Cuando en un país no funcionan tantas y tantas nuevas leyes y disposiciones, vale la pena cuestionarnos si en realidad no es la cultura o el conjunto de hábitos arraigados lo que impide su funcionamiento; las nuevas reglas, incluso, no funcionan entre quienes las impulsan y aprueban.

 

 

La cultura es el conjunto de hábitos queun grupo define para su supervivencia productiva y armoniosa. Estos hábitos no siempre son conscientes, es decir, como miembros de ese grupo no estamos siempre al tanto de lo que hacemos y menos del porqué hacemos lo que hacemos. La cultura, por ende, contiene muchos hábitos o actos repetitivos inconscientes.

Cuando te cepillas los dientes, no reflexionas el proceso paso a paso; incluso, cocinar un platillo cotidiano o manejar hacia el trabajo son hábitos automáticos o inconscientes. Igual de inconsciente puede ser pasarte un semáforo en rojo, darte la vuelta donde no está permitido, ir a marchar en protesta por una nueva reforma, o bien, colocar en un puesto a un amigo o familiar en lugar de una persona que lo merezca.

Cuando en un país no funcionan tantas y tantas nuevas leyes y disposiciones, vale la pena cuestionarnos si en realidad no es la cultura o el conjunto de hábitos arraigados lo que impide su funcionamiento; las nuevas reglas, incluso, no funcionan entre quienes las impulsan y aprueban.

En abril de 2003 se aprobó la Ley del Servicio Profesional de Carrera en la Administración Pública Federal, que hoy sigue sin funcionar, ni siquiera de manera parcial. Uno de tantos buenos propósitos de esta ley era la selección, evaluación y ascenso de personal a partir de sus méritos; sin embargo, ésta es una disposición contraria a la cultura mexicana. Históricamente, en México es más importante una buena relación, la camaradería, darle por su lado al jefe, ser familiar o miembro de un partido para ser aprobado y crecer profesionalmente, más aún dentro del gobierno.

Así, el conjunto de hábitos ha hecho inviable una organización meritocrática, que en muchos otros países, como Finlandia o Chile, sí es posible.

Las disposiciones de tránsito en muchas grandes ciudades del país prohíben circular hablando o chateando por el celular, pero como no hay un hábito de respeto a la policía y sus reglas (ni ellos mismos respetan están disposiciones), éstas no se cumplen.

En estos casos la terapia recetada al paciente no ha sido capaz de cambiar los hábitos por los que el enfermo se enfermó, ni el doctor ha sido capaz de comunicar de manera clara y eficiente los beneficios para promover el cambio de hábitos, necesario para la viabilidad de una ley.

“Si nunca he sido evaluado en la escuela cuando era niño, ni en mis trabajos, ni ahora que soy maestro sindicalizado, cómo voy a estar preparado para ser evaluado hoy, según lo que establece la nueva ley educativa. Voy a reprobar. Por eso me resisto”, me dijo sin rubor un maestro del sur del país, al terminar una conferencia que ofrecí.

Una premisa fundamental a la hora de motivar el cambio es encontrar y comunicar eficientemente los beneficios y lograr que éstos ocurran rápido, para que se genere credibilidad; el ser humano no da un paso si no le encuentra un beneficio.

Es muy difícil cambiar hábitos dentro de una cultura, más cuando se pretenden cambiar en simultáneo decenas de hábitos sin que los miembros de la cultura perciban los beneficios. Algunos gobiernos han recurrido a la fuerza pública para obligar el cambio de hábitos, léase los dictadores o comunistas, mientras que otros han optado por comunicar eficientemente los beneficios del cambio, hacer que los ciudadanos los perciban rápido y permitan el cambio.

Recuerdo el proceso de sustracción de tres ceros al peso mexicano, un proceso bien comunicado en cuanto a sus beneficios que, ante muchas críticas, generó una rápida y positiva aceptación de un hábito (hablar en miles en lugar de hablar en unidades o decenas).

Los hábitos comienzan en casa y se siembran en nosotros desde que somos muy niños. La televisión, las revistas, los hospitales, las fábricas, las escuelas, las religiones y agrupaciones sociales y deportivas contribuyen en la construcción de hábitos en los miembros de una cultura; cada uno de estos entes tiene que revisar el contenido de sus mensajes y acciones promovidas para concluir si está ayudando a formar los hábitos necesarios que permitan que las reformas que se promueven sean aceptadas y apropiadas.

La reforma cultural comienza con estas entidades tan poderosas para construir hábitos, conscientes e inconscientes, pero éstas tendrán que tener los suficientes hábitos positivos para revisar su propia influencia en los hábitos de los ciudadanos; de lo contrario, nada cambiará.

 

 

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