Trump se va a convertir en presidente de Estados Unidos el 20 de enero de 2017… y lo será por, al menos, cua­tro años; ocho, si gana la reelección. Por eso, llevar a cabo las propuestas con las que ganó implicará un gran impacto, sobre todo negativo, para nuestro país.

México, y sus gobernantes, al no haber tomado en serio la posibilidad de que el republicano ganara, no se prepararon con estrategias claras para enfrentar las consecuencias. De hecho, aun cuando lo hayan invitado a nuestro territorio, no previeron nada para contrarrestar el potencial efecto de sus decisiones ejecutivas.

Al actual gobierno federal le que­da poco: dos años. Si contemplamos que las acciones del nuevo gobierno de Estados Unidos comenzarán a mostrar el grueso de su impacto en uno o dos años, será al próximo presidente de México a quien le to­cará lidiar verdaderamente con este enorme paquete. Seamos realistas: esta administración comenzará a despedirse muy pronto, si no es que ya lo está haciendo, y está tan desgastada que, seguramente, poco podrá hacer.

Por ello, desde hoy vislumbro que México necesitará elegir al candidato más preparado y capaz de toda su historia como su próximo presidente. En estas elecciones no habrá cabida para demagogias, para populismos, para falsas promesas y mentiras, para manipulaciones y estrategias mercadológicas que posicionen a personas poco capaces como si fueran grandes estadistas.

Si una parte del pueblo estadou­nidense actuó un tanto inconscien­temente a la hora de emitir su voto, sin contemplar las grandes impli­caciones de su decisión, al pueblo mexicano le corresponde tomar su mejor decisión de la historia al elegir al Ejecutivo, quien habrá de verse cara a cara con Trump para negociar bajo un marco de ganar-ganar.

El entorno político en México está muy turbio, y no visualizo hoy a alguien con estas características y capaci­dades que haya levantado la mano. Tampoco veo partidos en un estado capaz de elegir a la persona más idónea como su candidato. Segu­ramente será, como siempre, una decisión política y no racionalizada­mente profesional. Además, desde la trinchera independiente aún no se percibe a nadie con la fuerza, tanto profesional como popular.

Creo, con toda honestidad y frialdad, que el pueblo mexicano, los organismos y asociaciones civiles, los empresarios, y hasta los parti­dos, tienen que comenzar a buscar un candidato con base en reglas totalmente diferentes y pensando en el bienestar de este país en tiempos extremadamente difíciles.

México tiene que salir en busca de aspirantes distintos y agresi­vos, pero desde lo positivo. Re­querimos de alguien con amplios conocimiento de política exterior, con muchas capacidades de nego­ciación, con fuerza personal y que encarne grandes valores humanos, pero también que pueda generar coaliciones de grupos a lo largo y ancho del país.

Deberá ser una persona que cuente con propuestas profunda­mente inteligentes para lidiar con los millones de repatriados que regresarán, y con la caída de remesas, la creciente pobre­za, la excesiva dependencia de exportaciones a Estados Unidos, la inminente rene­gociación del Tratado de Li­bre Comercio, los problemas rampantes en el sistema de salud, la terrible situación de la educación, la escalofriante corrupción, y la permanen­te tensión que se vivirá en la frontera, desde las perspectivas comercial, política, social y, Dios nos libre, militar. En pocas palabras, necesitaremos, por fin, un verdadero presidente.

Los mexicanos y mexicanas estaremos a prueba en las elec­ciones que vienen; si cometemos un error, estaremos condenados a un profundo desequilibrio en la relación con el socio y vecino más importante, lo cual podría acarrear consecuencias catastróficas que nos reclamarán nuestros hijos y nietos de por vida. Es hora de que emerjan de sus trincheras los grandes héroes, porque la situación del país, y del planeta, demanda que ya se alisten súper-candidatos.

 

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