Hay un placer difícil de explicar en el acto de ver una película “mala” y no necesariamente me estoy refiriendo a lo nuevo de Adam Sandler. Al contrario, pienso en aquellas cintas con cierto grado de ambición que, por alguna u otra razón, se quedan cortas en su cometido (la serie b) o esas que gracias a su lugar de origen sacuden nuestra idiosincrasia (el cine popular de Turquía a finales de los 70, por ejemplo) y fascinan gracias a su atípico desarrollo. Verlas es encontrar interés en sus fallas, disfrutar sus limitaciones y regodearse en sus tropiezos, es un ejercicio divertido.

The Room (2003), la ópera prima y hasta este momento única película del extravagante Tommy Wiseau, vive en ese espacio desde su torpe estreno. Si bien la película de Wiseau está lejos de ser la peor película de la historia (quien afirme lo contrario es porque no tuvo oportunidad de ver Joyfluid), su errática manufactura la hace especial y una experiencia única, en su interior el director verdaderamente muestra los conflictos que carcomen su alma (incluyendo su deseo por no ser querido y no visto como un bicho raro). Claro, no es Bergman y por eso las risas estallan casi involuntariamente en el público.

Intentar reflejar esa experiencia es el objetivo de James Franco en The Disaster Artist: Obra maestra (The Disaster Artist, 2017), quien, junto con su hermano, Dave Franco, y varios de sus colaboradores habituales recrea la filmación del mentado filme, apoyado por lo narrado en el libro The Disaster Artist: My Life Inside The Room, the Greatest Bad Movie Ever Made, firmado por Greg Sestero -co-protagonista de Wiseau-.

La trama sigue a Sestero desde el momento en que conoce a Wiseau en una clase de teatro, hasta el estreno oficial de The Room, siendo la filmación (llena de excesos y ocurrencias del misterioso millonario) el punto central del relato. Los Franco se concentran en intentar imitar los modos de Wiseau y Sestero, aun cuando físicamente se parezcan poco.

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Su intención es crear una farsa, un retablo donde todas las peculiaridades de la historia verdadera tengan lugar y puedan ser explotadas. El ejercicio es divertido, aunque (posiblemente) de poca trascendencia. Claro, James Franco logra generar bastantes risas, pero se queda en eso. Basta esperar a los créditos para hacer la comparación entre el metraje original y el nuevo. Tal vez Wiseau no sea un genio (ni nada cercano a ello), sin embargo, su trabajo tiene una autenticidad única que el de Franco carece. Se ríe de él, no con él.

Por eso The Disaster Artist no alcanza el nivel de otras obras de su tipo, como Ed Wood (1994), una de las mejores películas de Tim Burton, donde el director intenta entender a su personaje, homenajearlo, más allá de burlarse de él; o Man on the Moon (1999), con Jim Carrey buscando canalizar el ingenio del comediante Andy Kaufman para comprender su figura.

Es posible que nunca sepamos la verdad detrás de Tommy Wiseau y The Disaster Artist no será la película que cambie eso. Supongo, siempre tendremos las risas.

 

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