Hoy, la productividad no tiene nada que ver con el esfuerzo físico, sino con el esfuerzo mental, y este último no se puede medir bajo parámetros tradicionales de horas o sudor.

 

 

Hemos sido programados, desde niños, para pensar que aquel que más trabaja, más posibilidades tiene de triunfar. Desde niños escuchamos a nuestros papás, abuelos y maestros admirar a personas que se levantaban a las cinco de la mañana para ir a trabajar y volvían a las once de la noche. Hoy competimos con nuestros amigos y colaboradores por la longitud y lo extenuante de las jornadas de trabajo, y buscamos que nuestros jefes se enteren de la cantidad de horas dedicadas a nuestras responsabilidades esperando algún premio o reconocimiento.

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La mayoría de los directores y empresarios reclama los días de asueto y exclama que somos un país de flojos porque trabajamos menos que en otras naciones, y que aprovechamos cualquier momento para descansar.

¡Nada más estúpido que esto dentro de una cultura! ¿Pero quién dijo que entre más horas de trabajo, mayor productividad? ¿Y quién nos dijo que entre mayores las jornadas laborales, más felicidad?

Hoy, la productividad no tiene nada que ver con el esfuerzo físico, sino con el esfuerzo mental, y este último no se puede medir bajo parámetros tradicionales de horas o sudor. Una persona en una hamaca puede estar produciendo mucho más que 25 personas en intensa actividad física. El poder creador de nuestra mente es 100 veces más eficiente que el poder creador de nuestras manos, espalda y piernas.

El tema es que nos hemos programado como sociedad y hemos educado a los estudiantes a pensar en términos de productividad solamente vinculada a esfuerzo físico; más terrible aún, no los hemos entrenado para usar el poder creador de su mente.

Estamos acostumbrados a trabajar hasta que el cuerpo resiste, pero nuestra percepción de lo que nuestro cuerpo resiste normalmente excede lo que verdaderamente éste resiste. Somos demasiado optimistas en cuanto a lo que soportamos físicamente, pero al interior se están gestando condiciones que nos pasarán la factura.

Nada más incorrecto que evaluar la satisfacción de un ser humano a partir de las horas dedicadas al trabajo. ¿Dónde queda la dedicación de tiempo y esfuerzo en su territorio de vida personal? ¿Cuánto tiempo dedicas a evaluar y mejorar tu estado emocional, a evaluar y fortalecer tus relaciones familiares, a potenciar tu estado espiritual y también el intelectual? Nos esforzamos en superarnos en muchas capacidades laborales, pero no en la capacidad para disfrutar nuestra vida.

Lograr indicadores de éxito en nuestra vida personal resulta en un gran sustento para lograr indicadores de éxito en el territorio profesional. El éxito profesional no es una condición que influya en nuestro éxito personal.

Hoy vivimos una adicción al trabajo, a eso que llaman workaholism. Muchos jefes se jactan de éste y otros lo promueven, lo premian y lo incentivan entre sus colaboradores. Esto se debe a que hemos pensado de manera incorrecta alrededor de la eficiencia y la productividad, y como no conocemos otro esquema, es más fácil perseguir el camino ya conocido. Sin embargo, el workaholism desgasta física, emocional y familiarmente, y no garantiza el éxito profesional.

Ninguna adicción es buena, porque te ata, te hace dependiente de algo, consciente o inconscientemente supeditas tu estabilidad a ésta. Muchos creen que están en el camino correcto para lograr sus objetivos trabajando 90 horas a la semana. Otros trabajan hasta que el cuerpo aguante por miedo al futuro, miedo de poder tener los medios para la supervivencia, pero más se deberían de preocupar por el estado físico y emocional que tendrán en el futuro. Otros son workaholics con tal de demostrar lo exitosos que son; en realidad, lo que es de presumir es ser suficientemente productivo trabajando pocas horas.

No, no propongo con esto desarrollar una sociedad de flojos. Por supuesto que no. Mi intención es hacerte reflexionar para que te des cuenta que por esforzarte físicamente por más horas no te hace más eficiente y productivo, que el esfuerzo mental es muchas veces más poderoso que el físico. El esfuerzo mental lo puedes aprovechar hasta tus 80 o 90 años; el esfuerzo físico sólo hasta los 60 o 65.

El esfuerzo mental permite enfocarte también en tu familia, en tus emociones, en ti mismo; mientras que el esfuerzo físico enfocado sólo a tu trabajo te lo impedirá.

¡Ya basta de esta adicción tan perjudicial y tan primitiva del workaholism! ¡Ya basta de programar a nuestras sociedades para pensar que el esfuerzo físico es la única forma en que progresamos! Comencemos a premiar por resultados no tanto por esfuerzos. Enfoquémonos también en nuestro éxito personal, no sólo el profesional.

 

 

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