Afrontémoslo, si pedaleamos, sudamos, pero con los cuidados adecuados nuestra apariencia y nuestro olor no tienen por qué ser un problema.

 

No hay más remedio, tienes que acostumbrarte, el sudor es una parte inevitable del ciclista urbano. Eso no es necesariamente malo.

Algunos hombres que he invitado a convertirse al ciclismo urbano, me han contestado: “Es que sudo mucho”. Sí, yo también, ¿pero te bañas por la mañana, no?

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El asunto es no dejarte el sudor en el cuerpo, y no necesitas ducharte de nuevo. Para eso son las toallitas de bebé, retiran el exceso de agua –que es la que genera el mal olor cuando se seca– y te dejan limpio por el resto del día. Son prácticas, baratas y pequeñas, no ocupan tanto espacio para llevarlas en tu portafolios o maleta.

No es buena idea entrar sudoroso a una cita. Das muy mal aspecto. Es mejor llegar a una reunión de traje, perfumado y acicalado, quizá puedas conseguir un negocio.

Cuando te mueves en bici, por muy despacio que vayas, vas a sudar. Y si vas lejos, hay pendientes, ya se te hizo tarde, te gusta la velocidad o hace calor, vas a llegar empapado. Para eso pedalearás con ropa deportiva y llevarás en tu backpack la muda adecuada a tu cita.

Ahora bien, no siempre podrás o tendrás que cambiarte al llegar a tu destino. Hay distancias que no ameritan cargar una muda, pero tienes que aprender a estar húmedo. Por ejemplo, del centro a Polanco son apenas 5 km, pero a la 1 de la tarde el calor pega fuerte.

Era una comida no formal, pero era obligado pantalón de vestir y camisa con zapatos. Rodé no muy aprisa, sudé, pero no estaba empapado. Mi trayecto fue de 23 minutos. Además, llegué 10 minutos antes, y aproveché ese tiempo para pasar al baño del restaurante y secarme el sudor, orearme un poco y pasarme un papel húmedo por la cara y cabeza para refrescarme. Como no llevaba mochila no tenía las marcas de humedad del backpack en los hombros.

Al sentarme a la mesa, apenas sentía por la espalda y las axilas unas cuantas gotas de sudor que resbalaban, ligeras. Ahí estaban, siempre están. La camisa –por la espalda– no alcanzó a secarse en 10 minutos, pero no estaba empapada, yacía tan húmeda como cuando te bajas del automóvil, por más aire acondicionado que traigas.

Me senté a comer. No estaba incómodo ni acalorado, los 10 minutos sirvieron para apaciguar el calor del ejercicio.

Al poco rato llegó mi compañero, venía acalorado, sofocado y brilloso: cabeza sudada y camisa mojada. Él tomó Metrobús y taxi y corrió el último tramo para no llegar después de los 10 minutos de tolerancia. Ni así lo consiguió. Llegó 18 minutos después, eso sí, muy ajuareado con traje y corbata. Yo, de camisa, pantalón de vestir y zapatos. Mi acaloramiento no era percibido por las asistentes a la mesa. Comí con mi sudor de todos los días y ni ellas ni yo estuvimos incómodos en la tertulia.

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