El sentimiento de frustración acumulado durante años encontró en la elección presidencial de 2018 la oportunidad perfecta de venganza contra un régimen que le falló a las promesas hechas por décadas a los más vulnerables. La impunidad, la corrupción, la ambición desmedida y el abuso de poder son lastres que hoy, además de seguir pesando, duelen y acentúan los discursos polarizantes desde diversas tribunas.

La llegada de López Obrador a la presidencia de México fue largamente acariciada, por él y por muchos y la expectativa redentora de su llegada fue proporcional al deseo de fulminar a “La Mafia del Poder” que tanto había mermado el desarrollo nacional.

Con muchas promesas y amplias expectativas, el proyecto político lopezobradorista consiguió tocar las fibras más sensibles de una población cansada de la élite en el poder y ante la promesa de regeneración, reconciliación y transformación se inició la tan anhelada transición.

Cien días después, México dista mucho de estar reconciliado, de haber iniciado una regeneración y al menos hasta ahora, el rumbo de la transformación sigue estando lejos de ser claro y firme.

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Más de ochenta programas públicos han sido eliminados, no hay publicado un Plan Nacional de Desarrollo, el Ejecutivo maneja datos e información diferentes a los que se presentan en múltiples cuestionamientos, y la sobreexposición mediática del presidente de México abre diariamente nuevos frentes de conflicto y contradicción.

Pareciera que los múltiples desaciertos del gabinete han ensombrecido los aciertos que pudieron haberse logrado en este primer tramo de gobierno. La falta de consistencia y congruencia han llevado al presidente a una espiral en la que dice y se desdice, en la que acepta y se retracta, y en la que los ciudadanos somos espectadores de una falta de gobernabilidad; pues en definitiva no es lo mismo popularidad y aprobación que gobernanza.

Las señales enviadas en estos cien días de gobierno son tan disímbolas que han preocupado no sólo a los mercados internacionales, a las calificadoras y a la comunidad internacional; han preocupado a las mujeres víctimas de violencia de género, a los miles de servidores públicos hoy desempleados, a las familias con pequeñas y medianas empresas, a las organizaciones de la sociedad civil, a quienes buscan empleo, a la prensa crítica y a todos aquellos quienes queremos ver que México crezca y avance.

A más de tres meses de haber asumido la Presidencia, ciertamente López Obrador ha enfrentado uno de los retos más grandes para el Ejecutivo, romper las inercias del pasado no es fácil, tampoco es algo que se pueda hacer de un día para otro. Eso lo sabemos. Pero hoy, más que nunca, debe estar dispuesto a gobernar para todos y asumir que, al ser gobierno, los contrapesos y la oposición son sanos para una democracia.

México no necesita un tlatoani paternalista, México necesita un hombre de Estado; capaz de enfrentar la crítica, de construir consenso con la oposición y, sobre todo, capaz de gobernar a paso firme y con rumbo definido.

El matiz de los programas sociales evoca la Argentina peronista en la que los descamisados recibían raudales de efectivo para “mitigar” la pobreza. La carencia de reglas de operación en programas sociales debería preocupar en demasía. No solo por el sentido clientelar y asistencialista que se maquilla de empatía con el pueblo, con el que ciertamente hay una deuda social amplísima, sino por el destino de los recursos públicos que se han reconducido sin quedar transparentados en la cuenta pública y sin estar asociados a política pública.

Muchas son las áreas de la administración pública federal que hoy pudieran requerir con urgencia un cambio de liderazgo, pues en este pequeño tramo de gobierno ha desilusionado los servidores públicos que además de un bajo perfil académico y una modesta experiencia en la administración pública, han tropezado creando crisis de comunicación innecesarias entre el gobierno y la opinión pública.

Para muchos estos cien días han sido los más largos de la historia, mientras que para aquellos que han visto los primeros beneficios del nuevo corte de los programas sociales, han sido días de una anhelada justicia social.

Sin embargo, no podemos perder de vista que México es un país de muchas voces, amplias carencias y vastos recursos. Los próximos años serán largos y tortuosos si no se cambia la dinámica de interacción entre el gobierno federal y la sociedad civil.

La ciudadanía responsable y activa es fundamental para que México logre su potencial, divididos nada se logrará.

 

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