La vida de Whitney Houston, la diva de la música soul que alcanzó la fama mundial gracias a la cinta El guardaespaldas (The Bodyguard, 1992), estuvo llena de escándalo, éxito y tragedia, incluso su muerte se prestó para llenar miles de páginas en diarios amarillistas, enfocados en sus problemas y no en el talento vocal de la cantante. Un documental que revisara su turbulenta existencia era cuestión de tiempo.

El encargado de llevarlo a la pantalla es Kevin Macdonald (Marley, My Enemy’s Enemy), un viejo lobo de mar cuando de documentales se trata y que ha encontrado más notoriedad en estos que en sus películas de ficción. La cinta de Macdonald no rompe la estructura de este tipo de relatos, el director inicia con los años anteriores al nacimiento de Whitney (durante los disturbios en los barrios negros de Newark) y la carrera como cantante de su madre, Cissy Houston, quien se desenvolvió principalmente como corista para las grandes voces de su tiempo.

Con ese sutil inicio de las acciones, Macdonald nos muestra pronto los dos caminos sobre los que se desarrolló la carrera de Whitney Houston: por un lado figura y heredera de un legado importante dentro de la cultura afroamericana; en el otro, como pilar de la cultura pop y su espectáculo. El rango vocal de Whitney le permitía acercarse por igual a ambos mundos.

Para el cineasta, la historia de la cantante es, precisamente por lo mencionado arriba, un relato de oportunidades desperdiciadas, de manera trágicamente similar a otra cantante más reciente de vida similar, Any (2015). Teniendo un lugar único dentro de la cultura o la oportunidad de hacer su legado insuperable, su entorno no permitió lograrlo. Macdonald usa cientos de horas de material de archivo y entrevistas con los familiares, conocidos y amigos de Houston para reforzar su punto. Todos estuvieron ahí, pudieron hacer algo y optaron por no interferir o ignoraron sus súplicas de ayuda en temas de todo tipo (sus preferencias sexuales, un posible abuso sexual de parte de una prima cuando era niña).

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Una de las decisiones formales más acertadas del documentalista tiene que ver en cómo usa los supers (los letreros que nos informan qué hace quién) de las personas que aparecen a cuadro. Estos cambian conforme avanzamos en la cronología de la vida de la estrella para reflejar ese círculo cerrado al que pocos tenían acceso y del que la mayoría se beneficiaba financieramente. Hermanos pasan a ser supervisores de seguridad, cuñadas a encargadas de vestuario y padres a representantes plenipotenciarios, es un guiñó pequeño, sutil, pero muy significativo dentro de la historia que se cuenta.

Quizás uno de los momentos más duros sea ése en que Macdoland cuestiona frontalmente a Bobby Brown, marido y eterno conflictivo amante de la intérprete, sobre su papel en la adicción a las drogas de ésta, conocido de manera amplia por el público gracias a las revistas de chismes. Brown duda y, sin embargo, mira directamente a la cámara para negar que hayan sido las drogas las culpables. “No quiero hablar de eso, las drogas no la mataron”, tal vez tenga razón, Fue la inacción quién mató a Whitney Houston.

 

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