Por fin se dio el cambio de gobierno, ciertamente no hubo sorpresas en la toma de posesión, no se dijo nada que no se haya dicho antes, pero se definió un nuevo estilo de gobernar que muestra claros y oscuros. Para algunos deja suspicacias, para otros abre una nueva vía de esperanza.

El discurso del sábado fue el último de campaña y el primero como presidente constitucional, un discurso de golpeteo que se permite sólo una vez en la vida de un presidente que sirve para deslindarse de los problemas que heredó de la administración anterior. Estuvo enfocado básicamente en culpar al neoliberalismo y a los conservadores (que pareciera que ambas partes van en vía distintas, pero ese ha sido el argumento de AMLO) de todos los males del país. Un discurso de entrega: “ya soy un activo y pasivo de la historia de México”, y un discurso de promesas: “denme tiempo, cambiaré todo y seremos muy felices”; aceptando algunos problemas y evadiendo otros. Después de este momento, se hace dueño de los problemas nacionales y se cargan a su cuenta.

Tuve la oportunidad de estar en el Zócalo el sábado, mucha gente asistió de muchas partes de la República, se notaba en ellos mucha esperanza de cambio. Espero que ese ímpetu y esas ganas verdaderamente provoquen que la gente haga las cosas de manera correcta, deje atrás la mentalidad de que el gobierno nos debe de dar todo y que la fuerza del país está en cada uno de nosotros, en nuestros comportamientos. La corrupción tiene su origen en pensar que el gobierno va a solucionar todos los problemas y que siempre vamos a depender de esa idea.

Del 30 de noviembre a hoy no ha cambiado nada, sólo el gobierno. Los poco más de 120 millones de mexicanos seguimos igual, con nuestras mismas responsabilidades, actitudes y problemas, ojalá todo fuera como el meme que dice que ya se acabó la corrupción y que ya no hay problemas, asesinatos, delincuentes, ni nada de eso. El gobierno deberá de hacer su trabajo y le debemos de dar la oportunidad, pero los realmente que debemos de cambiar somos nosotros.

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El presidente empieza a hacer su trabajo y la realidad lo alcanza, siguen los asesinatos, los problemas económicos y se ve obligado a aplazar la decisión del aeropuerto por un tiempo determinado para evitar demandas penales, y al principio del día, al principio del nuevo gobierno nada cambia.

Vuelven las conferencias de prensa matutinas, repitiendo el mismo esquema que instauró cuando fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal, hoy Ciudad de México. En mi opinión, conforme pase el tiempo no las va a poder mantener, ya que no es lo mismo imponer agenda para el país desde la jefatura de gobierno, en donde en su momento le funcionó para cumplir con su objetivo de llegar a la presidencia, que informar diariamente al país que las cosas no avanzan tan rápido. Con el tiempo puede cambiar de esquema por no ser tan eficiente el actual y generar más problemas que soluciones.

El riesgo más grande que se tiene en este sexenio es justamente lo que hizo que toda esa gente llenara el sábado el Zócalo: no cumplir con la esperanza de cambiar las cosas. Gobernar un país no es lo mismo que gobernar una ciudad, los problemas son gigantes, las presiones son monumentales y no es lo mismo atender los problemas de 20 millones de ciudadanos, que los de 120 millones de personas de diferentes regiones y en un contexto global.

Generar confianza será primordial, pero con conferencias de prensa diarias puede ser muy complejo lograrlo, la comunicación también implica guardar silencios para que la gente entienda lo que está pasando.

 

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