¿Por qué las niñas son prioridad para el liderazgo?

Melinda Gates. (Foto: Michael Princa).
Melinda Gates. (Foto: Michael Princa).

Melinda Gates está ejerciendo su influencia dentro de la fundación más rica y caritativa de la historia. Mientras lo hace, se está convirtiendo rápidamente en la más poderosa defensora de mujeres y niñas del mundo.

 

Por Caroline Howard

La canciller alemana, Angela Merkel, reunió a un grupo de mujeres muy poderosas duran­te las reuniones del G7, dentro de su imponente cuartel de cristal y concreto, en septiembre pasado. Ahí, podías encontrar a la directora de la Organi­zación Mundial de la Salud, Margaret Chan, y a la CEO de General Motors, Mary Barra. También, a la primera ministra de Noruega, Erna Soldberg; a la ex premier danesa, Helle Thorning-Schmidt; junto a la ganadora del Nobel de la Paz, la presidenta de Liberia, Ellen Johnson Sirleaf, y a una reina, Rania de Jordania.

Ahí, en una mesa circular donde caben como dos docenas de personas, sentada directamente frente a Merkel, destaca una ex empleada de Microsoft que se volvió filán­tropa: Melinda Gates.

Después de que la canciller alema­na ofreció danke schöns a sus invitadas y escuchó los reportes de las mujeres acerca de su participación en la política, salud y empoderamiento económico, abrió la sesión. Melinda Gates, vistiendo un traje a la medida azul y con lentes para leer, comenzó a hablar, entregando un preciso y apasionado discurso de cuatro minutos.

“Cuando tienes a mujeres en roles de lide­razgo, hacemos que las cosas sucedan”, dijo Gates. “Nos hace usar nuestra voz y también nos obliga a realizar inversiones, grandes inversiones, en mujeres y niñas”.

Aunque estuviera sola en este cuarto lleno de líderes mundiales, Gates sin necesidad de ayuda es capaz de hacer que esto suceda.

Los primeros ministros tienen parlamentos; los CEOs tienen Con­sejos de Administración; Melinda Gates tiene un respaldo de 41,300 millones de dólares (mdd), y puede utilizarlos en casi cualquier cosa de cualquier manera en que ella y su esposo, Bill, el hombre más rico del mundo, crean que hace sentido.

Esto representa una transforma­ción personal. Durante su primera década y media de existencia, la Fundación Bill & Melinda Gates se involucró de forma destacada en la erradicación de la polio y la malaria, y en esforzarse en mejorar la educación. Pero en los últimos años, Melinda Gates se ha comprometido en tener su nombre en todas las cartas y recibos de la más grande fundación de caridad que ha existido en la historia, junto con la influencia que esto acarrea. Ella se ha convertido en la persona más poderosa del planeta cuyo foco en particular o su misión primordial son las mujeres y las niñas.

“Sigo buscando a la persona que defenderá estos temas”, dice Gates durante el lunch, en el Hotel Adlon Kempinski, durante el foro organizado por Merkel. Melinda, de 51 años, tiene un aire de deter­minación y está cargada de datos. “Sé que tiene que ser una mujer”, agrega al tiempo que confirma que ha platicado dentro de la funda­ción acerca de una u otra líder que pudiera liderar este esfuerzo.

Pero no ha podido encontrar a alguien que represente la voz de las mujeres alrededor del mundo. “Entonces pienso, si yo soy la indicada, entonces simplemente tengo que hacerlo. Tengo el valor y no tengo por qué preocuparme”.

Las mujeres representan seis de cada 10 pobres en el mundo y dos tercios de los analfabetas. Un exceso de mortalidad femenina en el mundo en vías en desarrollo, en la lengua del Fondo Monetario Internacional (FMI), significa 3.9 millones de mujeres y niñas “per­didas” anualmente. Dos quintas partes no nacen, una de cada seis muere durante su niñez y más de un tercio durante los años en que puede reproducirse.

“¿Cuál es el problema más fuerte de nuestro tiempo?”, pregunta Gates. “Es realmente terminar con la pobreza en el mundo. Y noso­tros sabemos que para hacer eso necesitamos poner a las mujeres y a las niñas en el centro”. La pobreza es sexista, y Gates está apostando miles de millones de dólares en reducir los golpes que recibe un género históricamente ignorado.

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Una pasión

Melinda French Gates nació y creció en Dallas, hija de un ingeniero aeroespacial y una ama de casa que ayudaba a administrar el negocio de renta de propiedades de la familia. “Así fue literalmente como ellos nos mandaron a la Uni­versidad, y todos lo sabemos”, dice haciendo referencia a su hermana y dos hermanos menores. Duran­te los fines de semana, los chicos limpiaban y arreglaban las propie­dades y llevaban las cuentas en una Apple III de la familia.

La estudiante más aplicada de toda la escuela católica consiguió un título en Ciencias de la Com­putación y Economía y un MBA en Duke en cinco años. Decidió adelantarse un año para entrar a trabajar rápido, lo antes posible.

“Siempre supo lo que quería”, dice su hermana, Susan French. “Ella simplemente tiene esta fortaleza dentro, una vez que pone sus ojos en ese siguiente proyecto, su siguiente objetivo entonces está hecho”.

Ese siguiente proyecto, en 1987, era Microsoft, un empleo como administradora de producto en la compañía de software. Es historia que el fundador de la empresa la abordó en el estaciona­miento y la invitó a salir.

“Trabajé alrededor de muchos tipos muy inteligentes en el colegio porque ahí había muy pocas muje­res”, dice, describiendo el flechazo inicial. “Cuando volteo a ver el pasado, Bill era el mismo tipo de chico con el que pasaba el tiempo en la Universidad. Les tenía mucho respeto, y ellos me respetaban también. Definitivamente me atrajo su mente brillante, pero más allá de eso, su curiosidad. Y él tiene un gran sentido del humor. Amo ese lado torcido que tiene”.

La pareja vivió un noviazgo de siete años antes de casarse en 1994, en Hawai.

En 1996, Melinda era gerente general en Microsoft y se embara­zó de su primer bebé, Jennifer, y decidió quedarse en casa.

“Eso fue completamente su de­cisión”, dice Bill Gates. “Yo estaba un poco sorprendido, pero eso hacía sentido para ella. Luego vino nuestro segundo y nuestro tercer hijo”.

Adelantamos el tiempo dos dé­cadas: Jennifer tiene hoy 19 años y estudia en Stanford, mientras Rory, de 16 años, y Phoebe, de 13 años, cada vez están menos cerca de su madre, cada vez son más indepen­dientes. Como muchas madres comenzando a vivir en un nido vacío, Gates empezó a cuestionarse qué era lo siguiente en su vida.

Entonces comenzó a escarbar cada vez más profundamente en la Fundación Gates, que estaba con­centrada prácticamente en promo­ver la salud global y el desarrollo, y haciendo grandes progresos en la erradicación de la polio, la malaria y el VIH, y promoviendo la salud y las vacunas.

Debe hacerse notar que la fundación no ha sido una pionera al hablar de proteger la salud de las mujeres, dice Linsey McGoey, auto­ra de No Such Thing as a Free Gift: The Gates Foundation and the Price of Philanthropy.

Incrementalmente, Gates comenzó a enfocarse menos en los esfuerzos verticales de su funda­ción, para comenzar a aproximarse a lo que realmente estaba haciendo horizontalmente. Específicamente, en fondear iniciativas que toman en cuenta las áreas en donde son más vulnerables las mujeres y las niñas en el mundo. Sí, hay un compo­nente de empatía, pero Gates mira a través del ojo del retorno de la inversión.

Muhammad Yunus se ganó un premio Nobel por los microcréditos que apuntaban hacia las mujeres del mundo en vías de desarrollo, reconociendo que ellas aprovechan más efectivamente el dinero y lo hacen circular en la familia. Bill Gates ha salvado decenas de miles de vidas gracias a sus esfuerzos de inmunización, Melinda comenzó a impulsar el fondeo y las atenciones hacia ese pilar de las familias.

“Al principio en la fundación pensaba que los problemas de las mujeres eran ‘soft issues’, y no quería ser vista como algo ligero”, dice Gates. “De hecho, es lo opues­to. Los problemas de las mujeres son los más difíciles. ¿Violencia o matrimonio infantil? Esos son temas duros”.

La exposición pública de Melinda Gates tiene su raíz en Berlín. Durante años, a pesar de que trabajaba en la Fundación, protegió celosamen­te su privacidad. “Bill era ya una figura pública, entonces ya sabían cómo lucía la mitad de eso”. Pero eventualmente decidió luchar por una causa y eso significaba plantar su cara frente a los problemas. “He dicho ha mis hijos que deben de­fender su voz en este mundo, y se hizo claro que yo necesitaba poner el ejemplo en ese sentido”. Enton­ces, hace tres años vino a Alemania a ofrecer una TedX talk, enfocada en la planificación familiar.

Su compromiso original de 70 mdd se duplicó tres meses después, y luego simplemente anunció que invertirían 120 mdd adicionales.

 

Los medios

Bienvenida al ruedo, Me­linda. El periódico ofi­cial del vaticano, bajo el Papa Benedicto XVI, publicó una nota de ocho columnas que decía: Desinformación y control natal. Los riesgos de la filantropía. La acusaban de estar diciendo mentiras. Un golpe bajo para una católica que dice que reza o medita diariamente (“como quiera que quieran llamarle”).

“Es ir a un lugar realmente incó­modo”, dice Gates. “Hablar de sexo, reprodución y herramientas. Pero esas son las cosas de las que habla­mos al interior de la Fundación”.

Y Melinda Gates aprendió dos valiosas lecciones. Primero, que cuando habla, por su convicción y sus recursos, el mundo escucha. Segundo: que puede recibir golpes.

En respuesta a los gritos de El Vaticano y los católicos, Bill Gates le regaló el periódico enmarcado a su esposa, y hoy cuelga en su oficina de la fundación en Seattle, donde está el cuarte general.

“Le di una copia porque ella decidió hablar y hacerle frente a la controversia. Es un área compleja, pero asumió tomar el control”.

Aquéllos que observan de cerca a la Fundación rechazan la idea de que Melinda opera como la número dos de Bill Gates. “Cualquiera que esté poniendo atención entiende que ella está jugando un rol de líder”, dice Aaron Dorfman, del Na­tional Committee for Responsive Philanthropy, un “perro guardián” del sector.

“Ciertamente no comenzamos trabajando como iguales”, recuerda Melinda Gates. “Yo estaba muchos niveles por debajo en Microsoft, y él era el CEO. Hemos tenido que cambiar para realmente ser iguales. Eso no es algo que pase inmediatamente, de la noche a la mañana, pero ambos estamos comprometidos. Necesitamos platicar detrás de los bastidores cuando algo no está funcionando.

“Literalmente manejamos las reuniones y problemas juntos, y estamos muy cómodos cuando tomamos una decisión sin con­sultar al otro y cuando lo tenemos que hacer juntos. Y juntos no tiene mucho que ver con asuntos de di­nero. Se trata de saber: ¿se interesa realmente tanto por algo como lo hago yo?”.

“Siempre en todo lo que he he­cho, siempre he tenido un socio”, recuerda Bill Gates. “En los pri­meros días de Microsoft fue Paul Allen quien me ayudó con las ideas y a construir las primeras cosas. Entonces llegó Steve Ballmer, a quien conocí en la Universidad, y vino y me ayudó a manejar la compañía y la hizo super exitosa. Ahora es Melinda en la Fundación”.

Ella tiene el mismo título que su esposo: cofundador y codirector. El papá de Bill es el otro codirector, y Warren Buffet, quien está dejando su fortuna a la Fundación, sirve como asesor.

“Ella y Bill son los que toman la decisión final”, dice Susan Desmond-Hellmann, la CEO de la Fundación que comenzó a traba­jar para ellos el año pasado. “Los procesos de aprobación que inician con presupuestos anuales y estra­tegias involucran a los dos como socios iguales”.

Las iniciativas de plani­ficación familiar de los Gates rápidamente abarcaron también a aquéllas muje­res embarazadas, específicamente temas de salud maternal y prenatal. Una vez que haz invertido tiem­po ahí, la salud de los bebés es la extensión natural de tus esfuerzos. Luego el compromiso de brindarle educación a las niñas y abrirles oportunidades de prepararse mejor. ¿Y qué se supone que harán esas mujeres cuando terminen de estudiar? Gates entiende que la ma­yoría no van a recibir un salario por trabajar en los países en vías de de­sarrollo. Entonces, ella está dando luz verde para impulsar programas que refuerzan a las emprendedo­ras y los pequeños negocios, como agricultura innovadora o banca móvil. El resultado es un gran abanico de opciones y alternativas para las mujeres y las niñas.

La fundación no revela cuánto invierte en estas áreas, principal­mente porque está muy relacio­nado todo con los 3,900 millones de dólares que desembolsó el año pasado.

Por ejemplo, la fundación res­palda a M-KOPA, una organización de Kenia que manufactura lámpa­ras solares. En papel, es un progra­ma neutral al hablar de género, que provee de personal a una fuente de energía que ayuda a las familias a ahorrar dinero y a evitar los riesgos de las lámparas de queroseno. Pero esto ayuda desproporcionadamen­te a las niñas, que por lo general hacen la tarea en la noche, después de un día lleno de quehaceres domésticos.

Otro socio, GSMA, les da cuen­tas móviles a los que no tienen acceso a la banca. Otra vez, un gran trato para las mujeres, apenas 37% en países en vías en desarro­llo tienen una cuenta de ahorros y muchas son intencionalmente excluidas de los sistemas financie­ros formales.

“Cuando andas en el mundo real en India o en el corazón de Bangladesh, no quieres escuchar lo que te dicen las mujeres”, dice Melinda Gates. “Pero cuando real­mente te sientas y asimilas todo, dices después, Dios mío, tenían razón. Y este grupo de mujeres me ayudaron a darme cuenta de que esos otros problemas que vemos en el mundo subdesarrollado, esos otros problemas, también deben ser encarados. Ellos son parte y forma de lo mismo”.

La Fundación Gates también está abierta a financiar programas piloto en nuevas áreas: los éxitos son premiados con más dinero; los fracasos son oportunidades de aprender.

Megan White Mukuria es un ejemplo. Ella fundó ZanaAfrica Group en Kenia, una iniciativa en­focada en las toallas femeninas.

Las niñas en muchos países de bajos ingresos se alejan de la escuela durante su periodo menstrual, o incluso dejan de ir a estudiar. Una de cada 10 jovencitas en África no regresan.

ZanaAfrica es el ejemplo de cómo el financiamiento puede ir creciendo. Después de una fase de prueba con 100,000 dólares, en 2011, que consistía en desarrollar las toallas con materiales locales, como bambú o yute, Mukuria inició la fase 2.

Lo anterior consistía en probar las estrategias de distribución y la aproximación a nuevos segmentos de la población.

De los rotundos “no”, pasaron al “tal vez sí” dos meses después y eso se convirtió en un definitivo millón de dólares tres meses después. El mes pasado, ZanaAfrica recibió 2.6 mdd para continuar con su trabajo.

“Ellos (la Fundación Gates) ini­cialmente no podían fondear este proyecto para hacerlo crecer, por­que las toallas femeninas estaban fuera de su proyecto de sanidad, el cual básicamente se enfoca en los toilets”, dice Mukuria. “Pero ellos literalmente se guiñaron el ojo uno al otro y dijeron: “Tenemos que hacer esto. Si no, nadie lo hará”.

Esperen más de este tipo de apoyos millonarios el próximo año a través de un programa llamado: Poniendo a las mujeres y niñas en el centro del reto del desarrollo.

Los 20 elegidos recibirán unos 20 mdd para apoyar sus proyectos específicos. Un poco de dinero para Gates, pero una señal de que se está abriendo a grupos que ven a las mujeres y niñas como su objetivo principal de ayuda, y es el primer paso hacia lo que Gates espera sea el crecimiento de un área dedicada a ellas.

“Muchos grupos están ajustando su trabajo”, dice Dorfman.

McGoey dice que mientras Bill o Melinda deciden, está creciendo la percepción de que la influencia que estos personajes encarnan es algo que se debe celebrar, en lugar de verse como un problema.

“Mi experiencia ha sido que ella, Melinda, le gusta obtener los otros puntos de vista”, dice Des­mond-Hellmann. “Tenemos gente en la fundación que ha pasado su carrera entera en un área técnica, digamos, alguien ha trabajado con­tra la tuberculosis toda su vida.

Cuando le preguntamos si alguien le dice que no a Melinda al interior de la fundación, responde: “La gente a menudo dice: sí, eso no es posible. Eso es más cercano a un no”.

“Estamos abiertos a la revisión de todo el mundo, honestamente”, agrega Gates.

Y añade: “Espero realmente que al finalizar nuestra vida alguien voltee al pasado y diga: Melinda y Bill sentaron las bases para cambiar al mundo a partir de atender a los pobres. ¿No es verdad? ¿Hay menos personas enfermándose de mala­ria? ¿Hay más mujeres consiguien­do anticonceptivos? Ahí es donde somos medibles”.

De regreso a Berlín, después de la cena en la cancillería con Merkel, Gates se dirige a su jet. Cruzando la ciudad hacia el aeropuerto y un mundo aparte lejos de los pasillos del poder, ella pasa por un com­plejo de gobierno donde miles de sirios y otros refugiados esperan asilo.

Es imposible ignorar a las mu­jeres cargando a sus pequeños con una mano y en la otra, en una bolsa de plástico, arrastrando los restos de toda una vida que tuvieron que abandonar.

Los hombres están alimentando largas filas en espera de ser lla­mados para solicitar una identifi­cación oficial, fondos y servicios. Habiendo caminado hasta Berlín, los refugiados no tienen ahora nada más que hacer, nada más que esperar su turno.

“Cuando ves una foto de un niño mojado en la playa, o una madre, muchas de las caras que ves son de mujeres”, dice ella. “E incluso si ellos logran llegar a la frontera, ellos son puestos en campos de concentración, algo que especial­mente horrible para las mujeres en términos de violencia y violaciones. Ellas son desproporcionadamente afectadas. Entonces mi corazón se rompe. No es un rompimiento pequeño. Es un gran rompimiento de corazón”.

La Fundación Gates está dise­ñada para moverse rápidamente: la pareja ha indicado que todos los fondos deben ponerse a trabajar. Gates está invirtiendo como 17.5 mdd en la crisis de los refugiados de Oriente Medio. Es una inver­sión que el mundo ve como un ali­vio al sufrimiento, y que Melinda Gates ve como un paso más en la mejora de las vidas de las mujeres pobres.