México se encuentra en una encrucijada histórica, con la opción de despegar hacia el primer mundo o continuar en una mediocridad peligrosa.

 

 

Estoy convencida de que para aprender a triunfar hay que analizar a los que fra­casaron, y para ganar hay que estudiar a los que perdieron. Y aunque es importante entender cómo los que caye­ron pudieron volver a levantarse, me parece interesante entender a los que NUNCA se levantaron. Y claro, todos queremos inspi­rarnos leyendo libros de quienes fueron exi­tosos, pero sin lugar a dudas son los losers de quienes más podemos aprender.

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México se encuentra en una encrucijada histórica, con la opción de despegar hacia el primer mundo o continuar en una medio­cridad peligrosa. Las reformas estructurales y las políticas macroeconómicas se han tra­ducido en “entusiasmo de los extranjeros y desconfianza de los mexicanos”, señaló The Economist a principios de julio. Y también se han traducido en pesimismo, probablemente fundado en la desconfianza histórica que tenemos de la clase política.

Todas la mañanas nos despertamos con datos confusos y contradictorios, que para algunos son señales de que vivimos el “Mexi­co’s Moment” y para otros de que estamos iniciando el camino a las catacumbas del infierno.

En estos días leo varios libros sobre Losers, como Bad Leadership, de Barbara Kellerman y History’s Worst Battles-And the People Who Fought Them, escrito por Joey Levy.

¿Cómo aprender de los losers? Veamos:

Generalmente el fracaso de una contienda militar se define en término de números: muertos y metros de territorio perdido ante el enemigo. Pero este tipo de análisis no nos permite comprender el papel de los fracasos en liderazgo militar y político. En History’s Worst Battles el autor le agrega otras cate­gorías muy útiles para los que buscan evitar decisiones catastróficas. Entre ellas está la “escala de la derrota ”, ya que según el autor hay guerras, eventos y decisiones que se traducen en derrotas mucho más catastróficas que otras. El gran éxito del ganador es un rotundo fracaso del perdedor. Otra categoría que agrega el autor es la de “victoria pírrica”, o sea, una batalla donde la “victoria” es real­mente una derrota.

Entre las batallas que fueron identificadas en este hit parade de los 100 conflictos más desastrosos está la caída de la Gran Tenoch­titlán, no sólo por el número de guerreros que murieron en combate y por enfermedad (posiblemente más de 50,000), también por la incapacidad de los emperadores de enten­der la verdadera amenaza que representaba el reducido número de soldados españoles, lo que resultó no sólo en la caída de la capi­tal Azteca, sino en la desaparición de una civilización.

Y cómo olvidar la batalla de El Álamo, que también está incluida en esta lista de los 100 fracasos militares más catastróficos, por el hecho de haber sido una “victoria pírrica”, según Joel Levy.

Pero El Álamo también nos recuerda que la historia la escribe el ganador, lección que los actuales líderes nunca deberían olvidar.

Aunque poco se escribe sobre malos lide­razgos, es más fácil encontrar ejemplos his­tóricos de liderazgos catastróficos que hay que evitar, que buenos líderes que hay que imitar. Kellerman nos recuerda en los prime­ros capítulos de Bad Leadership que es parte de la naturaleza humana portarse mal, por lo tanto no podemos asumir que los líderes se portarán bien. Este comentario, aunque sim­ple, tiene que ser uno de los principios bási­cos a considerar por todo líder: asumir que el instinto de los que lo rodean es portarse mal.

¿Y en este mundo de desconfianza siste­mática y lucha por intereses personales, hay que ejercer un liderazgo responsable? Sí, porque de lo contrario el impacto inmediato e histórico podría ser catastrófico.

La posibilidad de ser recordado como el General Santa Ana (el traidor), o como Richard Nixon (el mentiroso), o Miguel de la Madrid (el incompetente), debería asustar a cualquier líder.

Pero lo que nos recuerda Bad Leadership es que lo difícil es ejercer un liderazgo de excelencia. Particularmente interesantes son los ejemplos que usa la autora para resaltar el liderazgo deficiente de empresarios y empre­sarias como Martha Stewart (la frívola), o Alfred Taubman (el corrupto). Kellerman identifica varias categorías fundamentales de los malos líderes: incompetentes, indis­ciplinados, frívolos, corruptos, aislados y malvados.

Seguramente, el rumbo del país, ya sea el infierno o el primer mundo, se definirá en parte por la capacidad de liderazgo que ejercerá hoy y en el futuro la clase política y empresarial. Por eso, este es un estupendo momento para la clase política, el presidente y su gabinete, los secretarios, gobernadores, presidentes municipales y la misma clase empresarial, para considerar cuáles son los errores en que no deben incurrir.

Hay que aprender de los grandes, para evitar ser los losers de la historia.

 

 

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