Por Lauren Gensler

Ambos pueden recordar ese día a detalle. El calor sofocante de agosto se había calmado y el clima era inusualmente frío en la ciudad de Nueva York. Un taxi amarillo dejó a Emily y Grant Knapp en su departamento, y cinco minutos después quedaron impávidos en la puerta de entrada. 

Alguien había forzado la cerradura y saqueado su departamento. Había papeles tirados por todas partes. El anillo de zafiro diseñado por un amigo suyo había desaparecido, al igual que sus computadoras.

Eso fue el colmo. Emily y Grant, que cada invierno juraban estar hartos de Nueva York, esta vez sí tenían razones para irse. “Rápidamente empezamos a planear”, recuerda Grant, de 33 años, previamente director creativo. “¿Cuánto tenemos que ahorrar? ¿Qué gastos podemos recortar? ¿Qué podemos vender? ¿Cómo podemos deshacer nuestro contrato de arrendamiento?”

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Tres meses más tarde, con 40,000 dólares en el banco y sus pocas pertenencias en una bodega, regresaron a la costa oeste. Se han dedicado a viajar desde noviembre y no ven ningún final a la vista; viven un sabático.

Si bien fue algo precipitado, el robo sirvió como el impulso que necesitaban para salir de la ciudad y embarcarse en una nueva aventura. “No sé si alguna vez lo habríamos hecho si no nos hubiera pasado algo malo; es muy fácil seguir haciendo lo que haces usualmente”, dice Emily. “Es muy difícil salir de la órbita de la ciudad de Nueva York”, asiente Grant.

Después del robo, sin embargo, su departamento no se sentía como un hogar. Cuando se miraron y preguntaron qué les mantenía en Nueva York, no pudieron encontrar una respuesta contundente. “Los dos sentimos que estábamos listos para otra cosa”, dice Emily. “No estábamos seguros de qué era, pero sabíamos que necesitábamos algo diferente.”

Comenzaron a ahorrar agresivamente, cobraron la pequeña suma que les pagó el seguro y vendieron la mayor parte de sus pertenencias. También negociaron el fin de su contrato con el dueño de su departamento con sólo una condición: pintarlo por completo, una tarea formidable que les llevó sólo cuatro días.

Su plan era viajar por un tiempo, visitar a amigos y familiares en todo el país, y luego instalarse en algún lugar de la costa oeste.

La vida en la carretera ha sido algo que han apreciado luego de una década agitada en una jungla urbana y bulliciosa. Ya no duermen con los teléfonos bajo la almohada ni reciben llamadas a media noche. No tienen que soportar la tortura diaria de un tren del Metro atestado de gente ni tiran a la basura puñados de dinero por un departamento de precio desorbitado.

En cierto modo, una década de saltar de un trabajo a otro los preparó para su nueva libertad. “Es muy cómodo vivir sin ataduras”, dice Emily, de 33 años, ex directora de publicidad que trabajó en cinco empresas, entre éstas Havas y BBDO, durante más de 10 años.

Para ellos, cambiar de empleo con frecuencia es la nueva normalidad. “Los días en los que te quedabas 40 años en una misma agencia de publicidad ya pasaron, son una imposibilidad absoluta”, dice Grant, quien ha cambiado de trabajo cada dos o tres años desde que obtuvo su maestría en diseño de comunicaciones en el Pratt Institute. Antes de eso, pasó su primer par de años fuera de la UCLA como electricista, ganando 30 dólares por hora.

Su principal motivación para cambiar de trabajo nunca ha sido un salario más alto, dicen, sino mejores experiencias y la compatibilidad cultural. “Para ser honesto, si sólo se tratara de sueldos y el nombre del puesto, habría cambiado de trabajo muchas más veces”, dice Grant.

Cambiar de trabajo también les ha ayudado a ascender. Ambos han tenido una carrera exitosa y trabajado con decenas de clientes de renombre, entre éstos Microsoft, Samsung, Exxon Mobil, Axe y Dos Equis.

Su falta de fidelidad a una empresa surge, en parte, de lo que vieron durante la crisis financiera: las agencias de publicidad recortaron personal a diestra y siniestra cuando los clientes redujeron sus presupuestos de marketing. “Cuando una empresa tiene que tomar una decisión, siempre resuelve a favor de la empresa, no de sus empleados”, dice Emily, agregando que ella y Grant no esperan nada más de los empleadores que lo que se negoció en sus contratos. “Eso es lo que hace fácil ser tan desapegado.”

Considera cómo se ha manifestado en su sentido de autosuficiencia financiera. Ninguno de los dos cree que puede contar con la seguridad social cuando envejezca y tienen  planes de ahorro voluntario para el retiro.

En los últimos meses han cambiado sus empleos en el mundo publicitario por aventuras en el mundo real. Acamparon entre dunas de arena blanca en Nuevo México y bailaron durante el festival de Marfa Myths en Texas. Visitaron a la hermana de Emily, quien acaba de tener un bebé, en Seattle, y pasaron varias semanas con sus padres en Nueva Orleáns. (Por cierto, sus padres fueron una inspiración para el año sabático, ya que vendieron su casa de la infancia hace pocos años, empacaron lo necesario en su combi y han vivido en una ciudad diferente cada mes durante más de un año.)

Puedes verlo como una crisis de mediana edad, pero se están divirtiendo tanto que no quieren limitarse a una ciudad. Así, durante el tiempo que se lo puedan permitir, planean seguir viajando.

Los Knapp están cambiando de una mentalidad de dinero (viajar hasta que el dinero se acabe) a otra (encontrar la manera de pagar sus viajes en curso). Su objetivo es no dejar nunca que su cuenta de banco se encuentre por debajo de los 10,000 dólares. Calculan que eso será suficiente si tienen que asentarse en alguna parte o si desean volver a Nueva York.

Ya han sido contratados para trabajar en varios proyectos como freelancers, a menudo como un equipo de marido y mujer, sin ni siquiera buscarlo. “Estamos en un momento en nuestras carreras en que nuestros contactos ya no son juniors. Tienen presupuestos y quieren dar trabajo a las personas que conocen y en las que confían”, dice Emily.

Mantener bajos los gastos también será clave. Eso significará dormir en casas de amigos y en Airbnb y aún más flexibilidad. Por ejemplo, hace poco habían planeado ir a San Francisco, pero el único alojamiento que encontraron era prohibitivamente caro. Así que en su lugar usaron sus millas en Amtrak para viajar en tren desde San Diego hasta Seattle; esencialmente tuvieron alojamiento y transporte tres noches gratis.

Para ellos, este tipo de vida no programada, sin compromisos, es lo que necesitaban. Ellos no planean pasar el resto de sus vidas como nómadas, pero tampoco están ansiosos por echar raíces. Iniciar una familia no es una prioridad para la pareja. No lo es ahora y tal vez nunca lo sea. Lo mismo vale para ser propietarios de una casa.

Ambos están tomando este tiempo para explorar y recuperar energías mientras se preparan para las largas carreras que tienen por delante. Emily siempre se lamentó de no viajar durante sus veintes, cuando, después de elegir no ser reubicada en una oficina de Leo Burnett, recibió un paquete de indemnización de seis meses. Estaba demasiado nerviosa porque podría no conseguir otro trabajo o porque los potenciales empleadores la desdeñaran por el hueco en su currículum.

Diez años después tienen mucha experiencia en su haber. No están preocupados por encontrar trabajo, ni piensan que las empresas verán un año sabático como algo malo. De hecho, piensan que viajar de manera constante incluso podría jugar a su favor.

“No creo que ese hueco en mi CV tenga el estigma que solía tener”, dice Grant. “La gente empieza a entender que la sobrecarga de trabajo 24/7 no es lo mejor, sobre todo cuando tratas de reunir diversos puntos de vista en la mesa.”

 

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