Ofrecer una mirada fresca al mito de Clark Kent/Kal-El/Superman no es una tarea sencilla y el nuevo intento de revivir al superhéroe lo logra, de manera regular, pero lo logra.

 

Todo aquél que se haya dado un ligero remojón en la cultura pop sabe quién es Superman. Quizá no sepa cuál es su historia o los detalles sobre su personalidad, pero identifica al personaje y lo que éste representa. Junto al Capitán América de Marvel –compañía rival de DC Comics–, no hay superhéroe que simbolice mejor el ideal norteamericano que el hombre-extraterrestre de los calzones rojos, las mallas azules y la S gigante en el pecho.

Así que tratar de ofrecer una mirada fresca sobre el mito de Clark Kent/Kal-El/Superman no es una tarea sencilla, como lo demostró la súper reverencial Superman Regresa (Superman Returns, 2006) de Bryan Singer. El nuevo intento lleva por título El hombre de acero (Man of Steel, 2013).

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Con la esperanza de convertir otra vez en un figura viable al superhéroe –al menos cinematográficamente–, Warner Bros. reclutó como productor del ambicioso proyecto a Christopher Nolan, un don nadie que hizo tres exitosas películas sobre Batman. Asimismo, pusieron bajo contrato a un director que no la armara mucho de tos cuando el productor metiera su cuchara, el elegido fue Zack Snyder.

Una de las grandes fallas de Superman Regresa es que la trama no volvía al punto cero, hacía como que Superman III (Richard Lester, 1983) y Superman IV (Sidney J. Furie, 1987) fueron un mal sueño y nunca existieron, retomando la historia unos años después de los hechos descritos en Superman II (Richard Lester, 1980).

Para evitar ese escollo, El hombre de acero regresa al origen. Al planeta Kripton y a la historia de Jor-El (Russell Crowe), padre de nuestro protagonista. Es el momento en que Snyder se siente más suelto, imbuido en los ambientes por computadora y las texturas que éstos ofrecen, saturando y llenando de ruido visual el encuadre. Estética que irá y vendrá a lo largo de todo el filme, los momentos de descanso parecen sacados de una película de Terrence Malick.

Paso seguido, viajamos al planeta Tierra donde el paso más lógico sería mostrar cómo el bebé kriptoniano crece, comienza a usar sus poderes, tiene problemas con sus padres, etc. Como hacía Superman (1978), el clásico de Richard Donner. En una decisión inteligente, los guionistas –el mismo Nolan y David S. Goyer– optan por mostrar al joven Kent como un ángel guardián errante que recorre norteamérica y mostrar mediante flashbacks todos los infortunios listados arriba.

Los más versados en el canon del hijo de Kripton encontrarán el primer acto de la cinta algo engorroso,  y quizá los tres actos, porque muestra detalles que ya conocen o ignora otros que “deberían” ser integrados en cualquier encarnación de Superman. Sin embargo, esta película no busca satisfacerlos sólo a ellos sino que trata de abarcar una audiencia más grande –no niega su esencia veraniega después de todo–.

Es curioso notar cómo Nolan y Goyer eligieron recorrer un camino familiar en esta nueva aventura y utilizaron un esquema muy similar al del libreto de Batman Inicia (2005), cinta que ambos también escribieron. Sí, los personajes son otros y la ambientación también, pero la trama tiene un arco dramático muy similar a ese primer paso de la Trilogía del Caballero de la Noche en su médula.

La verdadera sorpresa de la cinta no son los cambios de estética, ni la falta de la ñoña kriptonita o que Lex Luthor sólo sea una referencia. No, Michael Shannon es la sorpresa.

En general, todo el elenco de Man of Steel hace un buen trabajo. Henry Cavill luce una mamadisima figura en todo momento. Las actrices Amy Adams (Lois Lane) y Diane Lane (Martha Kent) a ratos se sienten desperdiciadas y Kevin Costner provoca preguntarse: ¿dónde te habías escondido? A pesar de eso, es Michael Shannon quien brilla en solitario.

Durante años, Shannon ha estado relegado a papeles secundarios –como éste de cuando empezaba en Groundhog Day– o a protagonizar producciones más bien independientes. Como Take Shelter (2011) de Jeff Nichols, donde abrasa y arrasa.

Es su capacidad histriónica la que genera la empatía con su general Zod. Su villano no quiere el poder por el poder, como sí lo exigía el Zod interpretado por Terence Stamp en la secuela de 1980, su único deseo es tener la oportunidad de salvar a su planeta. Ésa es la misión que le fue encomendada y hará lo necesario para llevarla a cabo, no tiene otra opción para eso fue creado. Es un ser incapaz de cambiar su naturaleza y Shannon lo encarna perfectamente con esa cara de maniático que se carga.

En ese falto de lógica y extenso choque de fuerzas –al estilo de la batalla final de Los Vengadores (The Avengers, 2012)– es donde el mito de Superman se revalora. Se actualiza, incluso se da tiempo de meter varias referencias a Jesucristo, de manera acertada.

La única forma de obtener un mejor resultado sería con Christopher Nolan como director y eso no iba a suceder.

Será interesante ver el rumbo que tomará la franquicia, ya que Warner Bros. está tan confiada de tener un buen producto entre manos que ya autorizó una secuela. Snyder y Goyer intentarán subir la cuesta sin Nolan de cuerpo presente, ya que él estará inmerso en la filmación de Interstellar, su próxima cinta. ¿Lograrán subir el escalón o patinarán en el intento?

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