A lo largo de los años en México hemos tenido una mayor o menor participación del gobierno en la economía. Transitamos de periodos con una alta participación a otros con una participación más limitada y abierta al capital privado. Durante años se discutieron las ventajas y desventajas de la participación activa del gobierno en la economía, hasta que, en virtud de las crisis sexenales recurrentes, paulatinamente fuimos eligiendo como país que el mejor enfoque para el desarrollo del país era con una aparente menor participación del gobierno.

De esta forma, migramos de periodos mayoritariamente intervencionistas (economía mixta y rectoría del Estado) a algunos con menor participación estatal en la economía en los últimos años. El libre comercio, la liberalización de las cuenta de capitales, el fortalecimiento de instituciones como el Banco de México, nos dieron una cada vez mayor fortaleza y un mejor marco para una menor intervención del gobierno en la economía.

A pesar de este cambio radical, la conversación acerca de la “causa” de los “problemas” nacionales y la participación del gobierno en la economía sigue intacta. No sólo no se ha reducido, sino que paradójicamente se ha ampliado y profundizado. Generalmente, esto pasa inadvertido para la gran mayoría, pues se ha vuelto –por sorprendente que parezca– un acuerdo tácito o una “suerte de verdad no dicha” entre los pensadores con posiciones políticas antípodas y disímbolas.

Si uno lee con detenimiento muchas de las posiciones o declaraciones en libros, medios y revistas especializadas de intelectuales, think tanks, líderes de opinión, políticos, libre pensadores, pensadores alineados, así como el común de la ciudadanía, la solución, poder y capacidad para resolver los grandes males y problemas nacionales es patrimonio exclusivo del gobierno. Ya sea que hablemos de conservadores o liberales, libertarios o estatistas, finalmente acabamos con la conversación acerca del papel del gobierno. Ya sea porque es el acertado, porque no lo es, porque debería ser diferente o porque debería ser más, mejor o de otra forma. Es un acuerdo generalizado y una verdad del momento que es políticamente incorrecto retar, so pena de ser juzgado como desconocedor o ignorante de los grandes problemas nacionales.

Baste leer cómo se resuelve desde el mundo de la opinión pública y publicada nacional la corrupción, y es con una ley y con un sistema anticorrupción. ¿Cómo se resuelve el impacto de la contaminación? Con una política pública. ¿A quién le corresponde estabilizar las condiciones macroeconómicas financieras? Pues no es a alguien más que el gobierno. ¿A quién le corresponde crear expectativas y confianza en la economía? Pues al gobierno. Y ¿del Estado de derecho? Pues al gobierno. El único gran ausente y no invitado en esta conversación es la ciudadanía.

Esta conversación –en la que estamos todos enrolados como país– es extremadamente dañina para generar y crear ciudadanía. Nos quita como individuos el poder para hacer una diferencia. O, tal vez, más bien nos “libera” de responsabilidad. Si todo depende del gobierno, sólo hay dos cosas que uno puede hacer: 1) esperar a que lo haga, y/o 2) quejarse porque no lo hace.

¿Suena conocido? Y simplemente esto no funciona. Todos sabemos que lo único que transforma las cosas es la acción, y la única acción que se puede garantizar es la de uno mismo.

En el fondo, esta conversación de que todo “le corresponde al gobierno” lo único que hace es impulsar muy efectivamente el abdicar a nuestra responsabilidad individual como ciudadanos. La responsabilidad es algo que no se pude imponer a los demás, ni por medio de leyes ni por políticas públicas. Es una elección –individual– que surge del descubrimiento del poder que tengo como individuo y ciudadano. Ni más ni menos.

Sin duda ha cambiado lo que decimos respecto a la participación del gobierno, pero no ha cambiado el trasfondo desde el cual decimos lo que decimos. Es fundamental darnos cuenta que el gobierno surge y emana de la ciudadanía, no surge del vacío. Está formado por individuos –por ciudadanos– y no existe aislado o desvinculado de la sociedad misma. Más aún, un gobierno es sólo tan fuerte como lo es la ciudadanía de la que emana.

Un cambio trascendental en la forma de ver las cosas respecto a los “problemas” de México es asumir que el país que tenemos es resultado de la ciudadanía que somos. Y así un México de siguiente nivel es posible.

 

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