En Mamma Mia!, la comedia musical basada en las canciones de ABBA, Shopia -interpretada por Amanda Seyfield- llega a un punto crítico en el que debe cuestionarse cuál es el nombre de ese juego que le produce tan importante desasosiego. What´s the name of the game?  Se encuentra desorientada ante los acontecimientos que le confunden en un momento crítico de su juventud. Desconoce a qué atenerse en un juego del que no solo no conoce su nombre sino tampoco sus reglas ni las exigencias para jugarlo. Mientras tanto, su madre, Donna –interpretada magistralmente (cómo no) por Meryl Streep- saca sus propias conclusiones ante los mismos acontecimientos, aunque ella, a diferencia de Shopia, lo afronta desde la madurez y la experiencia: “The winner takes it all, the loser has to fall” (El ganador se lo lleva todo, el perdedor tiene que caer), incluso jugando de acuerdo con las reglas.

En el mundo de los negocios siempre ha sido importante conocer las reglas del juego y dotarse de las capacidades necesarias, preferiblemente superiores y diferenciales, para jugar el partido con garantías de éxito. Las reglas (marcadas generalmente por los mejores jugadores de la competición, aunque muy a menudo con la injerencia de autoridades y reguladores), junto con los efectos de ciclos económicos, políticos y sociales, han venido determinando cambios más o menos rápidos y profundos en el terreno de juego. Así, la capacidad de adaptación a los cambios se ha considerado un paradigma generalmente aceptado en las teorías y doctrinas del management, con o sin un copyright reconocido a Darwin y su selección natural de las especies.

En el ámbito de las empresas familiares, aun reconociendo su aportación indudable a la creación de riqueza y empleo, de progreso y bienestar, tradicionalmente se les ha atribuido -especialmente por los estudiosos del tema- una miopía y torpeza indudable al afrontar los cambios exigidos por el juego, bien por insuficiente “profesionalización” del equipo, bien por una incorrecta elección de entrenador y jugadores cuando las circunstancias, tanto objetivas como emocionales, así lo exigían (liderazgo, cohesión, sucesión, crisis, etc.). La consecuencia para aquellos que no tomasen cartas en el asunto era una “muerte” cierta, aunque no necesariamente súbita. Simplemente, una cuestión de tiempo.

Hoy en día, creo que estamos ampliamente de acuerdo en que en el mundo en el que vivimos se siguen produciendo cambios (cómo no), pero éstos son menos previsibles, más profundos y, especialmente, se producen a un ritmo mucho más rápido. Hablamos de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad. Paradójicamente, es ahora cuando hemos puesto de moda un acrónimo inglés (VUCA) que se remonta al fin de la guerra fría en el pasado siglo. Y, al mismo tiempo, apelamos reiteradamente a una socorrida Ley de Moore cuya interpretación y vigencia se ha generalizado más allá de los transistores y microprocesadores para los que fue formulada en 1965.

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Dónde antes hablábamos de progresión aritmética, ahora convivimos con la progresión geométrica. Frente a la idea del cambio, ahora hablamos de transformaciones. En última instancia, llegamos a asimilar la enorme probabilidad de ocurrencia y el tremendo impacto que concita la combinación de enormes fuerzas o mega-tendencias, principalmente tecnología, globalización y diversidad en sentido amplio, que finalmente devienen en eso que llamamos “disrupción”.

Por disrupción entendemos cambios profundos del status quo, más allá de las meras reglas del juego. Se trata de toda una revolución del juego en sí. No se trata de un partido diferente, es un juego diferente, o muchos juegos diferentes en los que hay que participar simultáneamente. Un “the winner takes it all, the loser has to fall”, pero ahora sin concesiones, ni límites, ni árbitros que sean capaces de anticipar las nuevas reglas. Y con muy poca capacidad de reacción para tomar las decisiones adecuadas y llevarlas a la práctica con agilidad, rapidez y acierto.

El reciente informe de Deloitte “Next generation family businessess – leading a family business in a disruptive environment”, de mayo de 2017, señala con acierto que cuando los cambios radicales y la disrupción emergen, las empresas familiares se enfrentan a diferentes desafíos en comparación a sus competidores no familiares, lo cual no quiere decir que no puedan sacar ventaja de sus fortalezas a partir de construir sobre esos pilares que las distinguen unas nuevas o reforzadas ventajas competitivas. Las empresas familiares, de hecho, se benefician de su independencia y libertad de acción para reaccionar rápidamente a cambios en el campo de juego, y esto, como ya he dicho, constituye un valiosísimo activo en tiempos de disrupción.

Buenas noticias, pues, para las familias empresarias: el axioma “irrefutable” que quiere justificar que las empresas familiares acaban muriendo sí o sí, no sólo no está soportado por la evidencia empírica histórica, sino que tampoco parece tener eco en los ejercicios de prospectiva actuales. Ahora bien, para competir y celebrar el éxito, sea el que sea el nombre del juego que decidamos jugar, hoy se requiere más que nunca preparación, planificación, liderazgo, gobernanza, financiación y recursos que emanen de un propósito, una visión y una cultura que abarquen y coaliguen positivamente a la familia propietaria entre sí y ésta con la empresa. A este respecto, recomiendo leer “The ´missing middle´: Bridging the strategy gap in family firms”, título de la encuesta de empresa familiar 2016 de PwC

Al igual que en Mamma Mía!, no hay problema familiar ni reto que se resista si toda la pasión y el sentido común se dan cita, con amor y generosidad, en ese juego retador pero compartido cuyas reglas son por todos aprendidas y respetadas, en la diversidad, sean de la generación que sean. Y, en el camino, disfrutar de la banda sonora que nos conduce a celebrar el tan deseado final feliz.

 

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