Desde hace dos décadas existen unas variables impulsoras de cambio en las organizaciones. Estas variantes tienen su esencia en el activismo y en una mayor permeabilidad en la conciencia social y medioambiental de los directivos de las principales compañías. Esta presión se ha traducido en una mayor preocupación por la transparencia en todos los aspectos económicos, sociales y, ¿cómo no?, también políticos.

 

Por Eduardo Hernández-Aznar*

Desde hace dos décadas existen unas variables impulsoras de cambio en las organizaciones. Estas variantes tienen su esencia en el activismo y en una mayor permeabilidad en la conciencia social y medioambiental de los directivos de las principales compañías. Sin embargo, no solemos vincular estas exigencias empresariales al campo político, pese a que estos actores representan el ejemplo de convivencia, confianza y estabilidad para todos los que habitan en sociedades libres y prósperas.

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Como se apuntaba en la reciente Cumbre Mundial de Comunicación Política, celebrada en Santo Domingo, el hecho de no tener que responder a una cuenta de resultados financiera no debe eximir a los líderes políticos de estar sometidos a los mismos drivers que las empresas porque estos responden a una demanda de la sociedad en su conjunto. Lo hemos visto en Grecia. Lo estamos empezando a ver en España e incipientemente en algunos países de Latinoamérica. Como indicaban algunos de los consultores políticos durante sus ponencias en la Cumbre, vincular el concepto reputacional a la vida pública es necesario porque, si hay entidad que debe ser percibida por el ciudadano bajo un imperativo ético, es precisamente la actividad política.

Algunos dirigentes políticos han ido interpretando a lo largo de los últimos años la lectura de que la sociedad está exigiendo un cambio. Y, efectivamente, estamos ante un nuevo paradigma de comunicación donde internet ha desestructurado todos los límites de información conocidos. Ya no nos dirigimos a una opinión pública cuyo mensaje todavía podíamos mantener un cierto control, sino a opiniones públicas diversas, heterogéneas, donde un mismo mensaje debemos adaptarlo a múltiples voces, canales y vías de comunicación.

En la misma línea, el consultor político argentino Ángel Becassino, destacaba en la pasada Cumbre, la importancia del público más joven, donde “los candidatos deben encontrar espacios de oportunidad que reflejen con cercanía los asuntos que más interesan a este colectivo”. En el mismo campo, el también argentino Diego Diéguez hizo un llamado durante su ponencia para que “los políticos comiencen a valorar a colectivos tradicionalmente olvidados, en lugar de obviarlos”, como suele hacerse en la comunicación tradicional. Y es que, poco a poco, todos vamos siendo conscientes de que estamos ante un nuevo paradigma, la estética ha muerto y ha dado paso a la ética aplicada a múltiples opiniones públicas. Como también apuntaba el colombiano Mauricio De Vengoechea, “triunfa el político que comienza primero a ocupar los espacios vacíos con una estrategia clara y definida”. Y la comunicación tradicional, ante esta nueva era, nos ha mostrado un sinfín de oportunidades.

Según el español Tony Puig, esta nueva era de la ética se está empezando a tangibilizar a través de asociaciones ciudadanas que no han esperado a que los políticos acepten esta nueva corriente, sino que “han conformado sus propias organizaciones, inspiradas en estos nuevos valores”, para alcanzar una representación política en la sociedad. Lo vemos en los casos de los dos principales ayuntamientos de España, Madrid y Barcelona, con Manuela Carmena o Ada Colau, respectivamente.

Por los mismos motivos, parece que los políticos de la República Dominicana, al igual que otros líderes en Latinoamérica, están ante una gran oportunidad de conquistar, en el terreno de la ética, a diversas opiniones públicas a través de la cercanía, la transparencia, la gobernanza o el liderazgo constructivo en un contexto donde internet ha modificado la forma tradicional de comunicarnos. Según se desprende de estos análisis, vivimos en la época de la hipertransparencia y donde si queremos generar credibilidad, debemos decir y hacer una serie de pautas coherentes en la línea de la transparencia, la eficacia, la solvencia y la responsabilidad. Eso es lo que demanda la ciudadanía hoy. Los partidos políticos tradicionales que todavía no se han percatado de esto están siendo fagocitados por nuevos aires, nuevos partidos, nuevos liderazgos que no atienden a argumentarios, lemas publicitarios o consignas, sino a hechos y realidades bajo el mandato de la ética.

El hermético bipartidismo de las últimas décadas, presente en la mayor parte de países estables democráticamente, se ha visto interrumpido por otras formas de dirigirse a la ciudadanía, más cercanas, más transparentes, con mayor empatía y más arraigadas con el corazón de una sociedad alejada de la mal llamada “clase política”. Lo que acaba de ocurrir en España es un aviso: el Partido Popular (corriente del gobierno) ha perdido 2.55 millones de votos y el Partido Social Obrero Español (PSOE), segunda fuerza política, 775,000 sobre 2011. Además de que la pérdida de voto representa una clara pérdida reputacional porque la ciudadanía ha cambiado su percepción con respecto a los dos grandes partidos, demanda otro estilo de gobernar acorde al nuevo paradigma actual, cercando con dureza al principal enemigo de la ética: la corrupción.

Al igual que está pasando en algunos países europeos, los representantes públicos de la República Dominicana quizá también deberían tener presente este nuevo paradigma antes de que sea demasiado tarde. Los políticos dominicanos se “enfrentan” a unas nuevas generaciones empoderadas, culturalmente globalizadas y realmente preparadas para poner aprietos a todas aquellas instituciones que digan ser transparentes y verdaderamente no lo sean. Armados con su teléfono móvil las nuevas generaciones dominicanas, los millennials del Caribe, ya velan porque las entidades sean como verdaderamente dicen ser en un marco de hipertransparencia bajo una gran lupa gigante.

Desde la óptica empresarial, el sentido cívico y la cercanía también pueden resultar interesantes. Sin embargo, debemos tener en cuenta que una persona con un teléfono móvil está lo suficientemente empoderada como para crear un serio problema a un partido político, a un candidato o a una gran compañía. Preservar o mejorar la reputación no parece sencillo. Ya lo dice Warren Buffett: “Cuesta 20 años construir una buena reputación y tan solo cinco minutos en arruinarla, si piensas en ello harás las cosas de otra manera”. Hoy, internet nos exige una mayor transparencia, imposibilita ocultar hechos a largo plazo y nos emplaza a una mayor responsabilidad. Nadie puede escapar y los políticos, especialmente, tampoco. Debemos anticiparnos y adaptarnos en un mundo cada vez más competitivo para mantener nuestra reputación online y huella digital en la red, dos conceptos en pleno auge.

La mala gestión de la reputación, tanto para las organizaciones políticas como para las empresas, puede provocar grandes cataclismos al margen de la inherente pérdida económica. Ni siquiera empresas como Enron, Arthur Andersen o Lehman Brothers, consideradas “demasiado grandes para caer” han estado eximidas de la tiranía de la transparencia. Y es que, como escribió Cervantes en El Quijote, “Más vale el buen nombre que las muchas riquezas”.

Quizá la buena reputación es difícil de medir, pero la mala se propaga a un ritmo exponencial. British Petroleum (BP) viene haciendo frente a ingentes pérdidas millonarias motivadas no solo por el accidente que sumió al Golfo de México en una de las mayores catástrofes ecológicas de la historia. Lo que proporcionó su gran pérdida reputacional al margen de más 25,000 millones de gastos en compensaciones y limpieza fueron declaraciones como las de su líder, Tony Hayward, quien minusvaloró la alerta de la catástrofe porque tenía que jugar al golf y frases como “El Golfo de México es un lugar muy grande”. El costo reputacional para BP es tan alto que tendrá un carácter generacional.

Desde un sentido nuevamente político, el consultor español Antonio Sola espetó en la Cumbre Mundial de Comunicación Política de Santo Domingo un concepto en línea de lo mencionado. Aseguró el nacimiento de una nueva era y la muerte de una época que él mismo entiende como la de la política tradicional: “Las ideologías que por décadas han esclavizado a los ciudadanos ya no son protagonistas. Los liderazgos vienen dados por las personas, y estas triunfan hoy en día sin necesidad de tener un partido o ideología como se entendía tradicionalmente”. Vivimos un nuevo tiempo, una nueva era marcada por la transparencia donde Internet ha condicionado la manera de expresarnos y de comunicarnos con nuestro entorno. La ética es el eje central de la actuación y los políticos deben abanderar la misma para dar ejemplo a la ciudadanía y confianza a las empresas. La reputación va más allá de lo meramente económico y electoralista, es un valor necesario e imprescindible en nuestra sociedad de hoy y gestionarla con acierto en un espacio donde no hay lugar a la ocultación, es el gran reto que tienen hoy los políticos y empresarios.

*Eduardo Hernández-Aznar es director de cuentas para Llorente & Cuenca en Santo Domingo.

 

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