Después de la imposición del arancel por dumping al jitomate, los productores mexicanos han tenido problemas importantes para su cosecha, distribución y venta en el mercado nacional. Las repercusiones de la medida proteccionista impulsada en las pasadas semanas por el presidente Trump, no sólo han castigado al mercado mexicano, sino al suyo también.

En este mismo sentido se vivirán las consecuencias de la nueva estrategia arancelaria, que castiga a México por no “atender el problema migratorio de manera eficiente”, claro bajo los estándares de eficiencia que el mismo Trump fija y demanda.

Esta estrategia arancelaria que se anuncia como gradual (de junio a octubre) y en una escala del 5 al 25%, debe por supuesto preocupar al mercado mexicano y más aún debe preocupar al mercado estadounidense pues el encarecimiento de los precios empezará a mermar el poder adquisitivo del ciudadano promedio.

Desde los aguacates hasta los automóviles, los productos que México como principal socio comercial de los Estados Unidos provee a ese mercado son lo suficientemente importantes como para impactar sus indicadores macroeconómicos. Y, como lo dijo Jesús Sede, no sería descabellado pensar en la imposición de cuotas compensatorias a los productos estadounidenses que se internan a nuestro país.

Pero parece que se nos olvida que en tiempos electorales (o preelectorales) todo es político, nada es casualidad y todo obedece a un timing perfecto.

Mientras las aguas agitadas del escenario político en México llevan a la opinión pública por debates interminables acerca de la gobernabilidad, los resultados de las políticas públicas sui generis de la 4T, el escándalo de Pemex/Lozoya/AHMSA, el sector salud y el espiral de inseguridad e incertidumbre en el que el país está inmerso; Trump anuncia la imposición del 5% de aranceles a productos mexicanos como consecuencia de una débil estrategia para abatir la migración centroamericana indocumentada, en la antesala de la ratificación del T-MEC en los congresos de los tres países, un día después de que él mismo declarase como “caso cerrado” la investigación del “Rusiagate” y como resultado; en ambos países, la opinión pública pasa la página a un nuevo tema de debate y de cuestionamiento que ofrece a ambos mandatarios la oportunidad de dirigirse estratégicamente a sus respectivos electorados de manera sutil, pero contundente.

Por un lado, el pronunciamiento de Trump sobre los aranceles le permite tocar nuevamente las fibras sensibles que representa el tema migratorio e irse posicionando bajo la exitosa fórmula que lo llevó a la Casa Blanca.

A López Obrador, le dio la oportunidad de dirigir una misiva en la que se refuerzan los mensajes clave que ha venido trabajando a modo de doctrina política y que han permeado exitosamente en parte importante de la población.

Si en esta ocasión el Canciller mexicano, Marcelo Ebrard, logra audiencia con el equipo especializado en el tema y no con el yerno del presidente Trump, tendremos una señal de voluntad política y algo de certidumbre se asomará en el panorama de las relaciones bilaterales.

El lanzamiento del Plan de Desarrollo para América Central, pareciera ser parte de ese perfecto timing político, como si se hubiese querido “curar en salud” un tema que se avecinaba. La realidad es que México no debe ir solo en el tema migratorio y poco se ve acerca de la voluntad política de los países expulsores de migrantes.

Deberíamos empezar por ahí: Trump castiga a México por la llegada de migrantes indocumentados centroamericanos, López Obrador asegura que los migrantes mexicanos ya no irán a los Estados Unidos, y los presidentes de países como Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala, siguen viendo “los toros desde la barrera”.

Donald Trump debe aceptar ya que la migración es un fenómeno inherente a la condición humana y en el siglo XXI se requiere mucho más que aranceles para lograr un fenómeno humanitario, progresista y estratégico.

 

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