A los mexicanos les preocupaban dos temas: seguridad y corrupción, por ello, muchos votaron por Andrés Manuel López Obrador, aún bajo el riesgo de su visión económica setentera. Hoy se agregan otras dos preocupaciones: la desinversión y el desempleo. Y para algunos, otro más preocupante, la centralización del poder en el presidente.

Todos estos temas tienen que ver con el mal gobierno. Desde hace 25 años el sistema político mexicano, presionado por su sociedad, avanzó en democracia, profesionalización y transparencia, pero no lo suficiente como para garantizar la paz del país, el freno al abuso de los políticos, la lucha contra la economía de compadres y la corrupción de los políticos.

Felipe Calderón tomó la pésima decisión de hacer una lucha frontal al mercado de drogas y -sin reducir la oferta o el consumo de drogas- creó más violencia al atomizar a los cárteles. La tasa de homicidios se triplicó en 3 años a partir del inicio de la guerra en el 2008 (hoy es 4 veces superior). Calderón nunca entendió que los mercados negros se combaten con principios económicos, no con policías: es decir, con el control del mercado mediante la regulación, tampoco lo ha entendido AMLO.

Enrique Peña Nieto tuvo un gran acierto al permitir y concretar las reformas que el PRD, el PRI y el PAN habían acordado en temas educativos, energéticos, de comunicación y financieros, pero insistió en la guerra de Calderón y toleró la corrupción. Si Calderón había resultado terco, EPN resultó frívolo y superficial, demasiado pequeño. Se opuso a la regulación de las drogas como estrategia de paz y nunca tuvo interés en combatir la corrupción de manera sistémica. AMLO tampoco ha mostrado interés en combatirla.

Como buen populista, López Obrador vendió la idea de poder acabar con estos dos males de manera sencilla: él. Su sola presencia y austeridad acabarían con la corrupción porque él no pertenecía a la “mafia del poder”. En seguridad promovería los abrazos entre el pueblo bueno. Incluso, soltó una idea muy controversial durante su campaña: la amnistía para los mafiosos, idea equivocada porque no estamos en guerra civil, sino por el control de un mercado. Además, a través de programas sociales y el supuesto divorcio con el poder económico lograría reducir la desigualdad, que identificó -equivocadamente- como una causa de violencia. Ideas simples de venta fácil que lo llevaron al triunfo, no porque fueran buenas, sino por la desesperación del electorado.

Cuando menos en un 85% los resultados tienen que ver con sistemas, no con personas y AMLO no ha atacado las causas estructurales de la corrupción y la inseguridad. La corrupción se combate con sistemas abiertos, transparentes y descentralizados que todos puedan auditar y vigilar, y un sistema judicial independiente que pueda investigar, procesar y castigar con objetividad y veracidad. Andrés Manuel ha hecho lo contrario: centralizar compras, esconder información y golpear al sistema judicial. Además, como todo populista, se considera “moralmente superior” y, por ende, por arriba de la ley; una idea corrupta y extremadamente peligrosa por definición.

El problema toral en seguridad son las mafias del mercado negro de drogas -que con plata y plomo- colapsan a la sociedad y al gobierno. No ha regulado ninguna droga. La violencia y la corrupción de alto impacto han crecido en su administración. AMLO ha continuado la guerra de Calderón, pero ahora con descrédito para la Guardia Nacional. Las mafias no la respetan, las mafias no dan abrazos, les dan cachetadas y continúan extendiéndose a otras actividades como el huachicoleo, el secuestro, la extorsión y el tráfico de personas. La guerra no ha terminado, la guerra y la inseguridad se han incrementado, así lo muestran las cifras, mes a mes, historia tras historia.

Nadie entiende cuál ha sido la estrategia social al golpear programas sociales y dar apoyos directos que no tienen nada de transparentes y sí mucho de electorales. Y para empeorar el escenario, destruyó la confianza de los inversionistas nacionales e internacionales con las malas decisiones propias y de su equipo; una combinación de ineptitud, visiones equivocadas y banderas políticas que quizá los electores no acaban de entender, pero que los inversionistas captan a la primera, sin necesidad de grandes análisis. El dinero es muy suspicaz, muy temeroso y muy celoso.

Así es que ahora tenemos no sólo el mal gobierno de antes, sino uno que por ineptitud, terquedad y visión es peor y tiene menos recursos. Ha sido una pésima luna de miel, con despilfarros, ahorros mal entendidos, austeridades enfermizas, decisiones viscerales, estrategias equivocadas y afán de aplausos por parte del novio.

¿Podrá aprender y corregir? ¿Insistirá en su visión setentera y bolivariana? ¿Rectificará malas decisiones? ¿Seguirá enfermo de ego populista? Los buenos sistemas políticos no dependen de sus buenos líderes, sino de su capacidad de neutralizar a los perversos y a los ineptos en el poder. El mal gobierno no se corrige desde el gobierno, sino desde la sociedad. Malo el cuento, cuando el gobierno concentra aún más el poder a costa de su sociedad. Malo el cuento, cuando la esperanza es que el político sea el que corrija y no el sistema quien lo obligue a corregir.

¿Qué opina la flamante esposa, qué opina la sociedad mexicana de todo esto? Porque cuando la esposa aguanta violencia económica, emocional, patrimonial y física, no hay quien la salve de un probable feminicidio.

 

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