Aunque parezca extraño, una de las posesiones más valiosas que tenemos los ciudadanos del siglo XXI son nuestros datos personales. Es decir, la información que se refiere a nuestro nombre, sexo, edad, nivel de ingresos, nivel de estudios, zona geográfica y más. Se trata de toda la información que nos hace ser quienes somos y que, cuando se une con el resto de la población, ayuda a entender de forma estadística la forma en la que la sociedad toma decisiones o tiene ciertos comportamientos.

Sin embargo, la vida digital amplió la cantidad de información personal de una manera sorprendente, puesto que aparte de los datos mencionados, ahora podemos conocer sobre gustos y aficiones personales, hábitos de navegación, personas con las que hablamos; todo ello sin contar los dispositivos que usamos, cómo los usamos y con qué frecuencia alternamos entre ellos.

Esa gran cantidad de datos, o big data como se le conoce en el mundo digital, tiene al menos dos aplicaciones. A nivel personal, las máquinas pueden leer nuestros gustos y aficiones y crear pautas publicitarias, es decir una serie de impactos publicitarios, de acuerdo a nuestras aficiones personales. Todo ello en tiempo real y sin la mediación de un humano.

Y a nivel grupal, sirve para entender comportamientos sociales o tendencias de información y que sirven cuando se toman decisiones con base en los gustos de la población. Un caso concreto es la serie House of Cards de Netflix, cuyo elenco se decidió con base en el análisis del uso de las plataformas. Se analizó la forma en la que los usuarios veían la serie, los días, los horarios y la forma en que ponían pausa, regresaban, cerraban la serie o continuaban viéndola para decidir el tiempo y el ritmo de cada episodio.

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Nuestro comportamiento digital está a la vista de todos y es muy valioso para empresas y gobiernos. Sin embargo, parece importarnos muy poco la información que compartimos y la forma en la que navegamos y utilizamos aplicaciones en el web, puesto que son las principales fuentes para obtener información sobre nosotros.

Cuando descargamos una aplicación que supuestamente es gratuita o bien, cuando aceptamos los contratos de confidencialidad, le damos acceso a todos nuestros datos y le otorgamos el permiso para que tome nuestros datos, nuestros contactos, revise nuestro comportamiento digital y lo venda al mejor postor. Un negocio que se ha vuelto muy lucrativo últimamente.

Pero no sólo eso, al estar constantemente conectados, la posibilidad de sufrir un ataque, de ser infectados con software malicioso, de llenarnos de publicidad no deseada o de ser hackeados aumenta considerablemente, sobre todo si nuestros dispositivos se encuentran conectados al Internet de las cosas (IoT), la funcionalidad que permite que nuestros gadgets se comuniquen entre sí e intercambien datos sobre su uso y sobre los usuarios.

Esto nos pone en riesgo, sobre todo cuando instalamos aplicaciones que supuestamente son gratuitas, pero que son de origen dudoso. Además, Hewllet Packard en un estudio recientemente publicado advirtió que de cada 10 dispositivos que se conectan a la IoT, 7 presenten fallas de seguridad.

Por ello, el INAI hace una serie de advertencias sobre el sincronizar nuestras redes sociales con aplicaciones que descargamos de Internet y que desconocemos su origen. Por ejemplo, nos invita a conocer las cláusulas de los contratos que nos dicen qué harán con los datos que se recaben; además de revisar en nuestras propias redes sociales qué permisos le estamos otorgando a las aplicaciones. Y si borramos alguna, asegurarnos que la hemos desconectado de nuestras redes sociales.

Para ello, también nos invita a navegar en sitios confiables y seguros, eludir las ventanas emergentes e incluso bloquearlas, además de descargar un antivirus de desarrolladores reconocidos.

Además, si nuestros dispositivos van a conectarse a una red inalámbrica o tienen la habilidad de conectarse al Internet de las cosas, debemos tener ciertas precauciones como tener una contraseña distinta para cada dispositivo, tener un nombre de usuario son revelar nuestro nombre verdadero o incluso, cubrir las cámaras de cualquier dispositivo cuando no se use.

Quizá no estemos muy conscientes de qué tan importantes son nuestros datos digitales, pero si queremos evitar riesgos que van desde la publicidad no deseada, hasta el robo, el secuestro de equipos o incluso el chantaje, debemos ser mucho más cuidadosos en donde navegamos y que información compartimos.

 

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