Ángela Dorothea Kasner, mejor conocida por el apellido de su primer esposo, Ulrich Merkel, nació en Hamburgo en 1954. Hija de un pastor y de una maestra, se crió en Alemania del Este, se graduó como física y obtuvo su doctorado en química cuántica en la Universidad de Leipzig.

Ha sido Canciller de Alemania desde el 2005, miembro del Bundestag desde 1990, Ministra de Familia, Tercera Edad, Mujer y Juventud; y de Medio Ambiente, Conservación Natural y Seguridad Nuclear y también Presidenta de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU).

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Después de cuatro periodos al frente del gobierno alemán, en octubre de 2018 anunció su retiro a partir de las próximas elecciones generales que se llevarán a cabo en septiembre de este año, lo que dejará un gran vacío en su natal Alemania desde luego, pero también un abismo en el liderazgo mundial y en particular, en el liderazgo global de las mujeres.

Justo en estos momentos de crisis, desasosiego e incertidumbre, es que la realidad nos recuerda la importancia de los buenos liderazgos en distintas trincheras, esos que hacen la diferencia positiva, los que unen extremos, los que literalmente, salvan y mejoran vidas, y crean las condiciones para que las personas vivan en paz, se ejerzan con libertad, respeto a las leyes y prosperen.

En una encuesta de Gallup a 29 países en 2020 el liderazgo alemán se situaba en 62%. Previo a la pandemia, los niveles de aprobación de la Canciller alemana estaban en 50% y hoy se sitúan en 70%. Pese a ello, Ángela Merkel se ha mantenido firme en su decisión y cuando la han cuestionado si no debería continuar dada esta sensible mejora, se ha limitado a contestar “nein”, un sencillo “no”.

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En una ceremonia celebrada en 2019 para el otorgamiento del “Doctorado Honoris Causa por sus Logros en Liderazgo” en su Alma mater, la universidad de Leipzig, Cristine Lagarde, hoy Presidenta del Banco Central Europeo, calificó el liderazgo de Ángela Merkel como “mesurado, metódico y bien calibrado” y uno que abarca a las cuatro Ds: “diplomacia, diligencia, determinación y deber”. Continuó señalando que su estilo es uno que prioriza la cooperación en vez de la confrontación, que siempre es la persona más preparada en cualquier lugar, que se mueve por una enorme fuerza interna y que para ella, la dignidad humana es un tema que radica en el corazón.

Para las actuales generaciones Ángela Merkel será siempre un ejemplo de liderazgo prudente, serio, firme y decidido; para las nuevas será un referente obligado de transformación positiva y eficaz, pero sobre todo, del liderazgo democrático que tanto requiere la reconstrucción que habrá de tener lugar después de la devastación de la primer pandemia global de la humanidad.

La transformación positiva que necesita el mundo sólo puede ser llevada a cabo por líderes democráticos. Los que se ejercen con responsabilidad, mesura, prudencia y respeto de los contrapesos, la ley, las instituciones y los poderes, alejados de los demonios del autoritarismo, la discrecionalidad y la división. Como lo dijo la propia Canciller en un discurso en Harvard en 2019 respecto del régimen autoritario y el muro. Durante todos esos años, el muro no pudo “imponer límites en mis pensamientos, mi personalidad, mi imaginación, mis sueños y deseos. La prohibición o la coerción no pueden limitar nada de eso”.

Liderazgo en el siglo XXI será sinónimo de privilegiar la paz, las libertades, los derechos, el desarrollo, la diversidad, el medio ambiente, el diálogo por encima de la confrontación, la unión frente al divisionismo, los puentes en vez de los muros. Parafraseando a Ángela Merkel, preservando la máxima de la verdad: no describiendo las mentiras como verdad y rompiendo los muros de la ignorancia y la estrechez de mente. Ha sido dicho.

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