Dotar a un segmento de la población de un medio de transacción distinto al efectivo es sólo el principio. El siguiente paso es implementar un modelo de aceptación para que los consumidores reciban beneficios sociales.

 

 

La inclusión financiera no puede ni debe verse como un concepto aislado. Implementar una estrategia adecuada, con los incentivos de cada una de las partes definidos y alineados, se traduce en un verdadero ecosistema donde todos  los que participan tienen mucho que ganar.

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Y es que un error recurrente en los modelos de inclusión financiera es que solamente se fortalece una parte de la ecuación, cuando se debe trabajar simultáneamente en la oferta y en la demanda, porque dotar a un segmento de la población de un medio de transacción distinto al efectivo es sólo el principio. El siguiente paso es implementar un modelo de aceptación robusto y lo suficientemente amplio para que los consumidores reciban beneficios sociales; a su vez, contar con una plataforma adecuada, eficaz y de bajo costo, repercute en todo el sistema financiero y en la economía nacional al combatirse la informalidad e incrementarse la recaudación de impuestos.

Al sumar todos los componentes y conformar una especie de cadena productiva, donde los eslabones son los pagos electrónicos, se promueve un cambio de paradigma, por ejemplo, en la red de comercios que transitan de un centro de costos a un centro de ingresos; esto, gracias a la diversificación de sus fuentes de ingresos al contar con la infraestructura que le permita convertirse en un corresponsal bancario, en un centro para el pago de servicios, la venta de tiempo aire y dispersor de remesas. Lo anterior, se traduce en comisiones y en un elemento que atrae más clientes al establecimiento, tráfico que potencialmente se puede traducir en mayores ventas, amén de la optimización de sus operaciones, que se logra al contar con una plataforma tecnológica integrada.

Pero los beneficios pueden multiplicarse todavía más para los comercios, y en consecuencia para toda la cadena, al contar con una fuente adicional de capital de trabajo y para el financiamiento de depósitos en efectivo y pagos de servicios que les permita hacer frente a la mayor demanda de operaciones que detonaría su incorporación al ecosistema.

Aquí es donde hacen su aparición las microfinancieras que al atender a cerca de 7 millones de clientes en México se han convertido en un vehículo efectivo para promover la inclusión financiera, y ahora gracias al desarrollo de plataformas y esquemas de licenciamiento de tecnologías, que resultan en una baja significativa de los costos de operación, se perfilan como potenciales emisores de tarjetas y una vía efectiva para ampliar el número de terminales en comercios; los que se pueden convertir en sus agentes de promoción y cobro de los pagos de los créditos otorgados a las personas físicas. Aunque es muy importante considerar que el crédito no es el único servicio financiero que demanda la población, sino además productos de ahorro y seguros que les permitan mejorar su nivel de vida.

Promover la utilización de medios de pago y aceptación requiere necesariamente de una red avanzada y capaz de soportar el crecimiento exponencial del ecosistema y, sobre todo, de un nuevo modelo de negocios que detonará un círculo virtuoso en la sociedad al permitir que los beneficios sociales se derramen en la economía.

 

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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