Armas rusas, la base aérea de Incirlik, los rebeldes kurdos, las sanciones contra Irán, la respuesta de Erdogan ante el fallido golpe de Estado en su contra y Andrew Brunson, son los ejes de la actual crisis entre Estados Unidos y Turquía.

No es la primera vez que vemos al presidente Trump anunciar medidas a modo de balazo en el pie de aliados de antaño.

Turquía ha sido aliado de los Estados Unidos por más de 70 años, y las recientes sanciones económicas nos evocan aquel momento de 1974 en el que, tras el intento de Turquía de invadir Chipre, Estados Unidos impuso sanciones comerciales que fueron respondidas con la restricción de su acceso a la base aérea de Incirlik. Punto que también le fue restringido cuando Washington decidiera bombardear Iraq para poner fin al régimen de Saddam Hussein.

Hoy en día, la tensión entre ambos países pudiera poner fin a uno de los vínculos más sui generis.

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Pareciera que el sistema de alianzas de los Estados Unidos construido durante la Guerra Fría, resulta ser poco rentable para el presidente Trump. La imposición de sanciones a dos ministros turcos y el incremento a los aranceles al acero y aluminio de Turquía, la presión que se ejerce tras el aceleramiento de la caída de la lira, que se ha depreciado más del 25 % en pocos días se suman a las consignas que desde Washington acusan al gobierno de Erdogan de impedir que Estados Unidos lleve a cabo de manera eficiente la lucha contra el Estado Islámico.

La realidad es que a los ojos de la comunidad internacional, estas medidas no son más que otra puñalada por la espalda ya sea por la situación que enfrenta el pastor Brunson, desde 2016, quien acusado de formar parte de un grupo terrorista armado y que fuera detenido durante las pesquisas posteriores al intento de golpe de Estado en contra del presidente turco Erdogan (y quien además se ha vuelto moneda de cambio para conseguir la extradición de Fetullah Güllen, auto exiliado en Pensilvania y quien es considerada la mente detrás del fallido movimiento golpista de hace dos años) o por la resistencia del gobierno de Ankara a tolerar la cercanía de los grupos armados kurdos apoyados por los Estados Unidos, por ser calificados deficientes en la lucha contra el Estado Islámico; pero la actitud de Washington arremete de manera permanente contra la soberanía de Turquía, quien ha asumido el costo históricamente de sus relaciones con los Estados Unidos a lo largo de siete décadas.

Al grado de cuestionar la compra del sistema de defensa antimisiles S-400 no sólo por su procedencia rusa, sino porque en la perspectiva estadounidense esto compromete la participación turca en el desarrollo de la aeronave F-35, lo que pudiera implicar un conflicto de intereses al gobierno turco.

Más allá de las disputas bajo el discurso antiterrorista creadas por los Estados Unidos, las tensiones en la región se encrudecen al grado de amenazar la subsistencia de la población turca, pues ese país solo produce una cuarta parte de sus insumos energéticos lo que obliga a Ankara a desacatar las sanciones estadounidenses contra Irán (por la salida reciente de EU del Acuerdo Nuclear), esto implica mantener la importación de crudo iraní.

Ciertamente, las presiones que hoy se ejercen al gobierno turco no son nuevas, pero si descontextualizadas en un mundo en el que Estados Unidos ya no es el gran hegemón y en el que su sistema de alianzas está cada vez más endeble.

Al no tener claros los ejes de largo plazo de la política exterior de la administración Trump, pareciera que la sanciones y reclamos a sus otrora aliados, se ejercen al bote pronto, al “bomberazo” y no bajo el análisis y la óptica regionalista que requieren los temas de la agenda internacional el día de hoy.

 

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