La nueva cinta de la franquicia mutante es un buen reinicio, un borrón y cuenta nueva para una saga que pedía a gritos una refrescante bocanada de aire.

 

A pesar de un par de exitazos atribuidos a Tim Burton y la figura de Batman en los noventa y, más atrás, un par de películas protagonizadas por Superman en los setenta y ochenta con Christopher Reeve como el extraterrestre de las mallas azules –hagamos de cuenta que Superman IV: The Quest for Peace nunca existió–, se considerada a X-Men (2000) como la culpable del boom de adaptaciones de comics al cine de la última década y es fácil saber por qué: Bryan Singer, el director, logró conjuntar un sólido reparto –que más de diez años después sigue siendo efectivo– con un guión inteligente y que no caía en el fan service, para entregar un producto altamente entretenido, disfrutable para niños y grandes.

Singer repetiría el truco –subiendo la calidad, me atrevería a afirmar– en X-Men 2 (2003) para después intentar revivir la franquicia del último hijo de Kriptón en la anodina Superman regresa (Superman Returns, 2006). De esta manera, los mutantes y el realizador iniciaron una cadena de tumbos/fracasos sin volver a encontrar el éxito. Basta recordar X-Men Origenes: Wolverine (X-Men Origins: Wolverine, 2009) o Jack el caza gigantes (Jack the Giant Slayer, 2013).

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X-Men: Días del futuro pasado (X-Men: Days of Future Past, 2014) marca su feliz reencuentro.

En un futuro dominado por unos brutales centinelas, un pequeño grupo de mutantes intenta sobrevivir a la extinción. Su última esperanza es enviar a uno de ellos al pasado –al menos su conciencia– con la intención de cambiar los hechos que moldearon el futuro. Wolverine/Logan (Hugh Jackman) es el elegido para el viaje.

Tomando uno de los arcos narrativos más populares del cómic, Singer ensambla una historia que se nutre visual y temáticamente del trabajo de James Cameron, sobre todo de Aliens (1986) y Terminator 2: el día del juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), para las escenas apocalípticas y de una contrastante juguetona vibra setentera al regresar al pasado. Ambas líneas de acción se mezclan para lograr un atractivo producto pop.

Una de las grandes virtudes de la dirección de Singer es su buen tino cómico que ayuda a imprimir ritmo entre las grandes piezas de acción. Ahí donde las dos primeras X-Men tenían como protagonistas a un par de arquetipos –buenos y malos sin mezclarse–, para Días del futuro pasado se nos ofrecen más pistas sobre el verdadero conflicto –con tintes de triángulo amoroso– entre Charles/Profesor X (James McAvoy), Erik/Magneto (Michael Fassbender) y Raven/Mystique (Jennifer Lawrence).

Cada uno viene a representar un lado de su lucha, una visión justificable de la guerra. Por ejemplo, Fassbender con la perilla del sex appeal en el número 11 viene a ser una mezcla del Che Guevara y Malcom X. Logrando de esta manera imprimir cierto trasfondo a la cinta –ligero, sí, pero trasfondo al fin y al cabo– que no se siente forzado como el de X-Men: primera generación (X-Men: First Class, 2011) con su retrato de la Guerra Fría.

Como todo blockbuster de estas dimensiones, la nueva entrega de X-Men no está exenta de problemas. Hay tal profusión de personajes que la mayoría termina por ser un simple elemento narrativo, a excepción del Quicksilver de Evan Peters, dueño de una inspirada escena en el Pentágono y en contraste con el pornstach ambulante de Peter Dinklage, reducido a metáfora sobre lo empequeñecedor del miedo humano a los mutantes. Dah. Ni hablar de los huecos en la trama, cavados con la intención de ser llenados en próximas aventuras… si bien nos va.

A pesar de eso, X-Men: Días del futuro pasado viene a ser un buen reinicio para una franquicia que pedía a gritos una refrescante bocanada de aire. Un escobazo que borra los errores creativos de X3: La batalla final (X-Men: The Last Stand, 2006) y limpia el camino para el futuro.

 

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