México ya no tiene más tierra para explotar. Pero algo se puede hacer: el acceso a la tecnología puede ser la semilla milagrosa.

 

Por Pierre-Marc René

 

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Rafael del Río Donoso “vive” en las nubes. Es el director general de Syngenta para Latinoamérica Norte, por lo que pasa buena parte de su tiempo tomando aviones para visitar a potenciales clientes en México, Centroamérica, el Caribe y países andinos. Debajo del brazo carga siempre con información sobre plaguicidas, fungicidas, y con los últimos avances tecnológicos para los agronegocios.

Este día, ya con un pie en un avión, observa ciertos avances en la región en pro de la seguridad alimentaria, a través de la incorporación de nuevas tecnologías para mejorar los rendimientos de las tierras, y así responder a las necesidades de la población. “Vemos que América Latina se está moviendo hacia incorporar mayor tecnología y promover la sustentabilidad”, sostiene.

México es una de sus plazas estratégicas, y aquí cuenta con un aliado: Javier Valdés, director general de Syngenta México, quien conoce las entrañas del campo y todos los días sale de casa pensando en las necesidades de los agricultores y en proveerles las herramientas para que sus cultivos sean cada vez más rentables (tarea nada, nada sencilla, toda vez que en México ya no hay más tierra donde cosechar. Los agricultores deben usar tecnología de punta para cosechar más en el mismo espacio, en un clima cada vez más inestable).

Ambos, por lo visto, albergan optimismo, aunque el entorno parece indicar lo contrario. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), para que un país tenga seguridad alimentaria debe producir al menos 75% de los productos que consume. En México, reconoce Javier Valdés, se produce 58% de los alimentos que los mexicanos consumen; es decir, el resto se importa de Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y de otros países latinoamericanos. “Actualmente, el promedio de producción de México anda por ahí de las tres toneladas por hectárea, cuando países como El Salvador andan en cuatro toneladas, Estados Unidos en ocho o nueve.”

El reto está en dotar al campo mexicano de la tecnología que le permita a los agricultores aumentar el rendimiento de sus cultivos. ¿Qué sería del sureste mexicano, por ejemplo, si la producción de maíz por hectárea, que hoy es de dos toneladas, pasara a seis u ocho?

Con la tecnología es posible aumentar de 20 a 40% el rendimiento de los cultivos, en zonas desérticas, como el norte de México, donde el clima puede llegar a 40 grados y las lluvias son inestables, o en tierras muy húmedas como en el sureste del país, donde la abundancia de agua favorece la creación de hongos que atacan la producción.

Rafael del Río y Javier Valdés sostienen que el campo mexicano —que requiere de una reforma profunda— tiene mecanismos para mejorar. “Hemos visto rendimientos de cuatro o cinco veces más, cuando tienes tecnología”, comenta Valdés.

Syngenta asegura que México podría ser autosuficiente en la producción de maíz, por citar un caso. “Ya no hay más tierra que incorporarle al área agrícola. De hecho, no sería sano. Tenemos que incrementar los rendimientos en la misma superficie”, complementa Del Río.

La apuesta está sobre el terreno. Por lo pronto, la Universidad Autónoma Chapingo contribuye para validar la aplicación de la tecnología, como aquella que pretende dotar a la tierra de las zonas tropicales de las defensas (fungicidas) para enfrentar alguna enfermedad, o bien, de la vacuna para que la semilla sea inmune a los insectos.

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Rafael del Río Donoso. (Foto: Gretta Hernández).

 

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