Que a nadie se le olvide y menos a esos “maestros”, que este año se dio el banderazo de salida al crecimiento más acelerado de la deuda y déficit públicos del país. 

 

Desde diciembre del año pasado, cuando Standard & Poor’s (S&P) subió la “calificación” crediticia de México a BBB+ desde BBB, el gobierno de la República comenzó a presumir que, gracias a las reformas estructurales y en particular a la energética, han mejorado las “posibilidades económicas” del país.

Así lo ha reiterado esta semana, una vez que ahora la calificadora Moody’s ha hecho lo propio al ascender nuestra nota soberana de Baa1 a A3.

Está en la lógica de cualquier gobernante magnificar cualquier aspecto positivo que le sea reconocido, y más, si se trata de un organismo o autoridad extranjeros. Esa es la normalidad política, lo mismo que minimizar o deslindarse de la culpa cuando se trata de buscar responsables ante cualquier error u omisión.

Por eso no debe sorprendernos el triunfalismo oficial.

De lo que debe de cuidarse la opinión pública, es de creer a ciegas lo que dice tal o cual empresa por más “reconocida” que esta sea, como las propias Moody’s, S&P y Fitch.

Y es que si lo expresáramos en términos escolares, esos “maestros” que hacen las evaluaciones serían profesores que reprobaron su examen de grado, no una sino varias veces.

Sí. Cómo olvidar por ejemplo que antes de que reventara la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos –detonante de la gran crisis global que vivimos, las calificadoras daban las notas más altas a activos respaldados en hipotecas, que en realidad no valían nada. Debían valer menos que basura, y sin embargo, les otorgaron el nivel máximo.

De manera que mal hace quien cree en las “calificadoras”, sea que suban o bajen tal o cual recomendación crediticia.

Cuando las bajan, por lo regular ya es muy tarde, y cuando las suben, como en el caso de México, muchas veces justifican sus acciones con base en criterios muy subjetivos, en meras expectativas.

S&P dijo en diciembre que la mejora en la nota de país se debía a su convicción de que los cambios aprobados a la Constitución “tienen el potencial de atraer inversiones significativas“.

Para Moody’s, no es muy diferente. Espera que las reformas “fortalezcan las potenciales perspectivas de crecimiento del país y los fundamentos fiscales”. Ambas por lo visto, creen en promesas.

Si volvemos al símil escolar, es como si esos reprobados maestros decidieran subir la calificación de un alumno, nada más porque les prometió que ahora sí cumplirá en los próximos años con sus tareas y que se pondrá a estudiar, a pesar de que ya empezó a portarse mal.

Ojalá que México rinda los frutos económicos de crecimiento que todos esperamos con los cambios legales. No obstante, que a nadie se le olvide y menos a esos “maestros”, que este año se dio el banderazo de salida al crecimiento más acelerado de la deuda y déficit públicos del país.

El presidente no resistió la presión de que su primer año haya sido tan decepcionante en materia económica. Sí, logró las reformas, pero como tardarán años en dar resultados que nos permitan medirlas, dio un manotazo en la mesa para echar mano de la deuda y el gasto gubernamentales para “estimular” el crecimiento.

Por la mente del Ejecutivo no pasa el volver a tener un año tan mediocre que roce la recesión como 2013, por lo que es un hecho que hará (gastará) lo que sea necesario para que eso no ocurra, y menos, en un contexto internacional que antes que mejorar, seguirá deteriorándose.

Se preguntará el lector. ¿Acaso al gobierno no le preocupa el pago de facturas en el futuro? No mucho, el sexenio se acaba en 2018.

Esas, son las realidades que las calificadoras extranjeras han decidido omitir de sus análisis por ahora, pero que nosotros, los que aquí vivimos, no podemos darnos el lujo de pasar por alto.

 

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