Transparencia Internacional ha publicado desde mediados de la década de los 90s, el comparativo del Índice de Percepción de la Corrupción (IPC), el cual se ha convertido en el barómetro global para medir las percepciones de empresarios, analistas y público general a través de cuestionarios enfocados a la detección de fenómenos relacionados a sobornos, lavado de dinero, persecución de los delitos, impunidad.

Lamentablemente, México nunca se ha posicionado bien en estas examinaciones. Inclusive, durante la última década del siglo XX fue muy criticado por la comunidad internacional el hecho que ni el gobierno, ni la sociedad civil mexicana ofrecieran datos e informaciones para cumplir los objetivos de las mediciones de transparencia, es decir, durante mucho tiempo se mostró una alarmante opacidad para abordar y tratar las problemáticas de la corrupción en nuestro país.

De hecho, la apertura a la información pública lograda en las gestiones blanquiazules ha permitido desde el año 2006 formar parte del ranking internacional al iniciar en la posición 75 entre 163. Al 2011 se bajó a la posición 100 entre 182. Y en los últimos años, año tras año, seguimos avanzando a la última pero primera posición del Index-IPC. Basta mencionar que la situación se ha agudizado del 2016 al 2017. Hemos escalado la posición 123 a la 135 entre 180. Sólo 45 lugares nos separan de Siria, Sudan, Somalia, los más corruptos, a la vez afectados por profundos conflictos bélicos. Eso sí, en la región americana somos el país más corrompido después de Venezuela en el número 169 empatado con Irak. Precisamente, 135 lugares nos alejan de los mejores escenarios sociales, políticos y económicos de Nueva Zelanda en la primera posición seguido de los países escandinavos hasta el lugar ocho de Canadá, 16 para Estados Unidos. Destacado para el resto del Continente Americano se encuentran Uruguay en el número 23, seguido de Barbados 25 y Chile en 26.

Por lo tanto, cabe aceptar la postura que señala que la corrupción de México se debe a un hecho cultural muy arraigado tanto en la sociedad como del Estado. Debemos aceptar finalmente, ¿qué somos un pueblo corrompible, entre el binomio de corruptores y corrompidos? A pesar de los esfuerzos de las leyes y los sistemas anticorrupción, ¿nos encontramos dispuestos a la agudización de la problemática?

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La respuesta a dichos cuestionamientos es un tanto difícil de aceptar para la mentalidad actual del mexicano. Más allá de la defensa o la condena, en estas discusiones es posible resaltar lo siguiente: sí bien es cierto, que la razón más profunda de la corrupción en el país posee un elemento cultural innegable debido al rezago educativo, en la formación axiológica de los ciudadanos. Así mismo, también es verdad que las grandes empresas, compañías multinacionales aprovechan la situación para sacar la mayor rentabilidad económica. En este sentido, las grandes trasnacionales insertados en nuestro territorio en todo tipo de actividad desde los servicios financieros, seguros, infraestructuras, construcción hasta la venta de consumibles, alimentos, bebidas, en vez de trasladarse con toda la cultura normativa, laboral y moral del primer mundo, en última instancia en vez de compartir los modos de organización que han permitido el éxito en sus lugares de origen, se aprovechan y en muchos casos lucran con una cultura tercermundista que les permite obtener una rentabilidad extra imposible de obtener entre sus sociedades coetáneas.

Al respecto, ejemplos varios de estas grandes empresas se encuentran desde los últimos años en la prensa nacional e internacional. Nosotros solo haremos mención de las situaciones que permiten a este tipo de conglomerados “sacar raja” de nuestro contexto como el caso de las empresas de alimentos y bebidas que pueden verse circular sus unidades de transporte a lo largo y ancho de la República Mexicana transportando sus productos sin afinaciones, ni verificaciones, con grandes bocanadas de smog directo al medio ambiente o al consumidor. Sólo piense el lector esta situación ocurriendo en Estados Unidos o Europa. Así mismo piense los ahorros de mantenimiento, licencias, certificaciones, refacciones, etc.

Otro patrón relacionado a una nuestra particular cultura vial es el fenómeno insufrible del día a día en la circulación en la Zona Metropolitana de Ciudad de Mexico. Nos referimos a la locura colectiva de las violaciones constantes y ampliamente toleradas para la circulación del transporte público en carriles centrales del Periférico, incluso el ascenso y descenso del pasaje en claras zonas de riesgo. Qué decir del comercio informal en carriles de alta velocidad desde la venta de los fraudulentos tags para las autopistas urbanas hasta los jugos, refrescos y bastones para la selfie del traffic jam.

Aún, podríamos citar todavía otros casos de tropicalización de la corrupción como son los casos de las constructoras, desarrolladores inmobiliarios, contratistas de gobierno entre otros conglomerados extranjeros. De momento, es suficiente concluir que los mexicanos no inventamos la corrupción, solo nos hemos ofertado a nivel global maquilarla para su producción y consumo, local como global.

 

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