Los mexicanos y mexicanas comemos pésimo, y es evidente que esto empeora. Los indicadores de salud nacional son alarmantes, no sólo en adultos sino, sobre todo, en niños.

Obesidad, diabetes, hipertensión y muchas otras condiciones que podrían ser disminuidas con una alimentación saludable, siguen en aumento. El sistema de salud público del país está al borde de la quiebra, y no ha terminado por quebrar porque ha aplicado una política ultra-restrictiva de medicamentos y tera­pias costosas, que la población necesita y demanda precisamente por sus malos hábitos alimenticios, y que al gobierno no le alcanza para pagarlos.

El gasto en salud que cada familia tiene que hacer ronda entre el 6 y el 10% de su ingreso mensual, y los seguros están más caros que nunca, a pesar de la gran compe­tencia que existe en el mercado.

Incluso con los nuevos impuestos a productos con alto contenido calórico y de azúcar, su consumo no ha disminuido. Aun con las leyes que obligan a las empresas a no anunciarse en la televisión en ciertos horarios, la ingesta de golosinas, bota­nas, bebidas refrescantes, productos que asemejan chocolates y dizque-jugos, sigue creciendo, puesto que las empresas son tan creativas que siempre encuentran formas nuevas de hacerle llegar el mensaje a su público objetivo.

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Aunque existen reglas para las escuelas en contra de la venta de productos que son nocivos para la salud si se consumen en exceso, como acostumbramos los mexi­canos(as) cuando los tenemos a la mano, éstas no se aplican a cabalidad.

Y, por si fuera poco, la promoción del deporte en todo el país está en los peores niveles de los últimos 50 años; cada vez existen menos espacios al aire libre para oxigenar nuestro cuerpo, las ciudades es­tán más contaminadas que nunca, vivimos más en la calle que en la casa y el estrés la­boral se ha vuelto una condición cotidiana en todos los rubros de la economía.

Por todo esto y mucho más, urge una política nacional de alimentación saludable y efectiva que involucre a todos los sectores de la sociedad y logre penetrar en las entrañas de la misma.

Hoy es mucho más fácil y barato acceder a comestibles perjudi­ciales que a alimentos saludables. El precio de muchos insumos natura­les realmente benéficos para el organismo es altísimo, tanto para la población como para las empresas que bus­can integrarlos en sus productos. Al final, muchas firmas deciden usar ingredientes baratos (que, a la larga, son muy perjudi­ciales para la salud) a fin de mantener sus márgenes de utilidades. El gobierno, que existe para corregir las deficiencias de la economía libre, no interviene, y debería de hacerlo, pues éste se ha convertido en un tema de urgencia nacional.

Se requiere promover la siembra de más productos con alto contenido de nutrientes y también los de tipo orgánico, y que éstos lleguen a la población y a la industria a precios más accesibles.

Se requiere de una fuerza mayor para aplicar las leyes que restringen los alimentos nocivos en las escuelas y cen­tros de trabajo, incluidos los procesos de fabricación de alimentos que, en ocasio­nes, son extremadamente dañinos.

Se requiere que la población esté mucho mejor educada en el tema de la alimentación saludable.

Se requiere de una decisión por parte de las autoridades para limitar los azú­cares en alimentos y bebidas.

Se requiere que los médicos tengan otra visión respecto a la alimentación saludable, pues muchos de ellos se van por la vía cómoda de recetar medicinas, en lugar de educar a sus pacientes sobre cómo alimentarse y evitar enfermedades.

Se requiere de una regulación más fuerte y con dientes para controlar los ingredien­tes, baratos pero dañinos, en alimentos destinados especialmente a niños.

Se requiere promover mucho, pero mucho más, el deporte.

Se requiere que los padres de familia realmente se involucren en un programa nacional de alimentación saludable.

Si no hacemos algo serio y fuerte a nivel nacional por promover la alimen­tación saludable, el sistema de salud nacional colapsará, como está colapsan­do la salud de millones de mexicanos y mexicanas todos los días.

Lo mismo seguirá sucediendo con la productividad nacional por los ausentis­mos y personas enfermas o que simplemente no rinden en su trabajo.

 

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