La criminalidad se comporta hoy de manera totalmente distinta a la de hace no más de veinte años. Podríamos hablar de una licuefacción del crimen, por cuanto se diluyen los esquemas y los límites a que antes se sujetaban. Las nuevas formas de criminalidad no respetan límites espaciales, fronterizos ni territoriales, los excede y se monta sobre las vías del “ciberespacio”, de las transacciones comerciales supranacionales, de la vulneración a la seguridad de la información y de los sistemas de intercambio cada vez más sofisticados.

Un nuevo espacio empresarial

Es un hecho conocido por todos que las relaciones interpersonales y jerárquicas en la empresa han dado un giro de 180 grados en la última década. Una de las expresiones más contundentes de ese giro es el llamado espíritu startup, en el que se tiende a perder la “localización” espacial, no solo de los mercados y de las comunicaciones (ciberespaciales), sino incluso en la vida laboral cotidiana, pues una oficina inspirada en ese modelo no se parece a los antiguos espacios de oficina estructurados por largas hileras de escritorios cerrados, sillas y compartimentos de aislamiento tipo “caballerizas”, rodeadas de paredes altas y espacios cerrados para los directivos llamados “privados”. Ahora, el paisaje de oficinas es minimalista, ergonómica y en ambiente openspace: formas de loft donde los espacios parecen ser lo menos importante, en los que trabajan empleados, jefes y ejecutivos de alta dirección, compartiendo mesas, barras y salas abiertas. Se trata de un nuevo “Workspace”, diseñado para trabajar de otra manera, más fluida, más dinámica, menos compleja y poco formal.

Esta tendencia minimalista de las organizaciones, vamos a llamarlas así, “posmodernas”, hacia una búsqueda de la eficacia y la libre circulación de iniciativas, innovación y creatividad (y de los individuos), es una de las múltiples expresiones que tiene la sociedad actual a la que el sociólogo polaco Zymut Bauman denominó “líquida”, es decir, una tendencia a crear vínculos más efímeros, más superficiales, menos estructurados, o si se quiere, “extraterritoriales”. Es suficiente con acudir a una de esas oficinas abiertas, con periqueras, sin distribución clara de espacios, estilo “lounge”, para darnos cuenta de que el espacio, en sí mismo, ha perdido peso o importancia en la forma de entender el trabajo, las relaciones interpersonales y hacer negocios.

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En términos del sociólogo español Manuel Castells hemos pasado de los “espacios de lugares” a los “espacios de flujos”, que difieren radicalmente entre sí por el tipo y calidad de relaciones humanas que producen. Se ha comprobado que los espacios de las antiguas oficinas cerradas, expresión de las jerarquías, rangos y una tajante división del trabajo, es cada vez menos eficaz que las nuevas formas de organización fluidas, lineales o, como dice Bauman, “líquidas”.

Riesgos del “espacio de flujos” en las empresas

Las organizaciones empresariales se vuelven aún más “líquidas” si consideramos esa otra tendencia, paralela a la de reducción de los espacios, concretamente a sustituir el material de comunicación impreso (memorandos, papeles, atentas notas, comunicados de escritorio, circulares, etcétera) por dispositivos de comunicación digital abreviada, basada no solo en paperless, sino en el uso inagotable de APP’ s, que evidentemente hacen aún más líquidas las relaciones interpersonales, es decir, más inasibles, superficiales y escurridizas.

No obstante que se ha demostrado la eficacia de ese minimalismo organizacional basado, entre otras cosas, en el aumento de los “espacios de flujos”, como les llama Castells, también han surgido nuevos riesgos para las empresas. Me refiero a los riesgos que suponen las nuevas formas de actuación delincuencial en y desde la empresa.

Como dice Bauman, “con un iPhone prácticamente injertado en el cuerpo humano”, las nuevas generaciones no dan importancia a los espacios y, en ocasiones, ni a las jerarquías de autoridad. Por ejemplo, los miembros de la llamada “Generación Y” (jóvenes nacidos entre mediados de la década de 1980 y mediados de la de 1990) que son los ¨primeros seres humanos que no han vivido nunca en un mundo sin internet y que conocen y practican la comunicación digital permanente en tiempo real” (Bauman, 2016), creen más en los mensajes anónimos de Twitter, y otros medios semejantes, que en las personas humanas de carne y hueso. Por ello, es necesario prevenir otro tipo de actividad delincuencial de la que nuestras generaciones pueden ser víctimas o cautivos.

El contexto es que ya no existen los grandes y famosos delincuentes con nombre y rostro como aquellos que dirigían los entonces negocios de la mafia “en” Nápoles o “desde” Chicago; los fraudes y el lavado de dinero ya no se hacen “en los bancos”, sino desde un Smartphone o con una laptop en cualquier parte del mundo. Por ello el delincuente de la sociedad líquida comete crímenes altamente “líquidos”, es decir, tan finos e imperceptibles como se lo permiten las sutiles retículas del ciberespacio o las intrincadas formas de comunicación y acceso a información de los dispositivos electrónicos.

La criminología de hace diez años, basada en el análisis del “espacio”, el “territorio” o del “cuerpo” ya no cubre hoy las necesidades actuales. ¿Dónde está el delincuente? ¿Dónde se origina el delito?, son cuestiones, entre otras muchas, que difícilmente pueden responderse en la actualidad.

Posibles prevenciones

El Derecho Penal ha sido el último invitado a la celebración corporativa del compliance legal, como tendencia regulatoria mundial. Una parte importante del compliance penal o régimen de control, supervisión y vigilancia organizacional de las empresas debe orientarse hacia nuevos focos de atención. Por ejemplo:

  • Dar seguimiento a las rutas de la información que circula en los flujos internos de comunicación.
  • Estudiar la mejor manera de prevenir que esa información se convierta en un dispositivo para cometer fraudes u otros delitos, no sólo por parte de los miembros de la organización, sino también por quienes pueden acceder a ellos, autorizados o no, y a sus fuentes para hacer mal uso de esa información.
  • Los códigos de conducta corporativa y políticas internas, eficaces y puestos a prueba de verificación procesal-legal, constituyen otro de esos dispositivos de prevención de la nueva actividad criminal escondida en los sutiles intersticios de la “sociedad líquida”. Particularmente en lo referente al uso y seguridad de la información y de la responsabilidad en el uso de sistemas informáticos.
  • Fomentar una verdadera cultura de cumplimiento e intensificar cursos de capacitación y actividades de formación para prevenir riesgos penales en materia de comunicación y acceso a la información.

En síntesis, un sistema de control, supervisión y vigilancia corporativa, armonizado, sencillo, proporcional al nivel de generación y autogeneración de riesgos penales, y comprensible por todos los miembros al interior de la organización y, también, al exterior por clientes y proveedores, permitirán que el “debido control organizacional” sea la fuente fundacional para evitar una responsabilidad penal de empresa.

Debido control vs. Criminalidad líquida

En efecto, una política interna de prevención delictiva o programa de cumplimiento normativo para evitar riesgos penales, concretamente eficaz y verificable, es indicador objetivo de que la empresa es un buen Ciudadano Corporativo, fiel al Derecho. En una sociedad líquida, con un Estado y Gobierno líquidos, no permitamos que las empresas se contaminen también por esos contextos. No es deseable el surgimiento de Empresas Líquidas que promuevan o agraven el surgimiento y poder lesivo o dañino de la Criminalidad Líquida.

 

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