Un hombre sale de una cueva y mira el cielo lleno de estrellas, se pregunta cómo es que llegó a ese momento, qué hay allá afuera, quién lo trajo aquí. A pesar de la autoestima, es fácil notar lo pequeños que somos, frágiles y vulnerables, sólo el intelecto nos separa de los animales. ¿Estamos solos en el vacío? Pronto los fenómenos naturales se convirtieron en dioses, fuerzas ajenas a nosotros que nos castigaron o premiaron a capricho. Deslindamos nuestra vida futura de las decisiones tomadas a conciencia, se volvieron destino divino y no libre albedrío. Entonces surgió una nueva pregunta, ¿quién nos hizo y por qué?

Ése era el tren de pensamiento (palabras más, palabras menos) detrás de Prometeo (Prometheus, 2012), la primera precuela dentro del universo fílmico de Alien, donde un grupo de científicos viaja a una estrella lejana siguiendo las “pistas” dejadas por nuestros creadores. Siguiendo las líneas marcadas por la franquicia, la expedición no resultaba precisamente satisfactoria y los sobrevivientes seguían su camino para buscar a los “ingenieros” dadores de vida.

Alien: Covenant (2017) retoma ese punto de acción tangencialmente: una misión colonizadora sufre un desperfecto por una lluvia de radiación, la tripulación despierta y descubre una extraña transmisión (una canción de John Denver). Al investigar hallan que proviene de un planeta habitable, en potencia mejor que su destino, el capitán decide bajar y explorar el terreno con fatales consecuencias.

La cinta más reciente de Ridley Scott (Gladiador, Blade Runner, Éxodo) es una combinación de muchas intenciones. Una reflexión sobre nuestro origen, cinta de terror, meditación histórica, reafirmación cristiana del diseño inteligente, relato de ciencia ficción, reel de efectos especiales, compendio de gustos pictóricos o literarios y muchas otras cosas más. Todas metidas en una gran licuadora sin mucha conexión. Como bien explica el doctor del Señor Burns en un capítulo de Los Simpsons (éste), hay tantas cosas queriendo pasar por la puerta que todas se quedan atoradas en el portal, amontonadas y sin claridad unas con las otras.

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No obstante, Scott demuestra de manera aleatoria la firma que lo convirtió en una leyenda del cine. Los mejores momentos de Covenant son aquellos donde el cineasta vuelve a los orígenes de la historia, cuando los cuerpos están mutando y algo desconocido parece emerger de ellos, cuando la claustrofobia de los pasillos hace olvidar el despistado (por decir lo menos) comportamiento de la tripulación. O esos fotogramas en que el director emula el final de Pompeya, con sus estatuas de ceniza y sufrimiento reminiscentes de los grabados de Dante bajando al infierno firmados por Gustave Doré.

Scott parece emular a los ingenieros y humanos que crearon a David (Michael Fassbender), creadores insatisfechos con el resultado de su esfuerzo. Empecinados en perfeccionar su invención hasta la eternidad (o, donde el presupuesto alcance). Sin embargo, como nos enseña Frankenstein, el producto eventualmente se vuelve en tu contra, cobra vida propia y no se comporta según los deseos de su autor.

La ilusión de Dios es creer que alguien (divino o mortal) tuvo alguna vez el control.

 

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