En el mundo se viene generando una corriente muy direccionada hacia el proteccionismo. Y no es precisamente la moderación del libre intercambio a través de un mercado administrado, no, es algo más que eso. Viene contaminado con una carga nacionalista muy politizada que intenta buscar nuevos cauces al desarrollo mundial, a la luz de las grandes deficiencias de la globalización.

Las simbologías son muchas, los hechos contundentes. Uno de ellos es el retraso en la aprobación de la Ronda de Doha y la incompetencia de la OMC para darle cauce y salida a tantos conflictos.

En este marco está México, que apostó a la apertura destruyendo los muros de protección, lo que hoy nos coloca en una situación muy vulnerable. Porque si bien México tiene acuerdos con 46 países a través de 11 tratados de libre comercio, según la Secretaría de Economía, en realidad lo único que funciona es la interdependencia con Norteamérica, que representa 84% de nuestro comercio (sólo Estados Unidos absorbe 81.3%). Visto desde otro ángulo, nuestra dependencia de Norteamérica es determinante y muestra una falla estructural interna de los sectores industrial, comercial y financiero que, bajo una inexistente política industrial, se vincularon con el mercado estadounidense.

¿Fue esto inconsciente o resultado de políticas económicas predeterminadas? Sobre esto puede especularse mucho. Sin embargo, los datos duros muestran que la exportación de México, a marzo de 2016 y con cifras de Banxico, tiene un contenido de importación de 77.6%. Lo más indicativo de esto es que de las importaciones procedentes de Estados Unidos, alrededor de 66% las hacen empresas estadounidenses con plantas en México, lo que crea una estructura de dependencia muy fuerte.

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Si a esto agregamos el factor social, como los contactos fronterizos y la migración, se crea una bomba que con cualquier detonador populista y hasta moralino, que no es lo mismo que moralista, detonará una crisis de magnitudes indeseables y peligrosas.

El mundo vive una regresión social con costos políticos muy altos; la lucha por el poder se ha visto cada vez más inmersa en extremismos que usan eventos terroristas para controlar grandes grupos de la población.

Ante este fenómeno mundial y la dependencia de México con Estados Unidos, un grave detonador es el riesgo que generan las elecciones en ese país. He aquí algunas líneas de acción por tratar de convertir el riesgo en oportunidad, pero claro, dentro de un periodo de sacrificios y problemas.

En el caso de que un presidente de Estados Unidos asuma una actitud negativa con nuestro país, el daño en el comercio retrasaría a México por lo menos 20 años.

El problema de los inmigrantes sería menor, frente al déficit comercial que tendríamos que afrontar mientras nivelamos nuestra balanza de pagos. No quiero imaginar el problema de escasez que se produciría, en un ambiente complejo y marcado por un nacionalismo agresivo alentado por políticos anarquistas que trataran de llevar agua a su molino.

Disminuiría el consumo, la inversión y las exportaciones; el PIB bajaría su crecimiento y habría problemas en la estabilidad financiera y presupuestal del país.

Ante esto, deberíamos actuar de manera urgente con una buena campaña de relaciones y promoción en Estados Unidos, a través de las mismas empresas estadounidenses que hoy tienen interés en México. Ellos deberían actuar como embajadores económicos en un proceso de cooperación entre sociedad, líderes sociales, empresariales y académicos, manteniendo una política industrial de sustitución de importaciones que nos llevara a estabilizar el mercado interno. Con la experiencia tecnológica adquirida, se deberán promover nuestras exportaciones a Centro y Sudamérica y, obviamente, a la Cuenca del Pacífico, sin olvidar la relación con Europa. Sería una gran campaña que podría tomar de tres a seis años para tornar la estructura de comercio de una dependencia tan grande hacia un porcentaje más equilibrado de 60-40.

México es activo participante en los foros internacionales. Por ello es necesario establecer una política de Estado de relaciones exteriores con un nuevo enfoque de largo plazo como actor real en América del Norte y mundial.

¿Qué harán ante este panorama los actores políticos?, ¿tendrán bien puesta la camiseta de México?, ¿mostrarán amor a la patria o ambición de sus intereses personales? Pronto lo sabremos.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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