Ante el pleno de la Cámara de Diputados -conformada en su mayoría por legisladores de una coalición partidista de izquierda encabezada por Morena- Andrés Manuel López Obrador, será nombrado oficialmente presidente de México.

Será una ceremonia de transmisión de mando histórica, no sólo por tratarse del primer candidato de izquierda que asumirá el poder ejecutivo federal en el país, sino por la conformación del Congreso de la Unión con mayoría de los integrantes de Morena –el partido político conformado por el mismo López Obrador-, el amplio margen por el que derrotó a sus contrincantes en la contienda electoral y un proceso de transición en el que AMLO estableció los principales ejes de acción de su gobierno.

La llegada de un político de izquierda a la presidencia a través de un proceso electoral tan acreditado representa “el cierre de un ciclo iniciado en 1968 y retomado en la elección presidencial de 1988”, apunta Sergio Aguayo, investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

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Pese a que los ejes rectores del plan de gobierno se enfocan en erradicar las causas de la corrupción y la desigualdad en el país, al oriundo de Macuspana, Tabasco, le precede una campaña presidencial en el que apareció en su “versión menos izquierdista, incluso aliado con un partido evangélico y claramente conservador, como Encuentro Social”, recuerda Ricardo Becerra, director del Instituto de la Transición Democrática.

“Él ha dicho que al acabar con la corrupción surgirán recursos para atender a grupos determinados y vulnerables, mediante programas sociales masivos, especialmente los adultos mayores y los jóvenes. Esto nos coloca en una vía de izquierda, es decir, de redistribución del ingreso así sea generando enormes clientelas adicionales. Pero al mismo tiempo, el Presidente electo anuncia una política económica ortodoxa, que sigue puntualmente la receta neoliberal”, advierte Becerra en entrevista con Forbes México.

Desde la perspectiva del académico, López Obrador ha evitado presentar un plan de crecimiento con fórmulas nuevas, así como pronunciarse en torno al aumento significativo del salario mínimo en México, que representa uno de los más bajos en América Latina, sólo por arriba de Venezuela.

Lo anterior no es consecuente con una reformulación del primer gobierno de izquierda en el país, afirma Becerra.

“Me hubiera gustado que tomará la ruta de los derechos universales, de las instituciones abarcadoras que protegen a todos, sin segmentar a la sociedad mexicana por determinadas “condiciones especiales”. Eso se presta a muchas distorsiones. En mi opinión, la izquierda debería aspirar a disolver las clientelas, es decir el origen de los favores, las dádivas y de buena parte de la corrupción”, afirma.

Asimismo, este no será un arranque de gobierno tradicional en el que se desplegaran los principales objetivos del gobierno federal y el equipo que lo integrará toda vez que Andrés Manuel López Obrador puso en marcha un proceso profundo de transición de gobierno entre ellas la presentación de su gabinete, y la presentación de iniciativas a los integrantes del congreso para arrancar con diversas modificaciones su gobierno.

En opinión de Becerra los primeros cien días de la administración se observará un proceso muy similar al de su transición política, caracterizada por la exaltación del ánimo social pero también de muchas acciones en materia política.

“Económicamente va a ser un comienzo difícil, lleno de complicaciones cuesta arriba. Y políticamente usará su fuerza para extender una operación política mayor, a mi modo de ver, muy presidencialista. En este punto, López Obrador no nos engañó: él no está dispuesto a negociar demasiado, a demasiada deliberación con los distintos, a la escucha genuina. Él quiere y puede ser un Presidente fuerte, acompañado del Congreso de la Unión”.

Uno de los retos a corto plazo de AMLO pero también de los integrantes de la opción será el de “disolver el clima de odio y negatividad que domina la política y la discusión pública de México”, es en este ámbito en el que se juega la convivencia democrática del gobierno.

“Así que a pesar del discurso que a ratos avasalla, tendrían que ser conscientes de que hay un México, varios Méxicos allí afuera con los que tiene que establecerse un diálogo serio y duradero”.

 

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