En algún punto de Venom (2018), el nuevo intento de Sony para iniciar una franquicia basada en los personajes que controlan legalmente alrededor del Hombre Araña, Tom Hardy camina por las calles de San Francisco hablando con un “simbiote” extraterrestre que se ha alojado en su cuerpo y mente. El trayecto permite a Hardy usar todo su cuerpo para reflejar el proceso por el que pasa su personaje, con tics llenos de ansiedad, confusión y expectativa. El actor parece estar muy consciente del tiempo de película en que se encuentra, alerta de lo ridículo de la trama y su actuación lo refleja. No es que no se lo tome en serio, al contrario, sólo es consecuente con la caricatura que debe personificar. Ojalá el resto de Venom tuviera el mismo compromiso.

Todo en Venom parece responder a los clichés que ha generado este subgénero en poco más de dos décadas, la mayoría impuestos, con intención o no, por las aventuras llenas de éxito financiero firmadas por Marvel y a las cuatro voces de los guionistas (Scott Rosenberg, Jeff Pinkner, Kelly Marcel y Will Beall) al interior del guion, que, como en un buen sketch de Los Tres Chiflados, no terminan por decidir quién saldrá primero por la puerta.

Eddie Brock (Tom Hardy) es un reportero infalible, arrojado, atrevido, honesto y comprometido, como hay pocos, su segmento de investigación es uno de los más populares de la cadena donde trabaja, porque muchos corruptos “han caído” gracias a su trabajo. La vida parece buena porque, además, está a punto de casarse con su prometida, Anne (Michelle Williams). Un día el jefe de Brock le ordena ir a una entrevista acordada con Carlton Drake (Riz Ahmed), un excéntrico millonario a la Elon Musk que tiene fama de usar humanos para sus experimentos, Eddie no puede resistir la tentación y decide cuestionar sus investigaciones frente a la cámara. Ante el escándalo, nuestro reportero estrella se queda sin trabajo, novia y futuro, meses después Eddie regresa al edificio buscando pruebas para sus acusaciones, sólo para terminar con un parásito extraterrestre en el cuerpo, quien no lo baja de perdedor.

La cinta dirigida por Ruben Fleischer (Zombieland, 30 minutos o menos) carga con las mismas fallas que otro de los trabajos anteriores del director, Fuerza antigángster (Gangster Squad, 2013), una película sobre un grupo de choque policial que intentó controlar a los mafiosos que controlaban Los Angeles durante los años 40-50, donde las acciones sucedían sin mucha razón de ser y los personajes tenían la profundidad de un chapoteadero.

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Algo similar sucede en Venom, aunque la actuación de Tom Hardy, demostrando su poco explorada vena cómica, logra darle cohesión a los cabos que el guion va dejando sueltos. Es curioso que el largometraje encuentre sus mejores momentos cuando las secuencias se acercan al sin sentido y no a lo que el público podría esperar de una producción de superhéroes: destrucción de ciudades, acción (con poco sentido visual), malos unidimensionales, etc. Tal vez sin un control de producción tan fuerte de parte de mercadólogos y el estudio, ese lado de la película hubiera podido tomar el control, como lo hace el simbiote con Eddie Brock, para lograr un mejor resultado. Por el momento, el entusiasmo generado por la escena post créditos tendrá que ser suficiente para hacer valer el boleto.

 

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