El número de delitos, feminicidios, las condiciones de acoso sistemático, discriminación y la crueldad ascendente generaron un contexto de hartazgo que ahora explota en las calles y que pone en la mesa no solo ese problema, sino que retrae al debate cuestiones como igualdad y equidad de género, la falta de reconocimiento de la mujer además de una creciente y profunda descomposición social.

Por décadas se ha hablado del empoderamiento y liderazgo femenino; la creciente participación de la mujer en todas las áreas científicas, sociales, económicas y políticas; un enorme número de leyes que promueven y protegen sus derechos; sin embargo, nada ha frenado la amplia variedad de conductas ejercidas en contra de la mujer.

El activismo de las redes sociales generó una mayor notoriedad, organización y participación, pero aún abundan los casos en donde las mujeres quedaron a su suerte y terminaron mucho peor, muchas veces producto de la pasividad e indiferencia de las autoridades.

Ser mujer se ha vuelto extremadamente riesgoso. Todos los recursos tecnológicos y las propias redes son usadas para hostigar e invadir la intimidad de la mujer. Hasta solicitar un empleo conlleva el riesgo de exponerse al sometimiento, explotación y abuso.

Las agresiones y agravios pueden presentarse en cada trayecto y situación; de día o de noche, en el transporte, la escuela o las actividades cotidianas, a través del celular, las redes sociales. Los agresores recurren a estrategias, recursos, seguimiento y espionaje. En todo momento las mujeres se encuentran vulnerables.

El gobierno y los políticos se escudan en cualquier excusa para tratar de justificar su incompetencia, indolencia e indiferencia; como en todo lo relativo al crimen y la seguridad pública solo sirven para demeritar al movimiento, expresar su indignación y enviar condolencias.

El acoso es sistemático. Confianza, amistad y apoyo son los disfraces que suelen usar los agresores para luego acechar, acorralar y terminar atacando a su víctima.  Las agresiones que comienzan como piropos, bromas, chistes, toqueteos o cosas de amigos evolucionan a golpes, insultos, amenazas y violaciones.

La descripción de los casos criminales también confirma que en el entorno cercano de las víctimas representa un riesgo -incluso tolerado-; durante años, las mujeres fueron reducidas a la esclavitud, explotación y el maltrato verbal, físico y sexual. El recuento de los daños incluye formas de tortura, reclusión y degradación que parecen ser parte de las peores pesadillas o de las películas más aterradoras.

La impunidad reina y la balanza está quebrada. Cada vez que un crimen se comete y queda impune; se va rompiendo el balance de justicia que toda sociedad debe observar si quiere ser viable. La falta de consecuencias impulsa y motiva el avance y escalamiento progresivo de los delincuentes; la sociedad se rinde ante la falta de respuestas, queda reducida a ser víctima eterna, prácticamente una res para el matadero sin esperanza de defensa, protección y en medio de leyes e instituciones que no sirven para nada.

Si bien las mujeres son quienes lograron impulsar un movimiento social para exponer la gravedad de su problemática; la inseguridad, los asesinatos y los delitos siguen subiendo vertiginosamente, sin ninguna respuesta efectiva.

La aplicación efectiva de la ley y el uso de toda la fuerza del estado son necesarias ahora y de manera urgente. De nada sirve el discurso de las buenas intenciones, la felicidad y la paz; ninguna cartilla detiene al violador, abusador o depravado al acecho.

Y ¿qué si las mujeres son de derecha? ¿No habrá represalias? Los golpes, el dolor, las lágrimas, las cicatrices, las afectaciones psicológicas, la dignidad robada y los daños no tienen color ni posición partidaria. Las voces ahogadas, los gritos de pena, los lamentos; la mirada sumida y perdida, el caminar lento y la sensación de que cada día solo será peor son la denuncia en carne viva y las represalias que llevan cangando las mujeres y que ya no admiten pretextos ni culpas ridículas.

Los problemas existen, se demandan soluciones reales y eficientes aquí y ahora. Las indagatorias estructurales son muy complejas, todo confluye en la perdida de valores, degradación, el papel de los medios, la evolución demográfica, la cultura, educación, familia, valores, instituciones, historia, prejuicios, condicionamiento, identidad, liberación, conflicto, lucha social.

La violencia contra la mujer no hace distinciones, en todos nuestros cursos y talleres de empoderamiento lo hemos visto: se presentan en todos los niveles de preparación, ingresos, clase social, religión, filosofía, nivel laboral, trayectoria, origen, estado civil y geografía.

La historia está llena de Mujeres ejemplares y valientes, imparables, madres, hijas, profesionistas, independientes, liberales, empoderadas dispuestas a luchar y a ayudar a otras que abrieron caminos y transforman nuestro mundo todos los días. Por ellas y con ellas no solo en este momento, siempre solidaridad, cerrar filas y seguir sumando a su causa.

 

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