Por Dolia Estévez

Washington, D.C. El presidente electo Donald Trump pronun­ció una gran cantidad de dis­cursos negativos en su marcha hacia la Casa Blanca. Y aunque repartió fobias a diestra y siniestra, buena parte de sus ataques los centró en el libre comercio en general y en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en particular. Ahora falta esperar si cumplirá sus palabras en los primeros 100 días de su mandato.

A fines de noviembre del año pasado, con el interés de cumplir sus amenazas de renegociación o retiro del TLCAN, Trump escogió para secretario de Comercio al empre­sario multimillonario Wilbur Ross, personaje afín a su filosofía de que los tratados “negociados pobremen­te” generan desempleo y déficits comerciales. De ser ratificado por el Senado, Ross se perfila como probable estratega y figura central del proceso de renegociación con México y Canadá.

“Wilbur Ross es uno de los más grandes negocia­dores que he conocido, y lo digo yo, el autor de The Art of the Deal (El arte de la negociación)”, dijo Trump al anunciar el nombramiento, el 30 de noviembre de 2016. Conocido como el “rey de las bancarrotas”, por su política de comprar empresas en quiebra con el potencial de generar ganancias, Ross, de 79 años de edad y con una fortuna personal que Forbes estima en 2,500 millones de dólares (mdd), es coautor de un documento de 31 páginas elaborado para la campaña de Trump. En él propone renegociar el TLCAN para eliminar el Impuesto al Valor Agre­gado (IVA) en productos estadou­nidenses que, según dice, reduce la competitividad de las manufactu­ras de ese país.

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El documento argumenta que los países de la Organización Mun­dial de Comercio (OMC), México incluido, reembolsan el IVA de sus productos de exportación, pero luego gravan los productos importados de Estados Unidos que carecen de IVA. Para efectos prácticos, sostiene, México impone con el IVA una barrera comercial a las firmas estadounidenses, pues este impuesto no lo cobra Estados Unidos a las empresas mexica­nas. El efecto neto, señala, es una invitación para que las empresas estadounidenses se reubiquen en el país vecino.

“Como muchos países, México ha explotado hábilmente la tarifa secreta que constituye el IVA para promover su ventaja competitiva”, escribió Ross en el documento, el cual elaboró con Peter Navarro, catedrático de la Universidad de California-Irvine.

Ross señala que, si bien el IVA existía antes de que entrara en vigor el TLCAN en 1994, el gobierno de México lo subió en 50%, es decir, de 10% a 15%, poco después. “El nuevo aumento del IVA al 16% desalentó las exportaciones estadounidenses a México e incentivó a los produc­tores estadounidenses a mudarse a ese país. Asimismo, contribuyó a que el déficit comercial con México aumentara de casi cero, en 1993, a alrededor 60,000 mdd, ahora”, escribió Ross.

Es cierto que México tiene un IVA del 16% que las empresas estadounidenses deben pagar, y que las nacionales no están sujetas a ningún impuesto similar en Esta­dos Unidos.

Sin embargo, estas últimas también pagan IVA en México, por lo que difícilmente constituye una barrera comercial o tarifa. Para algunos analistas, exentar a las em­presas estadounidenses del IVA en México sería equivalente a obligar a México a pagar por el muro fron­terizo entre los dos países.

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En el escrito, Ross dice que Trump está convencido de que la “única forma” de “corregir este tra­to impositivo injusto” es haciendo uso del poderío de Estados Unidos como el consumidor e importador más grande del mundo para presio­nar a los países.

Según Ross, los factores de la política comercial que dieron lugar a este “problema estructural” son los siguientes: 1) manipulación del tipo de cambio; 2) uso indiscrimina­do de prácticas mercantilistas por parte de socios comerciales clave, y 3) tratados comerciales “pobre­mente negociados” que garantizan que las ganancias que prometen los textos de teoría económica no se compartan equitativamente con Estados Unidos.

Mientras que China y Corea del Sur son blanco de los dos primeros puntos, México lo es del tercero. Al respecto, Ross dice que, a partir de 1993, si no antes, Estados Unidos pactó una serie de acuerdos comer­ciales “negociados pobremente”.

El escrito, fechado en septiem­bre, achaca a Hillary Clinton, a quien Trump derrotó en las eleccio­nes de noviembre, haber “negocia­do directamente” el TLCAN, uno de los “tratados más recientes y dañinos”. “La primera dama Hillary Clinton abogó por el TLCAN y Bill Clinton lo firmó en 1993, con la promesa de que crearía 20,000 empleos nuevos en dos años. A la fecha, Estados Unido ha perdi­do 850,000 empleos y su déficit comercial con México se disparó”, dice Ross.

Es difícil saber si Ross culpa a Clinton por ignorancia u oportu­nismo político, pero lo cierto es que el TLCAN fue negociado por el presidente republicano Geor­ge H. W. Bush a principios de los 1990. Los líderes de los tres países lo firmaron en diciembre de 1992 (no en 1993). Con la derrota de Bush padre, le tocó a Bill Clinton impulsar el proceso de ratificación del TLCAN en el Congreso, lo que logró en 1993.

Ross dice que Trump está comprometido a renegociar los “tratados comerciales injustos” y a combatir el “intercambio comercial tramposo”.

Si bien el objetivo central de Trump es disminuir el déficit comercial que ha contribuido al rezago económico, precisa, sus reformas comerciales tendrán el efecto colateral de desalentar la mudanza de plantas productivas estadounidenses.

El documento menciona nega­tivamente a México 10 veces. Lo acusa de facilitar el traslado de las automotrices General Motors y Ford de Michigan y Ohio a México, y de estar entre los seis países con déficits comerciales más altos con Estados Unidos. Los otros son Canadá, China, Alemania, Japón y Corea del Sur.

¿Moneda de cambio?

Durante la campaña, Trump re­pitió los conceptos desarrollados por Ross. “Cuando vendemos en México, hay un impuesto… Cuando ellos nos venden a nosotros, no hay impuesto. Es un acuerdo defectuo­so”, dijo Trump en un debate en septiembre, el mismo mes que Ross le entregó el escrito.

“Nuestro déficit comercial con México subió de cero, en 1993, a casi 60,000 mdd,” denunció en un discurso en Detroit. “Antes de que el TLCAN entrara en vigor, había 285,000 empleos automotrices. Hoy, sólo quedan 160,000. Esto es un golpe al corazón de Michigan, y a nuestro país en general…”, manifes­tó en la otrora capital de la industria automotriz.

Con base en el documento de Ross, Trump desarrolló un plan de siete puntos para “Reconstruir la economía estadounidense luchando contra el libre comercio”, en el que propone medidas proteccionistas contra países que manipulan su tipo de cambio, imponer aranceles contra países que “estafan” con subsidios a sus productos de ex­portación, y renegociar el TLCAN. “Si no logramos un mejor tratado, nos vamos a retirar del TLCAN,” ha amenazado insistentemente.

El Artículo 225 del TLCAN per­mite el retiro unilateral del conve­nio, siempre y cuando el presidente del país interesado avise sobre sus intenciones. La salida, que no requiere aprobación legislativa, se consumaría seis meses después de la notificación.

Algunos analistas ven el amago del retiro como moneda de cambio. “El verdadero peso que tiene Estados Unidos para hacer que México acepte renegociar y ofrezca garantías de que protegerá los empleos estadounidenses es ame­nazar con presentar o, de hecho, presentar, su aviso de salida,” dice Richard Walawender, especialista en Comercio, del despacho jurídico Miller Canfield.

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Bajo el plan de siete puntos de Donald Trump, el secretario de Comercio identificaría todas las violaciones a los acuerdos comerciales en las que hayan incurrido los países, mientras que el representante comercial de la Casa Blanca entablaría demandas jurídicas contra China en Estados Unidos y ante la OMC.

Trump nombró, el 3 de enero, a Robert Lighthizer, como represen­tante comercial. Se trata de un ex funcionario del gobierno de Reagan, socio de la poderosa firma de abo­gados Saken Arps y se especializa en litigios comerciales. Es un severo crítico de China. Sin embargo, no se espera que él sea la voz dominante en las negociaciones comerciales. El equipo de Trump ha dicho que ese papel lo cumplirá Ross.

Si bien el representante comer­cial es el encargado de las nego­ciaciones comerciales, como fue el caso de Carla Hills con el TLCAN, dado que Trump busca una renego­ciación tanto técnica como política, hay indicios de que esa tarea recae­rá en Ross.

“Si la ‘renegociación’ del TL­CAN termina siendo una serie de acuerdos paralelos y no cambios al texto, mayor será la posibilidad de que Ross sea el protagonista”, dice a Forbes Christopher Wilson, experto en Comercio, del Centro Woodrow Wilson.

Sea como fuere, opinó Wilson, debido a su cercanía con Trump, “es de esperarse que Ross juegue un papel estelar en el desarrollo de la estrategia negociadora”.

El mes pasado, Trump nombró a Peter Navarro como director del Consejo Nacional sobre Comer­cio de la Casa Blanca, una nueva oficina encargada de asesorar a Trump en materia comercial y de desarrollo industrial. Navarro es coautor con Ross del ya comentado estudio sobre comercio. Es egresa­do de Harvard y catedrático en la Universidad de California.

Lo que es seguro es que Ross, Na­varro y Lighthizer formen el equipo que enfrentará a México en la mesa de renegociación del TLCAN.

 

De Ross Perot a Wilbur Ross

Si bien las huellas de Ross están impresas en la retórica anti-TLCAN de Trump, no fue éste quien le ven­dió la idea. La obsesión de Trump contra el TLCAN data de mucho antes. En 1999, en un discurso ante el Partido de la Reforma (al que se unió cuando contempló la idea de buscar la presidencia en las eleccio­nes de 2000), Trump fue ovaciona­do cuando criticó el TLCAN.

El Partido de la Reforma fue fundado en 1995 por Ross Perot, el multimillonario texano que ganó sorpresivamente cerca del 20% del voto popular cuando contendió como candidato independiente, con una plataforma contra el TLCAN, en las elecciones presidenciales de 1992. En 1999, Trump elogió su candidatura.

Aun cuando Wilbur Ross ha declinado revelar cuáles serán los puntos centrales de la renegociación con México, pretextando que no ne­gociará en los medios, los analistas mencionan varios temas.

Para el abogado Walawender, el principal sería la “paridad salarial”. Explica: “Si la Administración Trump verdaderamente quiere pro­teger empleos estadounidenses, la propuesta más seria que podría ha­cer sería pedir que México imponga paridad salarial o un salario mínimo para los trabajadores que producen bienes de exportación libres de impuestos a Estados Unidos.”

Walawender sostiene que impo­ner aranceles más altos o negociar acuerdos paralelos sobre reglas de origen no protege empleos estadou­nidenses. “Las empresas de Estados Unidos simplemente podrían mudarse a otro país que no fuera México.”

Algunos analistas opinan que también se puede elevar el costo de producción a las empresas estadou­nidenses que operan en México, negociando salvaguardas ambien­tales y laborales más fuertes. Otros “asuntos menores” que podrían abordarse, prevé Walawender, serían derechos anti-dumping y cuotas compensatorias.

Paralelamente, Trump ame­naza con castigar a las empresas de Estados Unidos que trasladen sus plantas productivas a México, imponiéndoles un arancel del 35%. Sin embargo, según el abogado Walawender, las sanciones mone­tarias o de otra índole casi siempre requieren aprobación del poder legislativo.

De optar Estados Unidos por salirse del TLCAN, escenario que la disposición manifestada por Méxi­co y Canadá a renegociar ha vuelto menos probable, el rompimiento unilateral no sería inminente, debido al plazo de seis meses. Y aun cuando Trump optara por esa vía, la legislación estadounidense estable­ce que los niveles arancelarios de­berán permanecer vigentes por un año tras la terminación de cualquier pacto comercial. En otras palabras, el peor escenario, de darse, no se consumaría de inmediato.

La ratificación legislativa del nombramiento de Wilbur Ross también podría retrasar el proceso. Para evitar conflicto de interés, la legislación estadounidense requiere que los miembros del gabinete li­quiden sus inversiones personales y renuncien a sus puestos en el sector privado antes de ser ratificados. En los casos de personas acauda­ladas, como Ross, el trámite de desinversión bien podría ser largo y complicado.

 

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