A dos años del sismo del 19 de septiembre, quedan muchas heridas por sanar y avenidas para contar historias de lo que se vivió esos días. Los sonidos de la hecatombe aún resuenan en la mente de los afectados y familiares de la víctimas. El suelo se movió, pero también lo hizo la vida de las personas que experimentaron la catástrofe. La resignación llega con el tiempo, y en ocasiones es el mejor aliado.

Pero, el olvido es el ferviente enemigo que se entrecruza con la memoria. A los sobrevivientes solo les queda esperar, esperar por una absolución que, tal vez, nunca llegue. 

Aquí te presentamos un monólogo (el segundo) de la serie preparada por Perro Crónico inspirada en el método periodístico en primera persona de autores como Svetlana Alexievich (Voces de Chernóbil, 1997).

Ángeles Lara, de 54 años, narra cómo entre las grietas se miró en su tremenda soledad, pero también reactivó la rutina olvidada de depurarse cada día.

Yo no tenía trabajo hace un año. Estaba en mi casa. Me preparé para ir al gimnasio del condominio. Era justo el día del simulacro, el 19 de septiembre. Participé. Evacuamos aquí junto en el estacionamiento de Plaza Universidad. El simulacro salió muy bien. Luego regresé a mi departamento. Generalmente dejo mi bolsa sobre la barra de la cocina para, por si ocurre cualquier contingencia, poder salir rápido. Esto lo hago porque ya he tenido varios sucesos en el edificio que me han sugerido que debo tener precaución y cuidado.

Es como si lo estuviera escuchando aquí, de nuevo, cuando empieza el edificio a crujir, como si tronaran las paredes. Y veo a mi lado derecho que se empieza a cuartear la pared, esta misma pared, y empieza todo a moverse. Esta lámpara que es muy ligera empieza a menearse para todos lados. Estoy sola.

COBERTURA FORBES MÉXICO: A DOS AÑOS DE LOS SISMOS DE 2017

Segundos después empieza la alerta sísmica. Hay una bocina afuera de la ventana de mi recámara en la esquina. Inmediatamente la escucho, brinco y salgo corriendo. Pero en esta ocasión no suena a tiempo. Agarro mis cosas. Dejo la puerta abierta. Afortunadamente, hace rato he cerrado las llaves del gas y del agua. Vivo en el primer piso. Las lámparas de emergencia no funcionan. Todo oscuro. Cuando reacciono y logro salir, todo el mundo ya viene bajando por las escaleras en un estado de shock impresionante. Angustia. Sólo busco la manera de salvarme. No sé qué va a pasar.

Tengo golpes por todos lados, pero no recuerdo haber sentido dolor, solo desesperación.

Me empujan. Caigo. No sé cómo me levanto. No discuto con nadie. Toda la gente viene abriendo paso y gritando. Antes, cuando el simulacro, nos dijeron que del piso cinco hacia arriba es más viable que te puedas salvar si subes. Ay, se me hace absurdo… 30 segundos no te alcanzan para subir a la azotea, y lo más peligroso son las escaleras. Chocas con todos. Te avientan de un lugar a otro. Quedo toda amoratada de las rodillas porque caigo al piso sobre las escaleras. Tengo golpes por todos lados, pero no recuerdo haber sentido dolor, solo desesperación.

Foto: Julio Hernández / Forbes México.

También hay una alberca en el edificio. Cuando estoy saliendo, el agua… ¡Lo juro! O sea, es como shhh…, shhh…, shhh…, y va para todos lados.

Salgo y la gente está impactada. Gente con toallas porque se estaban bañando. Impactante. Las alarmas del edificio no funcionan. De verdad, un caos.

Nadie me ayuda, cada uno hace las cosas como puede. Lo único que me preguntan es: “¿Estás bien?” No tenemos un plan de protección civil. Se ha ido luz, no hay servicios, nada. Hasta dos horas después puedo comunicarme con mi hermano, Humberto. Fijamos como punto de reunión la casa de mi cuñada. No sé nada de mi familia ni de mi hijo. Estamos pasmados sin poder hacer nada.

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Hablo con uno de los de mantenimiento del edificio y le digo: “Te doy una lana si me acompañas a ir por mi coche”. Vamos hasta el nivel cuatro del sótano en oscuridad total. Siento temor. Pienso que puede haber una réplica. Sino quedé atrapada hace rato, ahora sí me toca. ¿No? Horrible. Lo hago porque es mi único bien. Me digo, bueno si me quedo sin casa, también me voy a quedar sin coche. El departamento no es mío y en el coche puedo dormir, puedo hacer algo. Me vale queso. Jajajaja. Y si voy acompañada pues, ¡vamos! No lo piensas…

Aquí no regreso ni de chiste. Quiero irme.

Entro al departamento por mis documentos. Me invade una tristeza espantosa. Las paredes todas cuarteadas. Las cosas tiradas. También siento miedo. Aquí no regreso ni de chiste. Quiero irme. Llego a casa de mi cuñada, todos estamos nerviosos, pero ella no. Está tranquila con sus hijos. A su casa de dos pisos no le ha pasado absolutamente nada. Tengo que dormir en un sillón. Estoy alrededor de dos días. No aguanto al tercero. Ella nos trata mal. Nos dice: “¿Sabes qué? Gelis, si no pasó nada en casa de Humberto, váyanse para allá. Aquí no tienen nada que hacer”.

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Estoy fuera de mi departamento por tres meses. Duermo con ropa y siempre alisto mis documentos, mi pasaporte y mi bolsa. Todo, todo. Pasan los días. Me habla José Luis, mi otro hermano que vive en Miami. Me voy cinco días. La paso bien, pero reflexiono de cuán desprotegida estoy. Me siento sola, triste, débil. Necesito hacerme de un patrimonio, pienso. Me siento peor. No tengo dinero para reparar el departamento. No tengo dinero para viajar y estoy viajando y lo que quería era trabajar. Y, ver destruido tu hogar es desconcertante. Todo un mar de cosas.

Extraño mi cama y mi espacio. Deseo que mi departamento esté bien y regresar lo antes posible. No tener todo en una maleta e ir de aquí para allá. Estar dependiendo de otras personas. Quiero volver a valerme por mí misma como siempre lo he hecho. Afronto la situación con muchos huevos. Con ganas de salir adelante. Ser fuerte y valiente. Sí puedo y lo voy a hacer bien. Lo tengo que hacer porque no me queda de otra. Me sirve mucho que mi familia esté más unida después del temblor. Mis hermanos me apoyan muchísimo.

Cambié totalmente después del temblor. Me di cuenta de que sí estoy sola.

En esos momentos de crisis y angustia, lo único que buscas es sobrevivir, no piensas en nada más. La reacción llega después. Antes no pensaba mucho en los demás, en querer ayudar, en ser empática con otros. Solo me enfocaba en mis problemas y en mi ego. Hoy en día me ocupo más de mi familia y amigos. Me he vuelto más sensible en este aspecto. Cambié totalmente después del temblor. Me di cuenta de que sí estoy sola. Todos tenemos problemas, pero no puedes encerrarte en ellos. Estoy más abierta a la convivencia. A pesar de que ya tengo muchísimo trabajo, gracias a Dios. ¡Ay. Duré más de seis meses sin empleo! Conseguí hasta enero. Fue todo un shock. Sigo viviendo sola. Tranquila. Dejé atrás un cúmulo de problemas. Me siento mejor. Muy bien.

Gracias al temblor entendí que sí se pueden hacer planes. Y, que se pueden hacer bien. También, creo que el temblor removió muchos temas que a lo mejor yo no había querido mover; por desidia, por pereza o por ego. No, la vida es un movimiento constante. Todos los días. Aprendí a tomar decisiones y no a postergarlas. Es hoy.

Regreso. Mi casa está mejor. Se respira otro ambiente. Se ha renovado todo. Me he vuelto más ordenada. Pero, siento que no es necesario un temblor para poder quitar lo que ya no sirve. Tienes que darte cuenta y seguir adelante. He cerrado ciclos. Estoy contenta en mi casa, feliz en mi espacio. El tiempo pasa y vas olvidando lo malo, así soy yo. Me quedo con las cosas buenas. Ahora me estoy procurando, eso me da paz.

No siento temor, ni vivo con miedo a mis 54 años. Pero la angustia cada vez que tiembla es inevitable. Me domina ese sentimiento de: ya valí. No quiero volver a vivir eso. Algo que nunca quiero escuchar es una alerta sísmica. ¡Qué horror! A nadie se lo deseo.

*Este texto fue elaborado en la clase de Diseño y Edición de Publicaciones a cargo de Federico Mastrogiovanni, que forma parte del Subsistema de Periodismo de la Licenciatura en Comunicación de la Ibero.

**Edición: Federico Mastrogiovanni y Sergio Rodríguez Blanco

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