Eran las 7:45 de la mañana del 5 de junio de 1967 cuando Israel inició la ofensiva militar desde el aire con la que sorprendentemente derrotaría al ejército de coalición formado por Egipto, Jordania y Siria. Parecía imposible para Israel librar una batalla de tres frentes con ejércitos que le superaban en hombres, armamento y táctica. Sin embargo, durante seis días (de ahí el nombre de Guerra de los Seis Días) Israel lograría una victoria que venía acompañada de un reacomodo geopolítico que le dejaba bien posicionado gracias al respaldo de su incansable aliado occidental.

Las consecuencias de esa guerra no sólo fueron profundas y drásticas, sino que definieron la historia y destino de la región desde entonces hasta la fecha. La Guerra del Yom Kippur, los atentados de Múnich, los Acuerdos de Camp David, los de Oslo, la Intifada, hasta la permanente disputa sobre Jerusalén son algunos de los efectos posteriores de aquel reacomodo geopolítico.

Con el fin de la Guerra de los Seis Días, Israel logró también la extensión de su territorio, logrando la incorporación de los Altos del Golán, Cisjordania, la Península del Sinaí (es decir, tomó territorio de Siria, Jordania y Egipto respectivamente) y la zona Oriental de Jerusalén al interior de sus fronteras. Esto, no sólo le benefició territorialmente, sino que por primera vez desde su creación, Israel lograba desafiar militarmente a sus vecinos árabes y fijar un posicionamiento tajante respecto a los asentamientos palestinos.

El Estado de Israel había nacido en noviembre de 1947 mediante el Plan de Partición aprobado por las Naciones Unidas en el que se dividía a Palestina en dos (47% del territorio sería para los palestinos y 53% para los judíos). La creación del Estado de Israel ofrecía también un bálsamo para los judíos que habían padecido grandes atrocidades a manos del régimen nazi en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, pero paradójica y deliberadamente, iniciaba el Nakba (catástrofe en árabe) con el desplazamiento obligatorio de los habitantes palestinos del territorio que recién se le concedía a la joven nación. Este desplazamiento obligó al exilio de la población palestina, que ya de por si habían sido desplazados en los tiempos de la ocupación británica en Israel.

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A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional por mantener una neutralidad ante la postura israelita que niega toda responsabilidad respecto a los exiliados palestinos y por el contrario, atribuye a los países árabes la responsabilidad del estado que guardan los asentamientos palestinos (adjudicando a la situación económica de la periferia, el tejido social y el extremismo islámico la dinámica migratoria en la región), actualmente el gobierno de Donald Trump desata una nueva crisis violentando los principios contenidos en la Ley Jerusalén y en la Resolución 478 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Ambos documentos buscan garantizar el statu quo en la región ofreciendo la neutralidad de Jerusalén para la convergencia y coexistencia pacífica entre islámicos, cristianos y judíos, haciendo de Jerusalén una ciudad santuario, refugio para todo credo.

No obstante, de manera permanente Israel ha mantenido una posición dura y prácticamente inflexible respecto al retorno de los refugiados árabes y sus descendientes a ese territorio que originalmente era de ellos y que, guste o no, les fue arrebatado de forma arbitraria para dar pie a la creación de Israel. Claro está que, si se permitiera el retorno de los palestinos a ese territorio, Israel se convertiría en un Estado mayoritariamente árabe islámico y esto comprometería los pilares del sionismo que apuntan al aseguramiento de un Estado judío y democrático.

Las protestas de estos últimos días no son sólo por el reconocimiento unilateral de EU de Jerusalén como capital de Israel, sino que obedecen al aniversario justo el 15 de mayo del Nakba. De esa gran tragedia que, al igual que hoy, violenta los derechos humanos de la población palestina ante la indolora mirada del gobierno israelita, que con bombos y platillos celebra la opulencia de la nueva embajada estadounidense en un territorio que oficialmente (es decir, conforme a derecho) no es la capital política de Israel, aunque a los ojos de la religión y de la mirada filosófica del Destino Manifiesto los “pueblos elegidos” puedan decir lo contrario.

Parece que el gas lanzado dolosamente contra civiles en la franja de Gaza, demuestra que aún no ha sido suficiente; el holocausto no fue suficiente, el genocidio armenio no fue suficiente, el genocidio en Ruanda no fue suficiente, Siria no ha sido suficiente, las acciones de Daesh en el mundo no han sido suficientes.

 

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