A menos de que se con­trole el crecimiento de la riqueza (por medio de impuestos), la concentración y la pola­rización crecerán sin límite.

 

 

El libro de Thomas Piketty,Capital in the Twenty-First Century (Harvard University Press) sobre la des­igualdad, ha creado un enorme revuelo por­que toca una fibra sensible en todo el mundo. Los excesos financieros, las extraordinarias valuaciones de las empresas tecnológicas y de Internet, y la apreciación del valor del trabajo intelectual por encima del manual, han creado una nueva realidad social que es la materia prima natural tanto de políticos responsables como de oportunistas.

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El argumento de Piketty es muy simple y muy relevante: comparando datos del censo y del fisco explica que el ingreso crece mucho más lentamente que la riqueza, lo que lleva inexorablemente a su concentración. Según Piketty, la tasa de retorno de las inversiones financieras es sistemáticamente superior a la tasa de crecimiento de la economía, tendencia incontenible. De su análisis estadístico hace una serie de extrapolaciones a partir de las cuales concluye que, a menos de que se con­trole el crecimiento de la riqueza (por medio de impuestos), la concentración y la pola­rización crecerán sin límite. Para Piketty, la solución reside en la incorporación de meca­nismos gubernamentales de control.

Las objeciones al argumento del estudioso francés no se han hecho esperar. Algunas son extraordinariamente técnicas; otras mera­mente superficiales. Algunos abrazan sus argumentos sin contemplación. He aquí algu­nos ejemplos:

Para Tyler Cowen la riqueza se deriva de la asunción de riesgo y no del hecho de que ésta exista; es decir, ésta no crece de manera natural, sino como resultado de decisiones que con frecuencia resultan erradas, lo que con­lleva inmensas pérdidas para sus dueños. Tyler argumenta que al inicio del siglo xix, David Ricardo afirmaba algo similar a Piketty sobre la propiedad de la tierra pero que, sin embargo, esta fuente de riqueza dejó de tener relevancia. Su conclusión es que los dos factores que han incidido en la creación de riqueza no son finan­cieros, sino que se derivan del cambio tecno­lógico y la globalización. La solución que Tyler propone reside en encontrar formas de agregar mayor valor en la economía —o sea, que crezca la riqueza de todos— pues ese sería el camino más efectivo para combatir la desigualdad.

Donald J. Boudreaux utiliza una metáfora para disputar a Piketty: “Paso unas seis horas a la semana haciendo pesas en el gimnasio. La modestia de mi esfuerzo garantiza que nunca lograré la musculatura de los jóvenes que pasan mucho más tiempo que yo haciendo ejercicio. Es decir, hay una gran desigualdad en mi musculatura, resultado de la forma en que he decidido qué hacer y qué no. En con­secuencia, no envidio a quienes dedican más tiempo a ese propósito ni tengo derecho a expropiar los frutos de su esfuerzo”.

Paul Krugman realiza un interesante aná­lisis en una publicación analítica (The New York Review of Books), a la vez que lanza una diatriba político-ideológica en su artículo de The New York Times. En la primera, estu­dia el fenómeno de la desigualdad a partir del empobrecimiento de las clases medias estadounidenses, sin abrazar el argumento fiscal de Piketty. En cambio, en su artículo periodístico acusa a los “apologistas de los oligarcas” de tapar el sol con un dedo. Lo que Krugman evidencia es que, efectivamente, hay un problema, sin llegar a sus causas.

¿Son similares las circunstancias en México? Nadie podría disputar el hecho de la desigualdad, pero su dinámica es radical­mente distinta. En Estados Unidos, la ley fiscal promueve la distribución de las grandes fortu­nas a través de fundaciones. Los dos hombres más ricos de ese país —Bill Gates y Warren Buffet— se dedican a repartir su dinero a cau­sas que consideran valiosas: o sea, al final de sus días, buena parte de su fortuna habrá des­aparecido o se habrá transformado en otra cosa, negando parte del argumento del autor. Por otra parte, el mercado estadounidense es infinitamente más dinámico que el mexicano y su apertura a la competencia con frecuencia implica que así como se hacen grandes fortu­nas, otras desaparecen: las pérdidas para miles de inversionistas en estos años han sido ingen­tes. Aunque en México hay algo de lo segundo, lo primero ciertamente es (casi) inexistente.

En México, es más probable que el gobierno recurra a quienes ya son ricos para que hagan negocios nuevos, a que cree las condiciones para que emerjan nuevos empresarios. El éxito de tantos mexicanos en Estados Unidos debería decirnos mucho: por qué allá sí y aquí no. Lo mismo, es cierto, de la incapacidad de nuestros gobernantes para enfrentar el problema educativo y crear condiciones para una verdadera igualdad de oportunidades. La desigualdad no es priva­tiva de México, pero aquí nos empeñamos en preservarla y hacerla permanente.

 

 

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