de que lleguen tiempos mejores. Hay mucha gente que ha decido esperar y ver que sucede con su empleo o su salario antes de acometer gastos o inversiones. Esta demanda acumulada tensionará los precios cuando se reactive la actividad.

Sin embargo, el factor más determinante, desde mi punto de vista, tiene que ver con los elevadísimos niveles de endeudamiento en relación al PIB que tendrán las principales economías del planeta cuando la crisis desencadenada por la pandemia termine. Aunque los tipos de interés se mantengan a niveles muy bajos durante mucho tiempo, la carga financiera para los Estados y para muchas empresas será demasiado grande. Una forma de reducir dicha carga sería estimular la inflación y es que la inflación beneficia a los deudores a costa del resto de colectivos (trabajadores, pensionistas, ahorradores…) que ven disminuir su poder adquisitivo. Por esta razón los Estados y las empresas se pueden ver tentados a propiciar una inflación lo suficientemente elevada como para reducir su deuda en relación a su producción.

Finalmente, hay que tener en cuenta que la brutal crisis económica que se avecina será especialmente intensa en aquellos países que ya presentaban enormes debilidades antes de comenzar la pandemia. En muchos de estos países debería estallar una fortísima conflictividad tanto interna como externa y ello debería dañar a las cadenas de producción globales. Este hecho impulsará los costes mundiales de producción o lo que es lo mismo estimulará los precios finales.

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LinkedIn: Máximo Santos Miranda Ph.D.

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