Lo que sí sé es que la izquierda toma el poder por primera vez y que cuenta con el apoyo de muchos ciudadanos. Mas que el triunfo de la izquierda, es el triunfo de una gran masa de electores muy harta con la corrupción, la ineficacia, la inseguridad, los partidos tradicionales, el dispendio, los abusos y los privilegios. Una masa que le apostó a la democracia como instrumento de cambio.

Hay una inmensa carga emocional negativa. Los ciudadanos tienen claro lo que les molesta del actual sistema político, pero no necesariamente cómo cambiarlo, ni lo que realmente quieren construir en su lugar.

En ese mar de confusión -no reconocido aún por los ciudadanos- estarán navegando en los próximos años. No sabrán si deben cuestionar al nuevo gobierno o apoyarlo incondicionalmente. No sabrán si las críticas son ataques o cuestionamiento sano. No sabrán, en resumidas cuentas, cómo participar, si como defensores o como opositores.

En el mejor de los casos, irán transitando a ser observadores y participantes críticos, y descubrirán quizá que la democracia no necesariamente es buen gobierno; que el estado no es exclusivamente gobierno, sino sociedad y gobierno; y que el Estado de Derecho exige instituciones fuertes.

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No es una tarea fácil. Son procesos largos y dolorosos, pero necesarios para el crecimiento y maduración de cualquier sociedad.

La nueva administración y en especial AMLO tienen una responsabilidad fundamental en el desenlace. Pueden cerrarse ante las críticas y radicalizarse en sus posturas con la idea de que el fin justifica los medios o pueden madurar y aceptar que la oposición y la participación ciudadana crítica son partes fundamentales de la democracia y del buen gobierno.

Si se cierran ante la crítica, tendrían que fomentar la división entre “buenos y malos”, “amigos y enemigos”, “progresistas y conservadores”, “pueblo y fifís” para justificarse. Estarían enviando una señal muy negativa para el crecimiento ciudadano de México.

Si maduran, pueden contribuir a fortalecer el Estado de Derecho, fomentar el buen gobierno y realmente convertirse en factor de cambio positivo, fortaleciendo la participación ciudadana libre y crítica como factor de cambio. Mucho dependerá de su nivel de consciencia del nuevo equipo, pero también de los éxitos y fracasos que vayan encontrando en el camino.

Antes de tomar posesión, ha habido signos positivos por parte de AMLO entre las que destaco su discurso mesurado de triunfo, las mesas de pacificación, su apoyo a la regulación de drogas como estrategia de paz, su austeridad personal y su deseo de transformación.

Sin embargo, su decisión de cancelar el NAIM sin replantearlo; sin sanearlo técnica y financieramente, por el contrario, esperado que todos paguemos con impuestos, es negativa. Hay muchas salidas para el NAIM, salidas que contarían con el apoyo de todos. Cancelarlo sin más, a diferencia de lo que defienden algunos, es un signo muy negativo para la participación ciudadana y la maduración del sistema político.

Más de fondo, hay una discusión primordial que involucra a todos.

¿Queremos ser un país lanzado hacia el futuro que pueda competir y dar buen ejemplo al resto del mundo o queremos un país que sigue atrapado en sus mitos históricos?

Difícilmente veo que cualquier régimen, ya no digamos uno que aspira a la transformación profunda, pueda tener éxito sin una economía sana, y en ello, hay que tomar en cuenta que, aun haciendo bien las cosas, siempre hay suerte y entorno económico y político mundial que influye en los resultados.

El poder económico, la “iniciativa privada” somos todos los mexicanos que aportamos valor a la economía del país; y los empresarios somos muchos más que un puñado de empresarios compadres y corruptos.

 

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