Si bien se cumplen 100 días desde que el presidente López Obrador tomó protesta en el cargo, en realidad llevaba ya gobernando en la práctica, desde el día siguiente en que fue electo como tal, por ello, la temporalidad del análisis se ve influida por aquellos meses donde el expresidente Peña Nieto prácticamente quedó relegado del escenario político, a pesar de que aún seguía en funciones. Las decisiones más relevantes en ese momento, como la cancelación del aeropuerto o la decisión de construir refinerías, fueron hechas ya por el presidente López Obrador.

De esta forma, el análisis de los 100 días en realidad abarca una dimensión mayor, con procesos que resulta relevante comprender pues influyen en la forma en que han transcurrido ya los días formales de la administración actual. El costo político de la cancelación del aeropuerto habría sido mayor si el presidente ya hubiera estado en funciones, que el costo que tuvo con el proceso adelantado, en una especie de limbo donde se tomaban ya decisiones, aunque su formalización se daba después. Por ello, los costos políticos de decisiones relevantes para el cambio de símbolos fueron menores pues aún no eran decisiones formales de gobierno cuyo impacto debía ser manejado por la administración que concluía.

En ese sentido, se debe entender un periodo más amplio de los 100 días. Si bien, fue el mismo presidente López Obrador quien en campaña prometió el informe en este periodo, es importante señalar que, como cualquier análisis que se busque hacer sobre temporalidad, hay una fuerte carga de relativismo que sesga cualquier valoración que pueda hacerse.

Lo relevante sería ver qué viene después de los 100 días, pues hasta ahora los aspectos que resaltan han sido enfatizados por diversos análisis, pero ¿qué podemos esperar a partir del día 101? Hay tendencias que son visibles a partir de las acciones y los discursos presidenciales, como el fortalecimiento del ejecutivo con respecto a los otros dos poderes, lo que resulta relevante en el contexto del dominio de Morena del Legislativo, así como de la influencia del ejecutivo en el judicial por la designación de un ministro y una ministra cercanas a la posición presidencial.

Este gabinete y los delegados en los estados tienen como objeto dar sentido y capacidades a la administración en su primera etapa, pero habría que ver la forma en que se reconfigura a partir de las necesidades del presidente y la operación de los programas relevantes para él. El presidente tiene claras sus prioridades, que no son las que normalmente se ubican en el contexto del análisis del gobierno. Para lograrlas, requiere de personas no únicamente incondicionales, sino también funcionales en términos políticos y administrativos, por lo que, no sería extraño esperar manotazos que ordenen las aspiraciones de quienes integran sus equipos de trabajo, como ya ha sucedido en casos menores.

Todavía no es el tiempo en que las y los ciudadanos pedirán resultados tangibles, por lo que es probable que la popularidad no baje aún, pero si es un momento en que el presidente esté en condiciones de buscar la consolidación de las capacidades técnicas, para dar sentido a las capacidades políticas de su equipo, pues será eso lo que sostenga, ahora sí, las decisiones y políticas del segundo tercio de su administración.

Estos 100 días dicen poco de lo que ocurrirá en el resto de la administración, pero si dan un sentido del estilo del presidente, así como de las prioridades que tiene, así como lo que no quiere. El tufo autoritario, centralizador, determinista y autista que varios análisis han sugerido sobre la administración actual, seguirá estando presente hasta el punto en que el neoliberalismo, “La Mafia del Poder”, o el pasado, ya no puedan ser los culpables del deterioro nacional.

 

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