Por Andrés Arell-Báez*

Art Killer Keller, el afamado agente de la DEA, el hombre detrás de la sangrienta batalla contra los grupos narcotraficantes mexicanos en la frontera con su vecino del sur, se sienta frente a su acérrimo enemigo, el elusivo y siempre astuto capo del narcotráfico mexicano, Adán Barrera, El Señor de los Cielos. Junto a ellos, el máximo directivo de la agencia estadounidense y jefe directo de Keller, observa con cuidado la conversación entre los dos portentosos hombres. La reunión se establece para luchar mano a mano, el cartel y la DEA, con apoyo del gobierno mexicano, contra un nuevo grupo criminal capaz de demostrar una sevicia sin precedentes, Los Zetas.

El encuentro se da después de corroborar que es esta la única salida posible para acabar con la nueva banda criminal y por eso es que, en él, el incorruptible agente norteamericano, destrozado después de evidenciar que es esa la dolorosa realidad, profiere su poderosa sentencia: “Ahora todos somos cartel”.

Don Winslow era un escritor estadounidense reconocido a nivel internacional por ser el autor del libro base para la película de Oliver Stone, Savages. Eso, hasta que público en 2009 El Poder del Perro y obtuvo el premio RBA de novela negra en España por El Cartel en 2011. Su último trabajo lo catapultó, muy merecidamente, a la fama internacional como un autor de peso y es, precisamente en él, donde se desarrolla la escena anteriormente citada. El Poder del Perro y El Cartel es un trabajo magnánimo sobre la formación del narcotráfico mexicano y la guerra desatada consecuencia de su poder adquirido. Funcionan ambas como una sola ficción, a la que la todopoderosa 20th Century Fox adquirió con tal poder hacer su adaptación al cine.

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Tal vez la mejor forma de explicar la obra de Don Winslow sea con su famosa sentencia de que “el periodismo te da los datos; pero la ficción te da la verdad”. La novela documental, o la historia novelada del autor norteamericano, es un viaje profundo al México que más creen conocer los extranjeros a esta tierra: el de la guerra contra el narcotráfico.

Parece estar al tanto, el escritor, de esa ilusión entre aquellos que somos aficionados a las noticias, quienes somos capaces de engañarnos y hacernos creer que por ver un informativo al día estamos al tanto del acontecer planetario. Leer El Cartel, por ejemplo, es visitar un mundo que se escapa a nuestra cotidianidad y que hemos esbozado tan sólo en su superficie: la violencia desatada en la ofensiva militar de Felipe Calderón contra la droga, de la que se desprendió una estela de sangre y barbarie con muy pocos paralelos en la historia. Winslow, que pasó cinco años investigando en México, que habló con políticos, con narcos y que fue amenazado de muerte, logró construir una novela capaz de darle su espacio entre las grandes plumas de la literatura.

Y su trabajo investigativo se descubre al notar el lector que los personajes son alter egos de la realidad, como el caso de Adán Barrera, quien claramente es una extrapolación a la ficción de Joaquín El Chapo Guzmán. Muchas masacres descritas, capaces de alterar la calma, son sacadas de la realidad y llevados a su invención, como el famoso caso del bus secuestrado por Los Zetas, con tal de violar a las mujeres y acribillar a todos los hombres viajando en él.

La obra es una excelente descripción de lo sucedido en México en su lucha contra este flagelo de la sociedad, desde su nacimiento hasta hoy. Incluso, tiene la valentía de relatar en su primer tomo el momento en que el narcotráfico se convirtió en un negocio multimillonario. A principios de los años ochenta hubo una reunión en Panamá entre los traficantes de drogas de Colombia (Pablo Escobar), Bolivia (Roberto Suarez), el general Manuel Noriega y el teniente coronel Oliver North (enlace entre el Consejo de Seguridad y la Casa Blanca de Ronald Reagan, indultado por este caso) con tal de transportar 500 toneladas de cocaína a los Estados Unidos a través de México, con la complacencia del gobierno de Miguel de la Madrid. El beneficio de esa inmensa venta fue usado para financiar la lucha contra el comunismo y, desde ese momento, el comercio de la cocaína pasó a convertirse en uno de un poder descomunal.

También es valiente en acusar, el autor, a la infraestructura vial instalada para explotar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, como la herramienta más importante en el comercio ilegal de los estupefacientes. Las inmensas carreteras que nacen en México y atraviesan todo Estados Unidos, situadas para sacar los productos creados en las maquilas y venderlos en la potencia del norte, son las arterías más poderosas bombeando el corazón del negocio de las drogas. Bien dice Winslow en un apartado de El Cartel que lo que no se llega a imaginar el mundo es que los más grandes traficantes de drogas mexicanos jamás ven un gramo de cocaína en su vida, puesto su poder radica en el control de las autopistas por las que ésta entra a la potencia del norte.

Pero hay una visión inocente del papel de su país, el del escritor, en su obra.

Y esto es lo que los norteamericanos no consiguen llegar a comprender: que lo único que consiguen es aumentar el precio y hacernos ricos. Sin ellos, cualquier bobo con un camión viejo, o una barca agujereada con motor fuera a borda, podría transportar drogas al norte, y entonces el precio no compensaría el esfuerzo. Pero tal y como están las cosas, hacen falta millones de dólares para mover las drogas y en consonancia los precios son altísimos. Los norteamericanos se apoderan de un producto que crece literalmente en los árboles y lo transforman en una mercancía valiosa. Sin ellos la cocaína y la marihuana serían como las naranjas, y en lugar de ganar miles de millones pasándolas de contrabando, yo ganaría unos pocos centavos trabajando como un negro en algún campo de California recogiéndolas.

Este extracto tomado de El Poder del Perro, desata inmediatamente una gran pregunta en los lectores: ¿realmente no saben los norteamericanos esto?

Es bastante difícil creer que no. Y es que no puede haber narcotráfico en el mundo sin operaciones de lavado de dinero por parte de lo más selecto del sistema financiero internacional, sin la corrupción sistémica en las principales agencias encargadas de enfrentar los cárteles y sin el apoyo de políticos a ambos lados de la frontera. Hay una verdad indiscutible como lo es que la guerra contra las drogas es muy rentable para los Estados Unidos en tu totalidad y ese pedazo de historia brilla por su ausencia.

Siempre está esa aura, en la obra del autor, de un accionar de unas cuantas manzanas podridas en las agencias norteamericanas y no una corrupción sistémica en toda la institucionalidad de ese país. Está muy bien desarrollado que Art Keller, el personaje heroico de la novela, sea incorruptible frente al cartel. Es un gran recurso narrativo; pero extender lo impoluto de su accionar a las demás ramas del gobierno de su país es algo que choca con la espectacular descripción de lo sucedido al lado sur de la frontera. Es axiomático que los carteles en México tienen la capacidad para corromper a todas las instancias de poder en su país; pero que no lo hagan en su principal mercado pareciera algo que requiere mucha inocencia con tal de poder creerse.

Los poderosos vecinos del norte, capaces de controlar las industrias más importantes del mundo, deben estar al tanto de que la guerra contra las drogas está perdida, que si un capo es arrestado al otro día hay otro tomando su lugar, que la demanda por estos productos sigue creciendo y sus beneficios ahora son incalculables. También deben notar cuánto dinero queda en sus bancos por este problema, cuánto dinero pagan los capos extraditados para obtener rebajas de penas y, también, saben la inmensa cantidad de productos armamentísticos comprados a su complejo militar-industrial por parte de los carteles, así como los bienes de lujo adquiridos en todo el continente gracias a los ingentes ingresos producto de esta actividad.

Como todo en la vida, para los estadounidenses la guerra contra las drogas se ha convertido en un negocio y es por eso que no acaba. Pero, como dijo Pablo Escobar en una entrevista dada para un documental francés, el negocio no es uno controlado en su totalidad por ese país, sino por los carteles en el sur y los productores de droga sintética europeos. Y es por eso que se sigue atacando este mal militarmente, para incrementar el precio. No parece ser una coincidencia que preciso cuando en terreno norteamericano se pudo producir marihuana, ésta se comenzó a legalizar a nivel mundial.

Y es por eso que la frase de Keller, que dice que ahora todos somos cártel, es totalmente cierta. Políticos, empresarios y ciudadanos nos hemos, de una manera directa o indirecta, usufructuado de las enormes ganancias dejadas por la guerra contra las drogas y, por eso, podemos concordar con el agente en su apreciación o, mejor dicho, con el autor y lo estipulado en su monumental e imperdible obra.

Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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