Una probadita de Puerto Vallarta

Nacho Cadena, de La Leche (Fotos: Cortesía Francisco Morales).

Quienes viven en este pedazo de mar presumen ser de las personas más felices del mundo. Lo cierto es que la convivencia y la comida no decepcionan. Y es que Vallarta lo tiene todo.

 

De repente, justo cuando se mete el sol, un caballito de mar emerge de las ajetreadas olas que irrumpen con las piedras de la orilla en el Malecón de Puerto Vallarta. Salen esos monstruos marinos acomodándose en silencio para ver lo último del atardecer. En sus tentáculos y sirenas se reflejan esos tonos rosados tornasoles, ahí, en la Rotonda del Mar de Alejandro Colunga.

Uno pasea en este pedazo de mar en donde las personas presumen ser de las más felices del mundo, y es que Vallarta lo tiene todo. Además de un oleaje prometedor de frutos del mar, tiene montaña, buen clima, raicilla, sabiduría huichol (que vigila el cosmos). Aquí uno se está en paz, en convivencia, y la comida no decepciona, o al menos, a mí, no me sucede aquí.

Foto-Francisco MoralesDespués de ver el amanecer –o intentar despertarse para verlo–, por la calle huele a pan y café. Es ahí donde uno decide entrar al Kaiser Maximillian por un par de hot cakes austriacos con compota de frutos rojos y unos huevos benedictinos. Sí, se está en sitio de playa, donde los mariscos pueden ser un plato primordial, pero no por ello los antojos se censuran. Tal vez para otra mañana se pueda ir a River Café y disfrutar de un plato de frutas a un lado del río Cuale, una conexión entre la sierra con el mismo nombre y el Océano Pacífico.

En la Zona Romántica están los chocolates para después de comer: Xocodiva, adonde se puede ir por un poco de alimento para dioses en forma de bombones rellenos o tabletas de amargo y trocitos de cacao, e ir comiéndolo por las calles llenas de restaurantes y tiendas de diseño. Pero regresando al tema de los pescados y mariscos, en estos tiempos en que se habla de Cuaresma, donde comenzó la travesía marítima fue en La Leche. Nacho Cadena preparó un aguachile de piña asada con serrano para acompañar un pescado que regularmente no tiene valor; le dicen periquito, el cual –este cocinero de la vieja guardia– recupera y pone en una honorable vitrina.

La Leche Foto de Francisco MoralesAunque su menú es itinerante, este chef y poeta puede intuir qué es lo que su comensal necesita, y con ello ir a la cocina a crear algo espontáneo al plato. También sorprendente en esa velada fue el atún en salsa de teriyaki y el cuello de cordero con jengibre en cocción al vacío con doble horno, además del risotto de vegetales.

Otro sitio de encuentro para maravillarse es Marina Vallarta, donde se camina a un lado de yates y pequeños embarcaderos. Aquí hay un pequeño territorio italiano de nombre Portobello, donde Ricardo García Alba se encarga de la cocina. El día que conocí Portobello –durante el Wine Fest de Puerto Vallarta–, la cena empezó con un carpaccio de atún pensado para un Cuvee Blanc de la bodega de Vino de la Reyna. Si se está al lado del mar, la felicidad es infinita con un platillo como éste.

Después llegó la artesanía con un raviol salseando en bisque de langosta para un Campogran de Orvietto de la bodega florentina Antinori, y finalizar con una panna cotta distinta, a la cual se le integró chocolate y se armonizó con un Oporto Tawny de Ferrera, bocados justos para despedirse de un oasis tan rico como es Vallarta.

Una idea para el descanso y oportunidad de empezar de nuevo el año puede estar en Grand Velas Rivera Nayarit, y el masaje cora, una propuesta en que se integran elementos de esta etnia que vive en la sierra nayarita. Durante el masaje, de casi dos horas, el ojo de dios, el “instrumento para ver” (cha’anaka), se hace presente junto a una alarma tibetana de canto dulce, dos campanas metálicas unidas por un cordón en donde simultáneamente suena mientras Elia, la masajista, decía algunas palabras suaves en una pequeña habitación a media luz que olía a romero y menta.

Foto- Francisco MoralesDespués de esto, uno no quiere otra cosa, mucho menos playa y un sol de las dos de la tarde, insoportables después de una relajación como ésta con que uno se siente distinto y hasta con otra piel. Lo malo es regresar al mundo real después de esto; lo bueno es que se está cerca del mar, a donde uno puede recurrir las veces que sean necesarias para estar en paz. Es así como finalizó un breve viaje por Vallarta, en donde cada vez que se va se tiene algo nuevo por conocer o probar.

 

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