La figura del terrorista es atractiva para el mundo cinematográfico, sus acciones apelan al lado menos racional del público. Los directores de estas dos cintas lo saben y van por el dinero de los espectadores.

 

Ha llegado esa época en que los grandes estudios hollywoodenses pelean por el dinero de los espectadores que disfrutan del sol y el clima veraniego. No es la mejor temporada para buscar películas intimistas o que pretendan algo más que entretener al respetable, aunque es un buen momento para detectar las ideas que busca imponer el cine norteamericano en el mundo.

Iron Man 3 (2013) y En la oscuridad Star Trek (Star Trek Into Darkness, 2013) tienen como idea central la lucha contra un ente terrorista, ambas justifican un contraataque por el derecho bíblico que todo ser humano tiene de cobrar el ojo propio con el ajeno. Además, ambas comparten un origen meramente “geek” o “nerd” que en pantalla se convierte en un producto consumible para toda clase de personas.

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Comencemos con la tercera parte de la saga dedicada al alter ego de Tony Stark (Robert Downey Jr. tan patán y entrañable como siempre). Después del duro enfrentamiento con seres intergalácticos descrito en Los Vengadores (The Avengers, 2012), Stark sufre lo que los expertos llaman estrés post traumático, condición que le provoca insomnio y terribles ataques de ansiedad.

Su vida en pareja junto a Pepper Potts (Gwyneth Paltrow) parece pender de un hilo, pero él sólo tiene cabeza para continuar desarrollando prototipos de su armadura. Las cosas se complican cuando El Mandarin (Ben Kingsley) aparece en escena y promete terminar con el dominio asfixiante de Estados Unidos en el mundo. Para reafirmar que las amenazas van en serio, lanza una serie de ataques terroristas para dinamitar la confianza en la Casa Blanca.

En una de las apuestas más arriesgadas que ha tomado Marvel, la compañía decidió darle el control al olvidado Shane Black, autor de los guiones de Arma Mortal 1, 2 y 3; El último Boy Scout (1991); y The Last Action Hero (1993), entre otros. La jugada rindió sus frutos y el estilo de Black (que combina acción y humor en dosis acertadas y eficientes) amolda a la perfección con el cínico héroe metalizado.

Las principales quejas respecto a Iron Man 3 han venido de parte de los fieles conocedores del cómic, quienes han puesto el grito en el cielo porque Tony pasa la mayor parte de la cinta sin su armadura y por el atrevimiento de Black de convertir al más grande villano de Tony Stark en un mero artificio publicitario. Como el anuncio de un nuevo iPhone o una Coca-Cola transparente.

El Mandarín es más una metáfora de la facilidad con la que se puede crear impacto mediante los medios de comunicación y lograr que ideas maniqueas permeen en la sociedad. Las referencias a Osama Bin Laden son más que obvias. Es irónico que Kingsley también haya interpretado a Ghandi.

Al igual que cuando se juzga la adaptación de una obra maestra de la literatura al cine, aquí la historia debe de ser analizada según las reglas del lenguaje en que se presenta. Y hay que reconocerle a Black —y a su coguionista, Drew Pearce— el atrevimiento de transformar al personaje para que la historia avance.

Como bien apunta mi compañero en Butaca Ancha, Venimos, los jodimos y nos fuimos –ése es su seudónimo—: si bien no deja de ser una película con algunos lugares comunes, el principal mérito de Iron Man 3 “reside en el adecuado balance que logra entre la artificiosa efectividad de la puesta en escena –el espectacular rescate aéreo y la aparatosa destrucción de la residencia de Tony Stark constituyen un buen ejemplo de ello– y la manera como el realizador decide jugar con los convencionalismos de todo el asunto.”

El mismo juego hace tan disfrutable el trabajo de JJ Abrams en Star Trek Into Darkness.

Abrams, como ha reiterado en diversas ocasiones, nunca fue fanático de las aventuras del Enterprise en sus años mozos. Eso le planteó el problema de convertir material con un ferviente nicho de seguidores en un producto accesible para todos. Una persona clave en el proceso fue Roberto Orci, guionista de origen mexicano y mano derecha del director desde sus tiempos como productor en Alias. Orci sí fue trekkie y así brindó el equilibrio necesario.

Desde la última vez que los vimos, el Capitán Kirk (Chris Pine), Spock (Zachary Quinto) y la tripulación del Enterprise han recorrido la galaxia viviendo toda clase de aventuras. El equipo es llamado a casa después de que interfieren con el desarrollo de una población primitiva, Kirk es castigado y pierde la nave.

Al mismo tiempo, el supremacista John Harrison (un increíble Benedict Cumberbatch) ejecuta un plan terrorista que sacudirá los cimientos de la Flota, devastará la ciudad y dejará a Kirk buscando quién se la pague por la muerte de su mentor (Bruce Greenwood). De esta forma comienza el juego de ajedrez, impulsos y apariencias entre nuestros héroes, Harrison y el autoritario líder de la Flota (el mismísimo Robocop, Peter Weller).

En palabras de JJ Negrete, también para Butaca Ancha, “Star Trek: Into Darkness es una cinta diseñada para ser disfrutada tanto por el incauto ignorante de toda la mitología trekkie hasta para el más acérrimo fan. Aderezado con un velado mensaje político, que evade la obviedad de manera poco sutil, haciéndonos aliados de los héroes que día a día combaten a fuerzas malignas en el espacio, la frontera infinita, el sueño del colonizador hambriento, uno en el que siempre hay mundos por conquistar, dominar y someter suavemente.”

El acierto de Abrams y sus guionistas —aparte de Orci, Alex Kurtzman y Damon Lindelof-— es tomar como base para la historia un arco dramático similar al presentado por Christopher Nolan en El caballero de la noche (The Dark Kinght, 2008) o, de manera más reciente, por Sam Mendes en Operación Skyfall (Skyfall, 2012).

La tercia de largometrajes sitúa el origen del personaje antagónico dentro de la misma organización que trata de combatirlo. Aunque a diferencia d El Guasón, que es una expresión de maldad pura e irracional y, por lo tanto, más terrorífica, el Harrison de Cumberbatch tiene una justificación a su vendetta, como también la tenía el Silva de Javier Bardem en la cinta de James Bond.

Abrams aprovecha el planteamiento nolanesco y entrega una puesta en escena dinámica en la que demuestra el control que tiene como director en los efectos especiales y en las escenas de acción. A diferencia de la tendencia actual en el cine de Hollywood, él pone las herramientas a su servicio y no al contrario.

Tanto Shane Black como JJ Abrams, entienden que la clave está en el equilibrio. Ambas cintas ponen atención a los fanáticos pero no dejan que sean el centro de atención y esa es la razón de su éxito en taquilla. Ellos vencieron.

La figura del terrorista es atractiva para el mundo cinematográfico, sus acciones apelan al lado menos racional del público. Su aparición en el celuloide es muy similar a la de carne y hueso, al final del día es necesario tener un villano para que la trama avance. La historia es un juego de vencidos y vencedores.

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