DW.- El lunes 5 de agosto, China decidió permitir que su moneda nacional se devaluara hasta alcanzar la cotización de siete yuanes por dólar. La última vez que se depreció tan marcadamente fue hace más de una década. Muchos analistas presumen que el gigante asiático está dispuesto a sacrificar la fortaleza de su moneda con miras a impulsar sus exportaciones, en el marco de su disputa comercial con Estados Unidos. Después de todo, el desplome del yuan se dio poco después de que Washington amenazara con imponerle aranceles del 10 por ciento, a partir de septiembre, a las importaciones chinas que hasta ahora se habían salvado de ser afectadas.

El anuncio hecho por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la reacción de China echan por tierra la posibilidad de una tregua y hacen temer que los frentes se endurezcan aún más. Los dimes y diretes ya empezaron: el Departamento del Tesoro estadounidense tachó a China de “manipulador de monedas” y el banco central chino denunció que esa imputación violaba seriamente las reglas de juego internacionales. “Todo apunta a que las autoridades chinas ya no ven la necesidad de restringir las herramientas a su alcance y que su moneda es parte de su arsenal”, comenta el economista Rob Carnell, del banco ING.

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Manipulando las monedas

“La de China no es realmente una economía de mercado; el Gobierno tiene, seguramente, su propia agenda económica, política y militar”, acota Michael Hüther, director del Instituto de la Economía Alemana (IW), que tiene su sede en Colonia. Para Ken Cheung, estratega del banco japonés Mizuho, China ya le ha dado luz verde a la devaluación del yuan. Según Julian Evans-Pritchard, analista de la consultoría londinense Capital Economics, eso significa que Pekín ya no ha perdido toda esperanza de llegar a un acuerdo comercial con Washington. Eso inquieta porque estas fricciones binacionales pueden dar pie a una lidia sin ganadores.

El debilitamiento del yuan promete enfadar a Trump, que lleva años acusando a China, a Japón y a los países de la eurozona de manipular sus respectivas monedas con el fin de obtener ventajas económicas frente a sus socios comerciales estadounidenses. El Gobierno de Estados Unidos, que sí es una economía de mercado, no puede incidir artificialmente sobre el valor del dólar para que la mercancía exportada por sus empresarios sea más barata y atractiva en el extranjero; pero el Sistema de la Reserva Federal –el banco central de Estados Unidos– sí puede hacerlo mediante una amplia gama de instrumentos fiscales y políticas monetarias.

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Juegos rudos

El problema es que, vista históricamente, la devaluación monetaria como mecanismo para incrementar la competitividad comercial solo tiende a ofrecer ventajas efímeras sobre los rivales. Los esfuerzos sistemáticos para devaluar monedas se vienen registrando al menos desde la Primera Guerra Mundial. En realidad, “devaluación competitiva” es solo un eufemismo para referirse a una “guerra monetaria”, un término acuñado oficialmente en septiembre de 2010 por el exministro de Finanzas brasileño Guido Mantega, cuando dijo que “una guerra monetaria había estallado” al principio de la última crisis financiera global.

Mantega aludía al hecho de que más de veinte bancos centrales redujeron sus tasas de interés y convirtieron a Brasil en una de las víctimas tempranas de esa práctica: buscando tasas de interés más altas para su dinero, capitalistas llevaron sus fortunas a mercados emergentes como Brasil. Eso hizo que las monedas de los países emergentes se robustecieran notablemente y que sus exportaciones se encarecieran. El caso de Brasil evidencia que toda guerra –incluso las guerras monetarias– tiene sus víctimas, con el agravante de que, con las llamadas “devaluaciones competitivas”, todos los involucrados pueden salir perdiendo.

La lógica de ese “juego” es que, cuando alguien devalúa su moneda para obtener ventajas comerciales, los rivales toman venganza aplicando medidas que terminan conduciendo a una recesión global. El conflicto se torna amargo incluso en su primera fase: si bien el primero en devaluar su moneda puede exportar más debido al bajo precio de su mercancía, eventualmente éste debe pagar precios más altos por sus importaciones, ver cómo el poder adquisitivo de su población se reduce y enfrentar la posibilidad de que los niveles de inflación aumenten en su territorio. Al final, las guerras monetarias traen más perjuicios que beneficios.

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Lamentablemente, no hay garantía de que, en tiempos de antagonismo comercial entre las dos economías más grandes del mundo, las decisiones más racionales vayan ser tomadas por sus líderes.

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