Por Parmy Olson

“¿Y usted, a qué se dedica?”

Así cuestionaba la reina Isabel II a Michael Rolph, un nerd del software de 35 años de edad, de pie en una fila de emprendedores en una de las salas de estado del Palacio de St. James.  El segundo hijo de la reina, el príncipe Andrés, duque de York, que tal vez tenía mayor injerencia en la conversación, escuchaba de cerca.

Rolph, nervioso, respondió que dirigía una startup que creó una app para móviles llamada Yoyo Wallet. Acto seguido, la reina le preguntó qué pensaba del nuevo gran proyecto del duque, aquél donde startups como Yoyo acudían al palacio para presentar sus ideas a algunos de los inversionistas y líderes empresariales más poderosos del país.

Él explicó que dos años atrás el programa del duque lo puso en contacto con una de las principales cadenas de café en Reino Unido, y que en ese día de diciembre se anunciaría la asociación.

“¿Por qué te tomó tanto tiempo?”, bromeó la reina.

Rolph sonrió. “Bueno, señora —dijo—, en el periodo de dos años tuvimos que construir nuestro negocio”. La reina hizo un gesto aprobatorio con la cabeza y siguió avanzando por la línea.

Todo ello transcurrió en la séptima y más reciente edición del [email protected], un evento semestral de networking que el duque inició hace tres años. En cada ocasión, una docena de startups presenta sus negocios a 400 empresarios en las habitaciones carmesí del palacio de St. James, construido hace 500 años por el rey Enrique VIII y ubicado junto al palacio de Buckingham.

Rodeados de pinturas del siglo XVII, los emprendedores exponen sus algoritmos de plataformas móviles y aprendizaje automático. Es algo así como si Y Combinator se uniera a Dowtown Abbey, donde la tradición y la destrucción creativa se abren camino torpemente con la esperanza de abrir el futuro un poco más rápido. En el primer evento de lanzamiento, en abril de 2014, el duque tuiteó la que se cree es la primer selfie real.

Este evento atrae a los CEOs de las grandes compañías inglesas y a los principales administradores de fondos, y en una ocasión, a la hija del duque, la princesa Beatriz, o a su ex esposa Sarah Ferguson. En la edición de diciembre pasado el evento contó con la presencia de la reina por primera vez.

Durante una sesión, que incluyó un equipo de seguridad cibernética y a un fabricante estonio de software, la reina se sentó en la primera fila en una silla de oro, con su pelo blanco destacándose entre un mar de trajes oscuros.

En tiempos en que cada alcalde, gobernador y primer ministro que se precie de serlo, profesa un amor por el espíritu emprendedor, y cuando se patrocinan preferentemente a las incubadoras y aceleradoras, ¿por qué la familia real más famosa se mantendría al margen? Después de todo, da ventajas incorporarla.

“¿Quién recibe una invitación del palacio real y se niega?”, comenta posteriormente un participante durante el coctel con canapés y champán.

Aunque el duque tiene claro que podría no descubrir al próximo Google, su red real lo convierte en un jugador muy útil: [email protected] ha ayudado a 247 startups a expandir sus negocios, con más de dos tercios de los fondos destinados a recaudar dinero y contratar más personal.

Y en una edición anterior, la startup británica Magic Pony Technology hizo los contactos necesarios que eventualmente la llevaron a una venta por 150 millones de dólares a Twitter. Por su parte, la startup de inteligencia artificial VocalIQ participó en la segunda edición en 2014, antes de venderse a Apple poco menos de un año después.

En una tarde de febrero, el duque, sexto en línea al trono, exhibe un toque de excentricidad aristocrática, se sienta en su estudio en el Palacio de Buckingham. Apoyándose sobre una vasta mesa de roble, describe [email protected] con una analogía que es tan extraña como desprovista de un tono tecnológico: una tarta de frutas.

Sus reuniones detrás de escena con los fundadores de las startups y el proceso de selección son la tarta en sí, llena de pasas y nueces.

Del glamouroso evento de lanzamiento, dice, “Ése es el mazapán”, antes de dirigirse a sus ayudantes. -¿Estás de acuerdo? Uno de ellos asiente con la cabeza: -La forma en que lo describen, señor, es exactamente lo correcto, es la pieza final.

El duque, de 57 años, toda su vida ha estado rodeado de ayudantes y sirvientes. El plato de galletas que se encuentra intacto sobre la mesa fue traído por un mayordomo vestido con librea roja brillante y faldones. Pero el estilo de vida dorado ha exigido cada vez más servicio público.

Él y su hermano mayor, el príncipe Carlos, están entre los miembros más activos de la realeza, con Carlos enfocado en el cambio climático y las fuerzas armadas, y el duque en el emprendimiento. Una gran diferencia entre los dos: el dinero. “El fideicomiso de Charles genera 26 millones de dólares al año para gastar como le plazca”, dice Robert Jobson, autor del libro The Future Royal Family.

En comparación, el duque es prácticamente un mendigo, habiendo ganado 250,000 libras esterlinas (aproximadamente 300,000 dólares) anualmente, de acuerdo con los últimos registros públicos publicados en 2010.

[email protected] podría ayudar a Andrew a reinventarse después de la controvertida conclusión en 2011 a su decenio, donde fungió como representante especial del Reino Unido para el comercio y la inversión. La prensa criticó por mucho tiempo su cercanía con contactos desagradables como Jeffrey Epstein, un financiero estadounidense condenado por delitos sexuales.

Pero este nuevo rol le conviene. Durante una reunión, a mediados de febrero, con media docena de fundadores de tecnología hipster en el acelerador Trampery, al este de Londres, presentó a cada uno con una mirada fija y los enganchó.

“¿Así que no tienes experiencia en juegos?”, le preguntaba el príncipe Andrés a un desarrollador móvil que estaba construyendo una plataforma de juegos, mientras estaban sentados en círculo en sillas del metal. “Estoy en la industria del cine”, respondió el desarrollador. El duque estrecha los ojos y replica: “Mmm.”

Después, de regreso a su estudio, dice que mientras cada empresario hablaba alrededor del círculo, él trataba de averiguar a quién podría conectar mejor. Esa es su parte favorita del trabajo. “Asegurarnos de que tengan éxito”, dice mientras dos relojes corren en rápido síncope y detrás de él una bandera británica cuelga a través de una lámpara en su escritorio. “Eso es de lo que se trata la Familia Real.”

Como cualquier startup que valga la pena, [email protected] tiene su propio mito de origen. En 2012, cuando el duque seguía dolido por la pérdida de su papel de enviado comercial, se dio cuenta de dónde podía hacerse útil. Las pequeñas empresas tecnológicas estaban luchando por obtener financiamiento, ya que muchas empresas de capital riesgo estaban persiguiendo a empresas más grandes y menos arriesgadas.

El duque consideró la creación de su propio fondo, pero se dio cuenta de que como inversionista no tendría un impacto en muchos empresarios. Luego, a finales de 2013, en una conferencia de tecnología comenzó a charlar en la cafetería con Tom Hulme, el director inglés de un grupo de networking llamado IDEO.

Londres era como un cultivo para el crecimiento, le dijo Hulme. “Tal vez podrías ser el acelerador para hacer que esas reacciones ocurran más rápido.”

Los ojos del duque se iluminaron. Sus glamourosas introducciones a los contactos de la industria para ayudar a las startups a escala, son “servicios de mitigación del riesgo.”

Ahora, dos veces al año, el equipo del duque organiza tres eventos regionales en Reino Unido, seguidos por un campo de entrenamiento que coloca a 42 startups y finalmente a las 12 mejores a presentar en la reunión final en el palacio de St. James.

Yoyo Wallet de Rolph estuvo en el primer evento del palacio en abril de 2014, y sin tener ninguna idea sobre qué esperar, el empresario se encontró vagando por un arsenal y una sala cerrada donde la corona fue tradicionalmente conferida al siguiente monarca.

Se tomó una selfie y se la envió a sus padres. “Puede que nunca tenga la oportunidad de hacer esto otra vez”, pensó.

Durante su presentación formal, Rolph preguntó si alguien en la sala podría presentarlo con Gerry Ford, el fundador de la tercera cadena de café más grande de Reino Unido. En cuestión de minutos, el teléfono del magnate del café estaba zumbando con más de una docena de notificaciones por correo electrónico. Dos años más tarde, Rolph conoció a la reina y anunció su asociación exclusiva con Caffè Nero de Ford.

Al menos dos veces al año, poco menos de dos docenas de ejecutivos de patrocinadores como Barclays, AstraZeneca e Inmarsat —que conforman la junta directiva y son jueces del programa— se reúnen en el Palacio de Buckingham para examinar una hoja de cálculo de las startups mientras beben agua de las copas estampadas con las iniciales ER (Elizabeth Regina).

El programa tiene éxito, dice Hulme, quien ahora trabaja como socio para la oficina de Google Ventures en Londres. Los eventos de [email protected] están programados para finales de este año en Oriente Medio, China y Australia. Y Estados Unidos.

“Vamos a intentar algo diferente este año”, dice el duque, sin detallar mucho sobre qué hará.

Y otros miembros de la realeza, incluyendo al príncipe heredero de Noruega, Haakon, y el príncipe heredero de Holanda, Constantijn, desean emular al duque con sus propios programas de emprendimiento, dice Hulme.

Mientras que las iniciativas respaldadas por el gobierno, como los desayunos de Tech City en la oficina del primer ministro en Downing Street, a menudo se desvanecen cuando nuevas oleadas de funcionarios reemplazan a sus predecesores, las familias reales “pueden hacer crecer algo significativo con el tiempo”, dice Hulme.

Cuando le preguntan cuánto tiempo encabezará [email protected], los ojos del duque saltan en tono de sorpresa. “Mientras sea necesario”, dice con un encogimiento de hombros.

Aparentemente, la monarquía estratificada tiene la intención de desempeñar su papel en la configuración del futuro.

 

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