La razón de que una propuesta política como la de Trump haya alcanzado el triunfo electoral es la creciente desigualdad económica de los Estados Unidos. Las reformas de los años 80s y las políticas de desregulación que ocasionaron la crisis de 2008 generaron altos ingresos para corporaciones y sus administradores, pero caídas en los ingresos de la mayoría de los trabajadores. Las ganancias de las reformas liberales no fueron compartidas y los costos no se compensaron. Por años se presentó como necesario, para alcanzar prosperidad, profundizar la desigualdad, para generar incentivos, por lo que se presentó como necesario, reducir la calidad y la cobertura de los servicios, limitar los apoyos a las personas en situación de pobreza e incrementar los pagos personales por servicios de educación y salud.

La idea era que el Estado tuviera cada vez menos instrumentos para promover el desarrollo y distribuir el ingreso. Su actividad era la de regulación, para corregir fallas de mercado, pero no para evitar o atemperar los efectos negativos de los fenómenos económicos sobre las personas y ofrecer cierta certidumbre y garantías para que el progreso se alcanzará y compartiera.

En los últimos años, por primera vez en décadas, las expectativas de las nuevas generaciones de la mayoría de los estadounidenses son menores con respecto a la generación anterior. En algunos grupos incluso la propia esperanza de vida es menor hoy que hace una década. Existe una enorme evidencia y discusión sobre como en ese país una minoría ligada al sector financiero y corporativo ha sido capaz de ponderarse de una proporción mayor del ingreso, a costa de las clases medias y pobres. Esa es fundamentalmente la razón de que pudiera triunfar, sin tener la mayoría del voto popular, por cierto, en el peculiar sistema electoral de Estados Unidos, una propuesta de derecha extrema, que ni siquiera es capaz de articular un programa coherente de gobierno.

El deterioro de los ingresos por tres décadas y la falta de oportunidades reales de movilidad social, que existían en la post guerra, combinado con el racismo y la narrativa de Estados Unidos como nación elegida para guiar la civilización explica un voto aparentemente inesperado por alguien como Trump.

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A una semana del inicio del gobierno de Trump no cabe duda de que se trata en el peor de los casos una amenaza a toda idea progresista e incluso civilizatoria. En el mejor escenario, la atrabancada y poco competente administración de Trump será anulada por lo inviable de sus políticas y la reacción negativa que a diario generan. Es también evidente que es posible el triunfo de propuestas de ultraderecha en países como Francia, Alemania o Austria, lo que ya en alguna medida sucedió en Polonia y Hungría. El antídoto es tomar en serio la necesidad de reformar las políticas económicas y el propio proceso de globalización para revertir el crecimiento de la desigualdad.

Por ejemplo, una reforma pertinente al TLCAN podría ser el de mejorar los estándares laborales en México o elevar los estándares ambientales. Ese tipo de tratados también deberían modificarse para incluir cooperación para fiscalizar mejor a las compañías que operan en varios países, para evitar que los impuestos sean eludidos al no reportar de manera precisa la riqueza que generan en cada país. Es decir, la globalización tendría que acompañarse de instituciones que reduzcan la desigualdad como fenómeno.

En otros momentos en los que el capitalismo y la democracia también estuvieron en peligro, en la pos guerra, se construyeron las políticas para reducir la desigualdad y promover crecimiento económico. La socialdemocracia tiene como objetivo central que el estado cuente con instituciones capaces de gobernar la economía para redistribuir el ingreso y suavizar los ciclos económicos. Eso implica políticas industriales para impulsar sectores que generan empleos de calidad, de alto contenido económico y con energías limpias. Se requiere que el sistema financiero sea regulado de tal forma que sirva para financiar la inversión productiva y que incluya a toda la población.

Es necesario asegurar niveles altos de inversión en infraestructura, especialmente en las regiones de menor desarrollo. Los gobiernos tendrían que retomar políticas que busquen alcanzar la cobertura universal de servicios de salud y de educación, que incluya los niveles superiores. Se debe retomar las ideas de salarios mínimo suficiente, seguro de desempleo, pensiones universales y en general un estado de bienestar que pueda compensar la desigualdad que genera el mercado y pueda ayudar a que el mercado genere menos desigualdad. Si no hacemos eso, aun cuando Trump fracase, otro fascistoide estará listo para aprovechar el escenario de desigualdad extrema que se ha construido.

 

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