Por David Sánchez*

Quien se atreva a elevar la voz, que mida sus palabras. Quien nunca haya reculado en una decisión, que también lo haga. Quien no anteponga su pasión a cualquier adversidad, que agache la cabeza y camine en silencio. Porque cuando la pasión permanece ígnea, aún hay esperanza y Andy Murray quiere aferrarse a ella.

Muchas han sido las voces incrédulas e inquietas que han avivado la crítica tras la vuelta del escocés a la competición. Un retorno que ha hecho bastante ruido en el circuito mundial porque, entre otras muchas cosas, en el plano extradeportivo, supone dar marcha atrás en una decisión que él mismo tomó en aquella rueda de prensa del 11 de enero en el Abierto de Australia que dio la vuelta al mundo. Claro está: sin saber cómo sería su recuperación después una segunda operación en la que le insertaron una nueva prótesis que parece haber redimido su dolor al fin.

Ese día, un Murray abatido y hastiado afirmó que “juego con limitaciones. Mi cadera no me permite cosas básicas como entrenar y jugar pero yo amo jugar a tenis“. Esa es la cuestión: contra la pasión no se puede ir. La pasión atenta lo imposible.

Aplaudo la valentía de Murray porque ha elegido ser sincero consigo mismo aunque sepa que regresar al que tenista que fue, con la treintena ya en carrera y habiendo pasado por quirófano, se antoje una tarea casi utópica.

No me pongo muchas expectativas. Solo el hecho de poder saltar a una pista de tenis, estar cómodo y no sentir dolor es suficiente para mí“, decía franco a su regreso a la hierba de Queen’s. Allí volvió a sentirse tenista, en el cuadro de dobles, alzando el título junto al español Feliciano López. Sonreía de nuevo, ante su gente, en una situación bien distinta a aquel 2013 que lo encumbrara, por vez primera en La Catedral, desempolvando la historia del tenis británico.

En este momento, más allá del número 300 en el ranking, la clasificación es hoy un dato irrelevante para aquel jugador que llegara a ser número uno en 2016, el mejor año sin duda de su carrera deportiva, para muchos, a la sombra del Big Three.

Ahora, el escocés prefiere ir poco a poco. Encadenar partidos, solapar emociones y disfrutar del tenis de una forma más sentida y por qué no, humilde. Es como si todo a su alrededor se reiniciara. Porque cuando se pierden las sensaciones, lo primordial es respetar la liturgia de aceptar internamente que ya no eres el que eras y abordar la nueva situación con toda la serenidad que los ‘fantasmas’ te permitan.

Y en esa fase de reconstrucción anímica se encuentra Andy Murray, dentro y fuera de la cancha. El británico ya confirmó que no disputará el US Open en ninguna de sus modalidades. Quiere rodarse en torneos de un bagaje inferior, como ya hicieron otros tantos que pasaron por una situación similar. De todo se sale.

Necesito centrar mi atención en jugar partidos individuales ya que no hay muchos torneos de aquí a que acabe el año“, le contaba a la BBC hace unos días. Quiere prepararse para 2020 y el ex número uno tiene legado en sus piernas para hacer lo que crea conveniente porque es una voluntad en absoluto comedida. Es la mejor de las noticias: ya está en busca de Andy Murray.

*Periodista especializado en temas deportivos

 

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