Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador han sido señalados como populistas. Evo Morales, en Bolivia, José Mujica, en Uruguay o Lula en Brasil, también han recibido el mismo adjetivo. Son tan diversos los ejemplos de populistas que, a veces se usa para referirse aquel liderazgo carismático que personaliza el ejercicio del poder por encima de las instituciones, otras para referirse a una estrategia para ganar elecciones y para descalificar adversarios de campaña, pero en otros casos parece que su sentido es más profundo y tiene que ver con una ideología política que promete ejercer una democracia más amplia y de regresar el poder a la gente, y de ofrecer una nueva forma de ejercer el poder ganado en las urnas.

Si la categoría de populistas es un abanico tan amplio que pueden caber políticos de izquierda, de derecha, y de talante autoritario y democrático, ¿todavía es un concepto útil para explicar ciertos liderazgos alrededor del mundo? Hay razones importantes para pensar que tal categoría ha perdido utilidad teórica y empírica para entender la realidad.

Y es que el adjetivo de populista a veces parece ser una virtud o, al menos, eso es lo que dio a entender Obama cuando se reconoció como un populista. Al cierre de la Cumbre de Líderes de América Latina del Norte, en junio de 2016, cuando Peña Nieto atribuía demagogia y efectos perversos a los populismos para él ejemplificados por Hitler y Mussolini, Obama razonó que era un populista porque le importaba la gente y porque quería asegurar que cada niño tuviera las mismas oportunidades. Y aunque después algunos intelectuales justificaron esta escena por el hecho que Obama no conocía el sentido político del concepto, así como su práctica fuera de su país, y que más bien era un presidente “popular”, lo cierto es que este tipo de hechos aumenta el halo de ambigüedad en torno al concepto.

El uso indiscriminado del término vino a tomar revuelo con la reciente elección presidencial en México. La estrategia de parte de los contrincantes del entonces candidato de Morena se tejió en gran medida en este discurso, y en los peligros que supone tener al frente un presidente que divide entre los buenos y la “Mafia del Poder”, que subvierte las instituciones y cuyas consecuencias serían comparables con las de Venezuela. Y ya entrados en comparaciones, hubo quienes equipararon a Andrés Manuel López Obrador con Bernie Sanders o a Jeremy Corbyn, pero más bien para destacar las ventajas de su proyecto populista.

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Paul Kraugman, Premio Nobel de Economía, recientemente escribió: “Lo llaman populismo y no lo es. Las políticas de Donald Trump están totalmente en contra de los trabajadores que lo votaron”. Una política tributaria que beneficia principalmente a las empresas y una política laboral que ha revertido leyes que protegían a los trabajadores, son algunos ejemplos que utiliza Kraugman para decir por qué Trump no es un populista y para pedir a los medios dejen de esparcir esa mentira.

Si la gran apuesta del futuro gobierno mexicano es la justicia social y terminar la corrupción, lo que realmente importa serán las acciones y los resultados que tenga a partir del 1 de diciembre de 2018. De no hacerlo, más allá de darle la razón a quienes denuncian el talante populista de AMLO, el descontento con la democracia mexicana podría tener consecuencias del tamaño de la esperanza que hoy tiene la mayoría de los mexicanos.

 

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